Una gran mochila acarreaba Lewis Hamilton en su segundo año en la máxima categoría, tras haberse perdido la oportunidad de campeonar como debutante por tan solo un punto.
Lo cierto es que la temporada del año 2008 se proyectaba similar a la anterior: serían, una vez más, los hombres de McLaren, el subcampeón y el recién ingresado al equipo, Heikki Kovalainen, quienes harían frente al astro brasileño Felipe Massa y al defensor del título, Kimi Raikkonen (ambos pilotos de la escudería Ferrari).
La tendencia era clara: durante las primeras carreras del año, el frente de la grilla le pertenecía a los dos históricos equipos del campeonato, con intermitentes apariciones de un joven Robert Kubica en su BMW. No obstante, una mezcla de errores «garrafales» junto a grandes cantidades de mala suerte para Massa, pusieron a Raikkonen en la punta al inicio de la temporada.
Un lluvioso GP de Mónaco, con un McLaren finísimo en la estrategia, devolvería a Hamilton a la victoria, haciendo que, de esta manera, el inglés se volviera a meter en el campeonato, poniéndose en el primer lugar antes de volver a Canadá, circuito en el que había conseguido su primera victoria el año anterior. Parecía que Lewis iba a repetir en Montreal: hizo la pole y lideró las primeras 20 vueltas. Sin embargo, al entrar a boxes tras la salida de un Safety Car, el hasta entonces puntero del campeonato impactó con su rival finlandés en la calle de los pits, dejando a ambos fuera de competencia y provocando que Kubica consiguiera su primera victoria y que, en simultáneo, pasara a liderar el campeonato, dejando tanto a los de Woking como a los de Maranello llenos de preguntas.
El campeonato siguió su rumbo de manera regular tras varias carreras. Sucedieron episodios como el «Crashgate» (cuando Renault generó un auto de seguridad de manera intencional para ganar en Singapur) pero, luego del GP de China, los únicos con posibilidades matemáticas eran Hamilton y Massa. El campeón de la Fórmula 1 sería un primerizo, y la definición sería en nada más ni nada menos que Interlagos, la casa del brasileño.
Bajo la lluvia torrencial de São Paulo, Massa esperaba en el primer puesto a que se largara la carrera. En simultáneo, Lewis, en el 5° puesto, hablaba con sus ingenieros. Si Felipe ganaba, el inglés debía mantener su posición para campeonar: terminar como empezó era todo lo que necesitaba. El brasileño, inyectado en sangre, se disparó apenas arrancó la competencia. Hamilton, por su parte, mantuvo la posición. Sin embargo, una mala decisión estratégica de McLaren al secarse la lluvia pondría temporalmente en jaque las posibilidades de su piloto, que quedó relegado al 7° puesto. La tensión era palpable: varias fueron las vueltas que tardó el inglés en recuperar lo perdido pero, en el giro 18, Hamilton volvía a ser campeón hipotético.
Giro tras giro, nada cambiaba. Massa necesitaba un milagro, que llegaría en forma de lluvia. A falta de cinco vueltas, la mayoría de equipos entró a boxes para prevenir el diluvio que se venía: no fue el caso de Toyota, que se jugó a todo o nada y se mantuvo en pista con la esperanza de que nunca llegara el temporal. Así, Lewis, que estaba cuarto, caería al quinto y, tan solo dos vueltas después, se equivocaría en la última curva, cayendo al sexto puesto. En tres minutos, Brasil tendría a su nuevo campeón.
Llegó la última vuelta, y Massa cruzó la bandera a cuadros. Una vez más, a Hamilton se le escapaba el título por un punto. Brasil era campeón… o, por lo menos, lo fue durante 38 segundos, porque, en la última curva de aquella caótica carrera, el Toyota de Timo Glock sufriría un desperfecto que, como anunciaban en total incredulidad los relatores anglosajones («¿Is that Glock going slowly?»), lo haría ir lento, permitiendo que, a último momento, Hamilton lo adelantara para ser campeón.
La angustia hundió a São Paulo aquella tarde de noviembre en la que Massa fue (sub) campeón.
En Interlagos se escribe la historia de la máxima categoría del automovilismo. Nunca está mal recordar qué es lo que hace tan especial al circuito paulista.