Corren los tiempos de la corrección política, la cancelación y el aggiornamiento desmesurado y apresurado a cual causa justa se cruce en el camino. Las películas se pelean por cuál es más «necesaria», por cuál es la primera en decir lo que hay que decir ahora. No se patea el tablero con el objetivo de cambiar el contexto sino para adecuarse a él. Pero cuando se tamiza el panorama, aparecen algunas obras que aprovechan el momento para sumar más aristas sobre los temas en boga.

«Promising Young Woman» comienza con la escena de una fiesta llena de planos de braguetas danzantes, el foco de toda la película está ahí, en una observación predadora de los hombres cisgénero heterosexuales, aquellos que son la encarnación original del machismo. En esta fiesta, un grupo de hombres nota la presencia de una mujer tan ebria que apenas puede sostener la cabeza y los ojos abiertos. Cassandra (Carey Mulligan) se transforma a sí misma en un señuelo con la certeza de que siempre va a haber por lo menos un varón que intente aprovecharse de ella. Y, uno tras otro, caen en su trampa, en su plan para dar vuelta un poco las cosas.

La película la dirige Emerald Fennell y este lunes recibió varias nominaciones en los Premios Oscar en sus categorías principales como Mejor Película, Dirección, Guion Original, Actriz y Montaje.

Poco a poco, nos damos cuenta de que Cassie quedó congelada en una tragedia de hace siete años. Sigue viviendo con sus padres, quienes se lamentan constantemente de que no terminara sus estudios como médica pero aún más de que no tenga un novio. Pero, ¿cómo puede vincularse con los varones cuando, semana a semana, comprueba que son el factor de riesgo? La interpretación más veloz es que su objetivo es vengarse, tal y como nos mostraron decenas de películas en las que las mujeres luego de una violación se transforman en seres sanguinarios que pierden toda razón y se mueven por pulsión violenta. Pero mirando apenas más de cerca podríamos notar dos cosas: una es que el hecho que a ella la marca no es directo, por lo que no debería ser leído en la misma clave, y otra es que con sus acciones lo que acumula no son cabezas sino refuerzos de su premisa sobre los varones.

El código de la narración es de una estética colorida y apastelada, con momentos de comedia negra y una ideología tan manifiesta que puede pasar por panfleto, porque sus escenas en el primer acto no parecen tener capas o profundidad sino ser más bien directas y planas. Pero para ser un poco más justos sería correcto reconocer que por más burdas que parezcan, esas situaciones y esos comportamientos masculinos tienen un correlato directo con la realidad, es cuestión de hacer un paneo atento en cualquier fiesta para encontrarlo, o aún más fácil: con preguntar a las mujeres de alrededor alcanza para encontrar numerosos ejemplos.

A partir del segundo acto las cosas cambian un poco y se empieza a tejer algo subyacente. Cassie comienza una venganza más directa hacia las personas puntuales que la marcaron, a la vez que conoce a la excepción a la regla, Ryan (Bo Burnham). Con el escenario planteado, la película se va a concentrar en terminar de perfilar su idea de representación del abusador que dista bastante de la representación usual de hombres con rasgos monstruosos, salvajes e irracionales, y se condice mejor con una idea de hombres funcionales en la sociedad, hombres que tienen amigos y familia que los adoran, que tienen esposas, trabajos importantes y una reputación.

También pone atención en cómo es ese entorno que favorece que suceda el abuso y luego la impunidad. Muestra lo corporativo, el acuerdo tácito de protección entre machos. Pero, sobre todo, sale al cruce de esa idea de que un violador es un monstruo antisocial escondido en un matorral acechando, esa idea que hace que los varones no estén alterados ni alerta, porque si asumimos que los violadores son así, entonces es fácil distinguirlos y «ninguno de mis amigos se ve de esa manera».

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