Fantasías animadas

Las plataformas arruinan títulos sin pudor al traducir una simpleza original en un intento por completar un vacío inexistente. Es así que, en este caso, se parte del original “Eileen” en “Mi nombre era Eileen”. Como sea, la segunda película de William Oldroyd llega como una nueva apuesta de Universal Pictures (a través de su subsidiaria Focus Features) por retomar la senda de un cine perdido en mojones sueltos, en el mejor de los escenarios.

Eileen (Thomasin McKenzie) está perdida: fantasea en sus ratos libres, mientras sufre maltrato en su casa donde vive junto a padre (un exjefe de policía local) con un cuadro de demencia, y en su trabajo, como secretaria en un centro de detención juvenil. Entre ambas partes ve pasar su vida detenida en el tiempo.

El quiebre del orden gris, para Eileen, lo da la aparición de una nueva psiquiatra: Rebecca (Anne Hathaway), una profesional en apariencia sobrecalificada para el puesto, si consideramos a una graduada de Harvard para atender casos de jóvenes delincuentes en un penal perteneciente a un pequeño pueblo costero. El semblante de estrella de Hollywood clásico emanado de Rebecca despierta en la joven una serie de sentimientos, no todos claros, aunque sí existe en su interior una seguridad propulsora para relacionarse con ella, en un vínculo que escala hasta lugares pensados e impensados, a la vez. Todo sucede en plena década de 1960, por lo que las apariencias deben cuidarse. La cabellera rubia de Rebecca ilumina cada plano, y en el mismo calibre aumenta el nivel de extrañeza que la película construye a su paso sin miedo a recorrer un camino de seguridad narrativa. La mayor virtud de Oldroyd está en la interpretación del tono, una cualidad intangible y determinante para encausar una historia potable para el caos narrativo y la desavenencia de los personajes.

Eileen podría ser un personaje de un melodrama, pero ella en sí es un misterio para los demás. Rebecca podría ser una femme fatale de un film noir, sin embargo, en su actitud dominante esconde una debilidad. Podría afirmarse que en la impecable banda de sonido compuesta por Richard Reed Parry se deja entrever el mecanismo y la estrategia de la película apoyada en capas. Así es que en las trompetas, la batería y las estridencias aparecen y se esconden las notas que, por momentos, remiten a un jazz clásico, mientras que en otros pasajes se acercan a una oscuridad patrimonial del cine negro.

En la fotografía de la enorme Ari Wegner (la misma de “El poder del perro” e “In Fabric”, entre otras) hay un esfuerzo enorme por alcanzar la textura de una película del momento en el que se emplaza la historia que, por cuestiones presupuestarias, tuvo que recurrir a una cámara Arri Alexa mini digital con lentes especiales Angénieux 25-250 HR, de otra manera, el formato hubiera sido 35 mm, según lo expresado en un par de entrevistas. La escena del sótano es un ejemplo ilustrativo de una composición fotográfica perfecta, en su puesta de cámara tanto como en su luminosidad. En lo terrible de lo dicho ahí, en su límite moral de lo horrible a lo repulsivo, radica la potencia de un último acto injustamente cuestionado. “Mi nombre era Eileen” es pequeña y enorme, un páramo en el desierto de las películas industriales para adultos.

“Mi nombre era Eileen” fue dirigida por William Oldroyd, escrita por Luke Goebel y Ottessa Moshfegh, contó con las actuaciones de Thomasin McKenzie, Shea Wigham, Sam Nivola, Marin Ireland, Owen Teague y Anne Hathaway y puede verse en Max.