Mazzeo y Crenovich: ¿outsiders en la historieta argentina?

Hay algo en el origen de ciertas obras que no se explica desde el cálculo sino desde la necesidad. No una necesidad estratégica sino visceral. La urgencia de contar algo que no encuentra lugar en los canales tradicionales.

En el caso de Martín Mazzeo y Jonathan Crenovich, esa necesidad no solo dio forma a una serie como «Manta» sino que terminó construyendo un pequeño ecosistema editorial propio: primero Libera la Bestia, después Cápsula Ediciones. Dos nombres que, leídos en conjunto, parecen casi un manifiesto.

Pero, para entender lo que hicieron, hay que empezar por lo que no eran.

No venían del circuito clásico de la historieta. No eran autores formados en revistas, ni nombres que circularan en la crítica especializada. Venían de otro lugar: el audiovisual. Durante años, según el propio Mazzeo, trabajaron en una productora donde desarrollaban historias pensadas para cine o series. Muchas quedaron en pausa, archivadas, esperando un contexto que nunca terminaba de llegar.

Hasta que algo se desplazó.

Cuando ese proyecto se termina, lo que queda no es el vacío sino las historias. Y ahí aparece la primera decisión que define todo lo que vendrá después: no esperar más el formato ideal. Cambiar de lenguaje. Pasar de la pantalla a la página. «Reflotamos las ganas de contarlas… y apareció la idea de hacerlo en historieta», recuerda Mazzeo.

Ese gesto -casi improvisado, casi intuitivo- es, en retrospectiva, el momento en que la bestia empieza a moverse.

El nacimiento de Libera la Bestia no responde a un plan industrial ni a una lectura de mercado. Responde a una pulsión narrativa. Aprender el lenguaje de la historieta sobre la marcha, entender sus tiempos, vincularse con dibujantes, coordinar equipos. Todo eso mientras se construía, casi sin red, un proyecto ambicioso para cualquier contexto, pero más aún para el argentino: una saga larga.

Así aparece primero «Iceberg» y luego «Manta».

Una historieta que, desde el inicio, deja en claro que no viene a ocupar un lugar cómodo. Un antihéroe en un mundo devastado, atravesado por la violencia, la identidad y la memoria. Escrita por Mazzeo y Crenovich, con múltiples dibujantes (hasta la llegada del gran Nico Brondo en el número 4), la serie se convierte rápidamente en el eje del proyecto editorial.

Pero lo más interesante no es solo el contenido sino la forma de producción. «Manta» no es un libro aislado: es una apuesta a largo plazo en un mercado que suele castigar justamente eso. Crenovich lo define sin rodeos: hacer una serie así en Argentina tiene que ver con «lo ambicioso». Ambicioso no en términos de escala sino de decisión.

Ahí es donde empieza a aparecer la idea de «outsiders». No porque estén «afuera» del medio -de hecho, terminan insertándose con fuerza- sino porque su forma de entrar no sigue ninguna lógica tradicional.

No esperaron validación previa. No buscaron primero un lugar en editoriales establecidas. No ajustaron sus historias a lo que «funciona». Hicieron lo contrario: construyeron el espacio donde esas historias podían existir. Y en ese proceso aparece algo clave: la libertad.

Mazzeo lo dice de forma casi programática cuando habla de identidad en los personajes: no buscar «el toque argento», no forzar una pertenencia, dejar que la historia fluya y que la identidad aparezca sola.

Esa misma lógica se traslada a lo editorial. Libera la Bestia no intenta imitar modelos externos ni replicar fórmulas del mainstream. Trabaja desde la intuición, desde lo visual, desde lo narrativo, desde esa mezcla de influencias que viene del cine, del cómic norteamericano, del europeo, pero también de algo más difuso: la necesidad de contar.

Con el tiempo, ese impulso inicial empieza a expandirse. Libera la Bestia deja de ser solo el espacio para sus propias obras y se convierte en plataforma para otros proyectos. Aparecen títulos como «Trespasser» o «El Último Recurso» y, con ellos, nuevos artistas, nuevas voces.

Y ahí es donde la metáfora se vuelve más evidente: liberar a la bestia ya no es solo un título, es una práctica. Es permitir que distintas miradas encuentren lugar, que diferentes estilos convivan, que el medio se ensanche.

El siguiente paso fue quizás igual de ambicioso y de significativo: Cápsula Ediciones.

Si Libera la Bestia era el espacio para una narrativa más oscura, más extensa, más estructurada, Cápsula aparece como otra cosa. Más flexible, más abierta en formatos, incluso, con propuestas orientadas a públicos distintos, como el infantil. No es una ruptura sino una expansión. Otra forma de canalizar la misma energía.

Porque si algo caracteriza el recorrido de Mazzeo y Crenovich es justamente eso: no quedarse en un solo formato, en una sola lógica, en una sola manera de hacer historieta. Entender el medio como algo vivo, en transformación constante. Pero hay algo más profundo todavía en este recorrido.

En un campo como el de la historieta argentina -marcado por una tradición enorme, pero también por discontinuidades, crisis editoriales y dificultades de circulación-, proyectos como estos cumplen una función que va más allá de sus propias obras. Generan movimiento.

Libera la Bestia y Cápsula no solo publican historietas: construyen red. Vinculan artistas. Proponen modelos de trabajo. Demuestran que es posible hacer, incluso en condiciones adversas, proyectos sostenidos en el tiempo. Y eso tiene un impacto concreto: amplía el campo.

No es casual que compartan espacios con otras editoriales independientes en eventos de todo el abanico editorial, desde el under o autogestivo hasta de gran envergadura, ni que su catálogo crezca en paralelo al de otros sellos contemporáneos. No compiten por un lugar: ayudan a construir otros.

En ese sentido, pensar a Mazzeo y Crenovich como outsiders no es del todo preciso. Lo fueron en el origen, en la forma de entrar. Pero lo que hicieron después fue otra cosa: transformar ese afuera en un adentro posible. O, mejor dicho, construir un adentro nuevo. Un espacio donde la historieta no se define por lo que fue sino por lo que puede ser.

Al final, la metáfora de «liberar a la bestia» termina funcionando en varios niveles. Está en los personajes que escriben, en las historias que desarrollan, en las decisiones que toman. Pero sobre todo está en el gesto inicial: no esperar el momento ideal, no pedir permiso, no adaptarse a lo existente. Sacar lo que está adentro. Darle forma. Y soltarlo.

Porque a veces, en la historieta -como en cualquier lenguaje-, lo más importante no es encajar en el sistema. Es animarse a romperlo un poco.