Vuelve a escena «Paraíso» en el Teatro Regio, el unipersonal escrito por Inmaculada Alvear, interpretado por Luciano Cáceres y dirigido por Ignacio Rodríguez de Anca. Tras agotar localidades en el Teatro San Martín, la obra se repone con funciones los miércoles a las 20 horas hasta el 10 de junio, en una nueva oportunidad para acercarse a una propuesta que interpela, incomoda y, por momentos, conmueve profundamente.
La premisa es tan potente como inquietante: Juan Valero, un empresario exitoso, recibe un trasplante de corazón. Ese nuevo latido trae consigo algo más que vida: la memoria de su donante, una mujer dominicana, prostituta, de un barrio llamado Paraíso de Dios. A partir de allí, la obra despliega un conflicto íntimo y político, donde dos mundos opuestos conviven en un mismo cuerpo, tensionando nociones de identidad, clase, deseo y masculinidad.
Pero si hay algo que vuelve a «Paraíso» una experiencia singular es el trabajo actoral de Luciano Cáceres. En escena, solo, construye una multiplicidad de presencias. No se trata únicamente de narrar el conflicto de su personaje sino de encarnar -con matices precisos de voz, ritmo y emoción- a esos otros que no están físicamente, pero que se vuelven perceptibles.
Esa capacidad de hacer existir a los ausentes, de volverlos tangibles sin necesidad de otro cuerpo en escena, es uno de los mayores aciertos de la obra. El espectador no solo comprende esos vínculos: los siente.
El dispositivo escénico, acompañado por un ritmo ágil y un uso del humor que oscila entre lo incómodo y lo revelador, potencia esa experiencia. Hay momentos donde la risa aparece como una forma de distancia, casi de defensa, frente a lo que la obra pone en juego.
En la función observada, esa reacción se percibía de manera distinta según el público: en algunos sectores -particularmente entre espectadores de mayor edad- ciertas escenas generaban incomodidad, mientras que entre los más jóvenes emergía una risa más genuina y cómplice, más cercana a la identificación.
Esa tensión en la recepción no es menor: habla de una obra que no se limita a ser vista sino que interpela directamente a quien la mira. Como plantea la propia Alvear, la pieza no busca ofrecer certezas sino abrir preguntas: cuánto de lo que somos nos pertenece y cuánto, quizás, se construye en relación con otros, incluso, de formas inesperadas.
Hacia el final, la intensidad emocional alcanza uno de sus puntos más altos. Allí, la entrega de Cáceres se vuelve evidente no solo en la composición de su personaje sino, también, en algo más difícil de nombrar: un compromiso escénico que se percibe más allá de la técnica, manifiesto en su emoción tras la función.
Hay una verdad en ese cierre que conmueve y que deja al espectador en un estado de resonancia.
En un contexto donde el acceso al teatro puede volverse restrictivo, resulta importante destacar que «Paraíso» mantenga un valor de entrada accesible dentro del circuito oficial. Esa decisión no es menor: habilita que una propuesta de esta densidad temática y calidad artística pueda llegar a públicos más amplios.
Con una duración de 70 minutos y una estructura que combina reflexión y ficción, «Paraíso» se consolida como una obra que no solo destaca por su propuesta dramatúrgica sino, también, por una actuación que sostiene, expande y profundiza cada una de sus capas.
Comunico con mirada de género y derechos humanos. Historiadora, entre el teatro, la escritura y las voces latinoamericanas en movimiento. Partir de cero implica disfrutar del proceso y aprender poniendo en práctica. Frase de cabecera: «Ninguna mujer nace feminista, nos vamos haciendo…»