Casi trece años, siete personas, siete discos y un silencio de cuatro años. La banda pionera en la visibilización del rock mendocino llega a su 7° disco: “Dutsiland”.

La pérdida de fuerza y entereza en un vínculo que se teje en un intervalo amplio de tiempo deriva, muchas veces, en un desgaste lógico y habitual. En la posmodernidad, en tiempos de amor líquido y de sociedades capitalistas donde las relaciones interpersonales están caracterizadas por la falta de solidez, calidez y por una tendencia a ser cada vez más fugaces, superficiales, etéreas y con menor compromiso, mantener la llama latente durante trece años se puede transformar en una epopeya.

Esta inflexión en el vínculo no hizo caso omiso en Mi Amigo Invencible, que ya lleva esos casi trece de trayectoria y todo un recorrido fértil en la escena. En el caso de los cuyanos, se habla de personas que tocan juntos desde la escuela: un grado de unión y conexión que solo los años y la experiencia pueden cimentar. Cuando esa fórmula del amor se agota, se tiene que reinventar, reciclar y mutar en una nueva forma. “Como relato (romance, pasión), el amor es una historia que se cumple, en el sentido sagrado: es un programa que debe ser recorrido”, escribía Roland Barthes, en una de sus obras más celebradas, “Fragmentos de un discurso amoroso”. “Dutsiland”, el reciente disco lanzado por los mendocinos, parece estar plagado en cada rincón de esa premisa barthesiana sagrada del recorrido del amor. Tanto en sus letras, en las ilustraciones que cubren su arte y hasta en la impronta atmosférica que orbita y atraviesa todo el disco.

El álbum nace en medio de este remolino de sequía creativa de cuatro años, desde el lanzamiento de su último disco, “La danza de los principiantes” (2015). A punto de separarse, encontraron un piso desocupado en Congreso y empezaron despacito, a levantar paredes, a pintar y acustizar para poder tocar hasta la hora que quisieran. Ese nuevo lugar de pertenencia, ese refugio, tal vez fue uno de los artífices del poder volver a encontrarse una vez más ellos mismos y reavivar la chispa. Quizás allí radica la gran diferencia que es “Dutsiland” a sus placas anteriores: una honestidad palpable.

En el camino lanzaron un par de EP’s con buena repercusión, festejaron sus 10 años en Niceto y repetían como un mantra las palabras “crisis” y “sequía” en cada entrevista que daban, donde también prometían un disco que nunca llegaba.

En el año 2017 se fueron a grabar al medio del campo, sin señal de teléfono, bajo el comando artístico del músico y productor Shaman Herrera. Pero, aparentemente, la mayoría del material que salió de esas sesiones de grabación quedaron desechadas.

El día que Tortoise, la banda de Chicago y emblema del post rock tocó en Buenos Aires, Mi Amigo Invencible fue a verla sin saber que tiempo después John McEntire, músico y productor de Tortoise, Yo la tengo y Stereolab, entre otras, se convertiría en el nuevo ingeniero de mezcla de las canciones que habían grabado y producido junto al californiano Luke Temple en abril de 2019 en Estudio El Attic de General Rodríguez y en el estudio del septeto. Así fue como la banda viajó a San Francisco para terminar de redondear el sonido de “Dutsiland”.

El disco, ya desde el nombre, propone un despojo de cierta polisemia, lectura y alegorías que residía en los nombres de sus placas anteriores, también presentes en sus letras. Hay una intención de aferrarse a una frescura e inocencia, ajena al Mi Amigo Invencible que utilizó ese lenguaje de títulos y letras fuertes que forjaron su identidad en el pasado.

Estrictamente desde lo musical, hay una coherencia, un hilo y una univerticalidad que se mantiene en la mayoría de las canciones y que las articula como un concepto. Las tareas del canto se comparten y se funden en casi todo el disco. Recursos como la guitarra repiquetada con patrones rítmicos funkosos o las colas de delay con repeticiones cortas son recursos que siguen presentes en la idiosincrasia de los mendocinos. Esa condición de solidaridad entre los instrumentos está presente y explotada también en este disco. Cada uno tiene su lugar, su espacio, y funcionan como partes de un todo, encontrando y esperando cada uno su momento. Una pulsión de homogeneidad que inunda todas las canciones.

Un disco marcado de capas y pasajes con climas relajados que a lo lejos parecen similares, pero que en un análisis minucioso resaltan en especificidades. De esos discos que requieren varias escuchadas, para encontrar sus recónditos o, mejor dicho, escuchadas “conscientes”, con todos los sentidos conectados para una adecuada decodificación e interpretación. Decía Stuart Hall, un teórico y referente de los estudios culturales, que cuanto más fácil de digerir es el mensaje, a mayor público llega. Cuanto más triturado el discurso, conlleva una digestión más fácil y, por ende, de mayor alcance. Pareciera que este concepto nunca se acomodó con Mi Amigo Invencible y este álbum no es la excepción.

Con un público establecido, que está siempre presente y que puede resultar en una presión para un artista y que por momentos es condescendiente y por otros exigente, parece que en este disco los cuyanos siguen negándose a ser víctimas del tan en boga fanservice: bailar, explosión, alegría son condimentos insoslayables en nuestra contemporaneidad y en particular en nuestra generación. La escena indie quedó envuelta y retraída en ese manto de introspección, melancolía, visceralidad y llanto. Pareciera que esos tópicos y esas condiciones son ajenas a cierto género o estilo de música y pertenecientes a otros. Con el auge de la música urbana, ese bache se hizo más grande aún. Esa idea de que el rock es el pasado de lo triste, la música aburrida y que no se puede bailar, y en contraste, lo urbano es júbilo, arrebato, baile y sacudida de caderas. A no confundirse: se puede bailar en la melancolía y en los ralentíes, ejemplos de bandas que hicieron bandera de eso sobran. Tempo veloz no es sinónimo de baile. Unas semicorcheas no son el homólogo de cadencias, tampoco son la antítesis de la introspección.

Mi Amigo Invencible es la demostración que también se puede bailar con la melancolía, con la introspección, con la pena y la soledad. Nuestra camada generacional no quiere llorar y reflexionar, quiere salir de esta crisis existencial en la que fue estigmatizada moviendo la pelvis. Pero a no confundir: el “rock tranquilo” también puede ser eso. Y en “Dutsiland” quedó evidenciado con creces.

puntocero 2019

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