Es desgastante leer notas y réplicas de ellas en redes sociales sobre qué dijo tal director sobre las declaraciones de hace unos años de otro colega, como así también cuando se leen a los «guardianes» del cine amplificando todo lo anterior para mostrarse en un umbral invisible de superioridad.

Claramente, lo dicho por Martin Scorsese acerca de las películas de superhéroes al calificarlas como «parques de diversiones» continúa siendo un alimento (rancio, ya después de tres años) para cierta industria que hace una pantomima de dolor sobre esas palabras del director neoyorquino.

Hace unos días apareció Kevin Smith, vistiendo su clásica gorrita con visera para atrás, como el escarbador de turno ante el estreno de «Clerks 3» de «Scorsese dijo sobre los superhéroes». Resulta extraño, por partida doble, que Smith se refiera a tales declaraciones: primero, por lo lejanas que quedaron esas palabras y, segundo, por estar a las puertas del estreno de su película que, al menos la primera parte, representaba un triunfo del «cine indie» estadounidense, como lo fue «Clerks» en 1994.

Cierto es que el periodismo -como intermediario- juega muchas veces el papel de un tamiz grueso que solo deja pasar aquello que resulta pirotécnico para realzar diversas indignaciones: las de los fanáticos tóxicos y las de los cinéfilos de Durlock.

Lo de Smith tan solo son unas declaraciones, algo endebles como malintencionadas en su direccionamiento por algunos medios, ahora, ¿qué sucede con «el tío Tom» más fluorescente de estos días llamado Taika Waititi?

El archivo de unas palabras cruzadas, algo rimbombantes y orientadas a un molino personal pueden resultar entendibles, más en una industria tan hipócrita como la del cine. En el caso del neozelandés (otrora director de películas interesantes como «Hunter for the Wilderpeople» y «Casa vampiro»), el nivel de servidumbre es demencial. Con motivo de la campaña de prensa de «Thor: Amor y trueno», su director, conocido por su histrionismo, dijo: «Miro cortes de director de un montón de otros directores. Apestan. Los cortes de director no son buenos. Los directores necesitan ser controlados a veces».

Lejos de sus inicios en Nueva Zelanda, Waititi ocupa el lugar de gerente en una industria que lo pondera hoy pero que mañana podría desecharlo sin reparos. La mirada sobre el control artístico no puede reducirse al rol del director, menos en Hollywood, donde las películas son de los productores (como en gran parte de otras industrias). Aún así, estas manifestaciones tienen otra connotación al salir de la boca de un personaje que trabaja para estudios que poco dejan librado a la llamada «visión artística» de tal o cual director o directora. Basta recordar las palabras de Lucrecia Martel cuando contó sobre la reunión que tuvo sobre «Black Widow», allí la gente de Marvel le comunicó que no se preocupara por las escenas de acción: «Nosotros nos encargamos», aliviaron los ejecutivos a la directora de «Zama».

Peor aún, Waititi realizó un polémico video para Variety junto a Tessa Thompson (actriz de las dos últimas entregas de Thor). Allí, en su afán por demostrar que es un hombre gracioso las 24 horas del día, criticó a los técnicos de efectos visuales. Ambos se burlan de la luz de un par de planos, en los que ella aparece más o menos iluminada por un tratamiento de las imágenes en posproducción. Resulta llamativo que un director se mofe de los efectos de su propia película y, más triste todavía resulta, que esto recaiga sobre trabajadores que lejos están de su estatus de poder y de su salario.

A raíz de esos comentarios desafortunados, las compañías de efectos visuales contratadas por Marvel manifestaron que es de los peores clientes. Si miramos con lupa los interminables créditos de cualquier película de este tipo, observamos que las empresas dedicadas a la posproducción de la imagen (lo que podría considerarse la mitad de la película) son muchas y se reparten entre ellas diferentes tareas. Al mismo tiempo, algunos trabajadores declararon que las condiciones laborales precarias no son obra y gracia de Marvel sino de los dueños de las propias subcontratadas. En definitiva, si Waititi termina como el personaje de Samuel L. Jackson en «Django sin cadenas», muchos celebrarán en silencio el fin de un peón desclasado.

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