Me dijeron la frase en la primera clase sobre cine. Me repitieron las mismas tres palabras cuando asistí a materias relacionadas con la publicidad. Otra vez escuché lo mismo cuando cursé comunicación periodística. Una y mil veces la misma definición, sea cual fuere el ámbito. Un sinfín de ocasiones y lugares sirvieron de excusa para repetir la máxima. Todos sabemos que la violencia vende. Podría cambiar el verbo y asegurar que la violencia “se consume”.
Lamentablemente, y tal como una adicción, el consumo de violencia vuelve difusa la línea que separa lo real de lo imaginario y, en este sentido, la sociedad hace tiempo que debería haber hecho algo por rehabilitarse. O por lo menos, disminuir el consumo en forma gradual.
Con respecto a esto, el caso de Argentina es bueno para hacer un diagnóstico. Pero antes de avanzar y explicar de qué se trata lo siguiente, es preciso prevenir. Pero prevenir malentendidos.
Lo primero que hay que dejar en claro es que el término “inseguridad” hoy por hoy está utilizado de manera parcial, usado a conveniencia para acotar una amplia gama de aspectos que incluyen la alimentación, el empleo, la educación, la paz, el sistema de gobierno y, por supuesto, la delincuencia y la criminalidad. Esta última será entonces, la expresión para lo que antes conocíamos simplemente como inseguridad.

Ya esclarecido el uso de la expresión, paso a lo siguiente, que es la “sensación” de la que tantas veces se habló, sin explicarla. Para la ocasión, las palabras de Marta Lagos, directora de la corporación de sondeos Latinobarómetro, son más que concretas: «En América Latina, existe una desconexión entre el nivel real de la criminalidad y la percepción de la violencia”.
Este año, en la ciudad de Washington, Lagos presentó los resultados obtenidos en un estudio que desarrolló sobre seguridad ciudadana en el continente. Allí expresó que el nivel de criminalidad en la región se encuentra estable en los últimos años. Contrario a esto, la sensación o percepción se disparó considerablemente.
La encuesta anual se realizó en 18 países de Latinoamérica y casi un tercio de los consultados manifestaron que la delincuencia es su principal problema. Ante la misma pregunta diez años atrás, solamente el 9% opinaba igual. Lo interesante de este trabajo fue que se notó un leve descenso en los últimos diez años, entre los que fueron víctimas de un hecho delictivo o conocen a alguien cercano que haya estado involucrado directamente. Para ser más preciso, un 43% en 2001 y 33% en la siguiente década. A modo de conclusión, no hay que reflexionar demasiado para reproducir las palabras de Marta Lagos: «La percepción no tiene nada que ver con los datos objetivos».

Vale citar, para continuar con el tema y ser más gráfico, las palabras que el candidato presidencial venezolano le expresó al periodista Andrés Oppenheimer en una entrevista exclusiva: “Debido a las desastrosas políticas del gobierno, Venezuela tiene el índice de violencia más elevado del mundo”. Repito, vale el ejemplo porque para la Organización de Naciones Unidas (ONU) es otro el país más violento del mundo. Honduras cuenta con una tasa de 82,1 homicidios por cada 100 mil habitantes, mientras que solamente poco más de un tercio de sus habitantes dicen haber sido víctimas de algún tipo de crimen.
En la otra vereda se posiciona México, que cuenta con una tasa de 18,1 por cada 100.000 y está al tope de las personas que dicen haber sufrido un crimen (42%). Para no dejar solo al país azteca en el grupo, también cito los casos de Argentina y Perú, dos de los países con menor tasa de criminalidad del continente (Canadá ostenta el 1,5), promediando ambos un 5,35 en esta escala cada cien mil habitantes, pero que cuentan con 39,5% de la población que aseguran haber sido alguna vez víctimas.
«La opinión pública sobre la criminalidad es tan fuerte que no hay un solo liderazgo político en la región que pueda pararse y decir que es la percepción y no el crimen lo que ha aumentado», fue la conclusión que tuvo la directora Marta Lagos. Por otra parte, la Universidad Católica Centroamericana definió al miedo de la sociedad como “una rica veta electoral”… o desestabilizadora de electores.
La tasa de criminalidad, sea cual fuere, necesita ser reducida, debe ser una política de estado en cualquier país del mundo, pero las respuestas ante este problema difieren mucho, y las implementadas, muchas veces no dieron resultado. Un caso testigo es El Salvador. Se producen en el país 12 homicidios y 500 asaltos a mano armada por día. Aplicaron “mano dura” y no resultó. Reforzaron esta idea y no hubo cambios en las estadísticas. Otra posible respuesta es la cárcel, pero ya sabemos que se encuentran muy lejos de funcionar como centros de rehabilitación. En países como Estados Unidos, Noruega o Suecia, por ejemplo, las políticas apuntadas a la inclusión juvenil, ya sea en el ámbito escolar o fomentando el empleo, son las que tuvieron mejores resultados. No hay secretos para ellos, el foco está en la inclusión social.
Estudios recientes y el menos común de los sentidos, el sentido común, determinan que una de las causas principales por las que se ingresa en la delincuencia es el desempleo. Hoy, un cuarto de los jóvenes en América Latina no estudia ni trabaja.
Dicho todo esto, me meto en terrenos pantanosos pero me atrevo a refutar a Domingo Sarmiento cuando decía que la solución a los problemas se da a través del consumo. Claro que estoy sacando de contexto su expresión y en mi caso me refiero al consumo de violencia. Para evitar herir susceptibilidades, le otorgo el crédito de sostener que por medio de la educación se permite acceder a un mejor futuro. Así asista a cualquier clase, la frase se repite una y otra vez. Pero el futuro llegó hace rato.