Funcionamiento de taquilla para público adulto

El estreno de “Furiosa: De la saga Mad Max” confirma uno de los grandes problemas en la industria de Hollywood: la falta de un público adulto. Si bien las películas animadas y de corte infantil traccionan a un mayor caudal de espectadores, las salas necesitan de un espectro más amplio de opciones.

La vara impuesta el año pasado por “Barbie” alentó las esperanzas de una industria alicaída: la fórmula de los superhéroes ya no genera ni seduce con el mismo impacto (incluso en los propios fanáticos de estas películas formados en estas últimas casi dos décadas), tampoco las remakes ni los reinicios de franquicia obtienen los márgenes de ganancias esperados. ¿Hay un público más exigente? ¿Hay un público que se refugia en lo más seguro? ¿Hay una dispersión de ese público que solo iba al cine y hoy se queda en su casa?

Sean Baker, director que ganó la reciente Palma de Oro en el Festival Internacional de Cine de Cannes con la película “Anora”, dijo: “El cine encontrará su camino en su origen: en la sala”. Por supuesto, el cine que reivindica Baker es el que puede disfrutarse en una sala, pero también el que como espacio ofrece una diversidad mucho más amplia que la brindada hoy. Podría pensarse que, una de las variables para la finita avenida de posibilidades para el público, está en la propia concentración de dueños de las salas de cine. Lo cierto es que no existe una sola explicación ni culpable para la crisis de la industria. En el mundo, el corte de tickets mermó considerablemente, y la pandemia de COVID-19 ya quedó lejos, junto con el derrame de una paranoia en compartir espacios cerrados con otros espectadores. Allí no existe un fundamento certero.

“Barbie” y “Oppenheimer” aparecieron como espejismos el año pasado, ante una industria sedienta de un periodo de codicia por la concentración de la taquilla. La película dirigida por Greta Gerwig recaudó 1.450 millones de dólares alrededor del mundo sobre un presupuesto de 100 millones, mientras que la de Christopher Nolan rozó los 1.000 millones con 978.000.000. Es decir, que solo dos películas (y con la particularidad de haberse estrenado el mismo día) recaudaron lo que -probablemente- ni todos los grandes tanques de este año reúnan entre sí. “Furiosa: De la saga Mad Max” (de Warner, el mismo estudio de “Barbie”) es la que está ocupando el papel de chivo expiatorio, la nueva entrega de la saga creada por George Miller apenas superó la mitad de lo invertido y se estima que solo con los mercados internacionales pueda obtener un pequeño margen de ganancias. Tampoco les va bien a las películas de otros estudios, el caso de “Ghostbusters: Apocalipsis fantasma” (Sony) o el “Reino del planeta de los simios” (Disney), ambas con un público ya formado en las sagas.

Para nuestro país, la primera causa de merma en las salas de cine tiene un solo factor: el contexto económico. Por primera vez en mucho tiempo, las entradas de cine están en un valor por encima de lo popular, el costo además no es uniforme en todas las salas. El espectro varía de 4.000-4.500 pesos en las pocas salas de barrio todavía abiertas (el caso del Cine Lorca en la Ciudad de Buenos Aires) a 9.200-12.000 en los cines de cadena, a pesar de que dos de ellas están concentradas en una sola empresa también varían sus precios de acuerdo a la zona, los horarios y el tamaño de la sala. En otro tiempo, no tan lejano, las salas mantenían un mismo precio entre sí, por ejemplo, las funciones de todas las salas del circuito de la Avenida Santa Fe tenían un valor de $7 (pesos/dólares en la década del 90), asimismo, los cines de la calle Lavalle y aledaños valían un peso o dólar menos.

Una respuesta del público adulto frente al monopolio crónico de la oferta en la cartelera más comercial y al alto valor de la entrada son los ciclos y funciones especiales en salas alternativas. En la Ciudad de Buenos Aires, las opciones para ver películas en salas cómodas y con copias de buena calidad todavía abundan y con un precio muy por debajo que el ofrecido por las cadenas. La sala Leopoldo Lugones, el MALBA, las salas del Centro Cultural San Martín, las proyecciones en Hasta Trilce organizadas por Fernando Martín Peña, todas las funciones del Espacio INCAA Gaumont (la cual es sede de las proyecciones especiales de la sección Hora Cero) y muchas otras más emergen para satisfacer a espectadores más exigentes y con menos dinero en el bolsillo, o mejor repartido en varias películas y no exclusivamente en una. Algunos de los espectáculos teatrales del centro porteño ofrecen funciones a mitad de precio y hasta, incluso, promociones con descuentos considerables, lo que deja a una función de cine -en muchas oportunidades- como una variante más cara en comparación.

Si bien las plataformas de streaming están en una crisis por la desproporcionada oferta frente a la demanda, es necesario medir la importancia de su existencia desde el punto de vista de un espectador. Las ofertas más populares (Netflix, Max, Disney+ y Amazon Prime Video) tienen un tarifario de acuerdo a la cantidad de pantallas y a la calidad de resolución, ahora bien, más allá de los propios problemas actuales que atraviesan estas compañías, tienen un grado de responsabilidad sobre la baja en la cantidad de espectadores. Alguien podría considerar que la aparición del VHS, como primer acercamiento del cine hogareño al común de la gente hace unos 40 años, también redujo en su momento el caudal de público, pues no.

El streaming creó un público cautivo, aceleró este proceso la pandemia y asentó su dinámica unos años después. Entre sus producciones propias y la revalorización de películas olvidadas (aquí sí hay un punto en común con el VHS), las plataformas construyeron un camino de espectadores propios, que no ven la necesidad de ir al cine y que sí acuden a una sala es solo de forma circunstancial, a ver una película/evento y no más que eso. El abono mensual al servicio más caro de streaming puede equivaler a una sola entrada de cine. Más allá de la diferencia sustancial en la parte económica, existe una explicación sobre la oferta del catálogo de las plataformas, a pesar de las falencias por la falta de un cine más ancho en cuanto a ofertas de clásicos y de cine de otras latitudes más lejanas de Hollywood, y que refiere al cine con temática adulta, el cual escasea en las pantallas grandes.

Desde el lugar de divulgadores que tenemos los que comunicamos, también se nos presenta una dualidad sobre las recomendaciones, si tenemos en cuenta el valor de una entrada de cine promedio. Quien puede acceder a una sola película por mes en sala, probablemente busque una opción que se emparente con el gasto efectuado, es decir, que pretende un entretenimiento por sobre una aventura a lo desconocido dentro de su paleta de gustos. Por supuesto, existen muchas clases de espectadores, pero el grueso se inclina por lo popular. Otro debate podría abrirse al pensar de qué forma se construyen los públicos. Las recientes palabras de Sean Baker resuenan en aquellos que esperamos el renacer de la sala de cine como experiencia primaria frente a una película.