Días después de la tragedia en el World Trade Center que tuvo lugar el 11 de septiembre en Estados Unidos, comenzó un nuevo terror para su ciudadanía: fueron enviadas cartas envenenadas con ántrax y dejaron a su paso un rastro de enfermedad y cinco muertes que contribuyeron con una paranoia extrema y generalizada respecto al «terrorismo bacteriológico».

«Casi» parte de la guerra del ántrax

Dicho pánico llegó, incluso, a sentirse en nuestro país a propósito de unas cartas recibidas por una vecina de Parque Patricios y llegadas desde Miami en octubre de 2001. En ese momento, el propio ministro de Salud de la Nación, Héctor Lombardo, confirmó que estas cartas contenían la bacteria.

En pocos días, el Instituto Malbrán y el Hospital Muñiz recibieron en total casi 20.000 sobres sospechosos para ser analizados y para el entorno del presidente Fernando de la Rúa instruyeron a la Comisión Nacional de Energía Atómica para que irradiara todas las cartas postales que llegaran a la Casa Rosada.

Pero con la misma velocidad con la que se propagó la alerta se desactivó, ya que para el 23 de octubre se había confirmado que «las mencionadas pruebas de inoculación fueron realizadas en el Muñiz y resultaron no patógenas, es decir, que el bacilo del ántrax corresponde a una variedad poco frecuente que no produce enfermedad», según informó la Secretaría de Salud del gobierno porteño.

Pero bueno…

Luego de este pequeño paréntesis, podemos pasar a desarrollar algunas ideas sobre el nuevo documental que se encuentra en la plataforma Netflix y que fue realizado en coproducción con BBC Studios. Se titula «The Anthrax Attacks», está dirigido por Dan Krauss y protagonizado por el actor Clark Gregg.

¿Protagonizado por un actor? Es extraño enunciar esta característica cuando se habla de un documental, pero así es. Clark Gregg encarna al doctor Bruce Ivins en un trayecto sofocante que culminó con su suicidio. Según comenta la película, por ser una de las personas más entendidas en el tema, fue primero consultado para colaborar con la investigación pero luego se volvió el principal sospechoso y, aunque nunca fue formalmente acusado, al momento de su muerte el FBI lo responsabilizó públicamente, cerró el caso y destruyó las pruebas.

Esta porción de la historia está curiosamente recreada, toda una línea dramática se presenta como la ficcionalización de mails de Ivins e informes del FBI cuya producción, diálogos y estética son equivalentes a una película de ficción independiente de lo que acontece por el lado documental, que está compuesto de un pequeño puñado de archivos y testimonios de distintas partes involucradas. Estas dos formas no colaboran entre sí para la construcción conjunta del relato sino que contrastan de manera caótica.

El mayor valor de esta producción está en desentenderse del relato oficial, que se encontraba enfocado en la fabricación de un enemigo, para atender de forma crítica el funcionamiento de las instituciones que desde este punto del mapa tantas veces se miran con exaltación. A su vez, permite que los aspectos más flacos de la investigación queden expuestos para la consideración del espectador.

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