Llegó a Netflix una nueva película argentina producida por la plataforma. Se titula «La ira de Dios» y su director es Sebastián Schindel, que ya había hecho «Crímenes de familia» (2020), «El hijo» (2019) y «El patrón, radiografía de un crimen» (2014). En esta ocasión cuenta con Diego Peretti en el papel de un escritor acusado de una serie de crímenes.

Basada en la novela «La muerte lenta de Luciana B.» de Guillermo Martínez, la historia se nos presenta a partir de una tensa conversación entre Luciana Blanco (Macarena Achaga) y Kloster (Diego Peretti), que termina con un… ¿accidente? ¿Ataque? No lo sabemos y tampoco sabemos cuál de ellos cae desde las alturas. Esa acción que queda fuera de campo sería el motor de un misterio a develar a partir de una recapitulación de los hechos.

Luciana afirma que el novelista está matando uno por uno a sus parientes y pide la ayuda de un periodista llamado Esteban Rey (Juan Minujín, quizás la única interpretación destacable), porque cree que quizás, si logra exponerlo, pueda salvar a la poca familia que le queda.

Para completar la idea podemos pensar que esta podría ser una película pariente de «Ecos de un crimen» (Cristian Bernard, 2022): dos «Perettis» escritores, trastornados, terribles, enmarcados en un thriller psicológico a medias. Otra característica que los hermana está en la ambientación, ese «no lugar» que borronea las marcas locales y transforma cualquier interior en casona amplia, elegante, de luz tenue y sillones de cuero brillantes, como espacios indiferentes a las características de los personajes que los habitan.

Pero si hay una diferencia entre «Ecos de un crimen» y «La ira de Dios», es que esta última parece realizada con una pereza que a la de Bernard no se le puede adjudicar. Los diálogos explican todo, la alternación temporal apenas disimula el nulo ingenio para articular el relato en favor de un suspenso y errores groseros de guion y puesta en escena que para no verlos hay que correr la vista de la pantalla, directamente.

El más notable de estos está en la presentación del vínculo entre Luciana y Kloster con una fuerte tensión sexual, la construcción de una Luciana sugerente en sus diálogos y en su forma de interactuar con el personaje de Peretti fuerzan una ambigüedad interesante respecto de dónde está «la verdad» y «la mentira». Es decepcionante entender, posteriormente, que esto no es una búsqueda intencional, puesto que el resto del desarrollo estanca a Luciana como una víctima indiscutible. Y si hubo intencionalidad, tampoco se entiende por qué abandona esta idea tan ciegamente, como si nunca la hubiera planteado.

Esta primera ambigüedad, además, es abandonada en favor de una progresión lineal e indubitable hacia la resolución más previsible. Una vez más, Schindel propone una temática fuerte abordada con una rotunda tibieza, responsabilidad intransferible a otras cuestiones que no sean escritura y dirección.

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