Marcos Carnevale es un director argentino en cuya trayectoria se encuentran películas como «Elsa y Fred», «Anita», «Viudas» y «Corazón de León». En general, sus filmes tienen como característica su gran contenido dramático con pinceladas de humor que, además, suelen ser efectivas.
Su última entrega es la recién estrenada «El Fútbol o Yo», protagonizada por Adrián Suar… y Julieta Díaz. Para un director que suele entregar películas agradables y aptas para pasar un lindo momento, este resulta ser un sorpresivo y fuerte paso en falso.

La premisa de otra premisa

Para tratar de contextualizar la premisa de la película recuerdo un parlamento del personaje de Espósito en «El Secreto de sus Ojos»: «El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios… pero hay una cosa que no puede cambiar… no puede cambiar de pasión». Por eso, en cierto momento de «El Fútbol o Yo» el personaje de Pedro (Adrián Suar) recita un discurso de lo que significa para él este deporte y me invadió ese aire raro de que había una extracción de esa premisa para el tema de la película (obviamente, el discurso no tiene ni medio gramo del impacto que genera el parlamento de Guillermo Francella en la otra cinta).
Por esta fuerte pasión incontrolable que siente Pedro por el fútbol, termina por convertirse en un ser alienado que deja de lado cualquier otro aspecto de su vida y concluye con la pérdida de su trabajo y su esposa. Por el golpe de estas pérdidas, Pedro se replantea su obsesión con el fútbol y entiende que lo que tiene es una adicción, por lo que termina en una terapia grupal en la que finge ser alcohólico para someterse a un tratamiento de limpieza de fútbol en su vida.

Los puntos flojos

El tono: uno de los puntos más confusos. En un principio se presenta como una comedia con algunos diálogos por demás bizarros y descolocantes, que luego cambia a otro tipo de comedia y, de un momento para el otro, todo se transforma en un drama total. Además del fuerte corte de tonos, le sumo que a mi parecer no están logrados. La primera hora de película no logré esbozar una sonrisa y me encontré con chistes fáciles y típicos de películas anticuadas. Se basaban en reírse de cosas como una mujer que imita el acento correntino o Pedro que llama a su vecino, peyorativamente, «El Putete».
Un punto por demás sorprendente es la falta total de referencias futbolísticas: al ser un país con una cultura tan fanática por este deporte y una película con una temática que supuestamente desborda fútbol, uno espera que dentro de las escenas y diálogos haya referencias a jugadores, anécdotas, clubes… y no hay ni una sola. En la parte dramática del film son constantes los discursos golpe bajo de Pedro que trata de reconquistar a Vero (Julieta Díaz).

Adicto al fútbol

El personaje: Pedro es un «adicto al fútbol», disfruta con pasión cualquier partido de cualquier equipo, puede ponerse cualquier camiseta y coleccionar autógrafos de cualquier jugador. Parece algo bastante fuera de lo común y no algo normal. Sin embargo, Pedro tiene dos amigos con sus mismas características. Una decisión que le quita todo protagonismo y extrañeza al actuar de Pedro. Es decir, pasa a ser uno más. A mi parecer, error.
De todas formas, tiene algunos rasgos logrados como el grado de alienación y lo irritante que puede llegar a ser.

Poca efectividad

A la hora de presentar al personaje, Marcos Carnevale en «Corazón de León» encuentra una forma sumamente efectiva: a un personaje muy conflictuado por la mirada ajena lo hace entrar mediante una llamada telefónica, en un plano auditivo, y con su forma de hablar, su voz, ya nos compra a nosotros y al personaje de la mujer. Así nos muestra desde un principio lo importante y lo valioso de este hombre, para que luego la mujer enamorada deba superar el otro aspecto que es conflictivo desde un lado puramente superficial como lo es su baja estatura. En «El Fútbol o Yo» eligen la forma más fácil de introducir el conflicto: mostrarlo a Pedro salir de un partido y entrar a ver otro, y luego escucharlo decir «no le digas a Vero que fui a la cancha dos veces en un día que me mata». Listo, eso es todo.
El resto de la película transcurre sin demasiado sentido para el avance de la historia, un conflicto desdibujado, un tema inconcluso, personajes sin función y un sinfín de momentos forzados para ser graciosos, con una actuación de Adrián Suar que esta vez no resulta siquiera simpático como en otras ocasiones.

Los puntos «fuertes»

En cuanto a lo destacable, hay un gran sostén que es la aparición de Alfredo Casero. Su personaje es extrañísimo y entra dentro de las decisiones que no suman nada al avance dramático. Sin embargo, Casero es reconocido por su frescura y su tono personal y singular que hace de un momento vacío algo más simpático. Sin dudas, de la mano de él se incorporan los momentos de alguna carcajada en el cine. Vale reconocer el trabajo de Julieta Díaz que realmente trabajó en crear un personaje pero que la han despojado de momentos y de líneas para explorarla.
En fin, con los antecedentes de Marcos Carnevale se esperaba algo que, aunque sea, se deje ver.