“Halloween Kills, la noche aún no termina” es el título local y, a su vez, más pertinente para sintetizar la idea que David Gordon Green (coguionista y director) tuvo para refundar la saga creada en 1978 por John Carpenter. La tendencia de borrar de un plumazo las secuelas de una saga para retomar las narraciones desde el final de la primeras partes es un concepto retomado por “Terminator: Destino oculto” (2019), allí también se eliminaban las secuelas que llegaron después de la segunda parte.

En ambas sagas hay mujeres llevadas a la fuerza por el camino de las armas, empoderas sí, pero también de destinos torcidos aunque no doblados. Linda Hamilton y Jamie Lee Curtis representan a un sector de la femineidad ignorada: mujeres de más de 60 años. En ambas películas, las intenciones de una reconstrucción mueren en las intenciones porque la corrección política del contexto que vive Estados Unidos dinamita cualquier posibilidad de emancipar a los personajes, todo lo contrario, en el caso de Laurie Strode (Curtis): parece salida de una cápsula del tiempo, sin haber atravesado los cambios socioculturales. Si en la “Halloween” original la adolescencia aparecía como una franja de peligro constante por el cóctel de sexo y violencia desenfrenados, aquí la sociedad es la que se convierte en monstruo por culpa de un solo personaje, en este caso, Michael Myers. En «HK» se deben mencionar cientos de veces las frases “es el mal encarnado” (y sus derivaciones) para que todos y todas puedan entender. Myers es el salvoconducto de los males del pueblo, como si fuera un chivo expiatorio para desentenderse de las responsabilidades.

La otra gran diferencia con las películas originales es la falta de sutilezas en el planteamiento de ideas, de subtextos y hasta de muertes. «HK» es más hermana de cualquier entrega de la saga “Martes 13” («Friday the 13th») que -inclusive- la película anterior de “Halloween” (2018). “Nos convertimos en monstruos” dice un personaje, con el reflejo reflexivo de un niño de 5 años que rompió una ventana después de patear una pelota. Los asesinatos apelan a la forma más burda, sin dejar una mínima parcela posible de imaginación porque todo se ve y se escucha. El miedo a Michael Myers es conceptual, su máscara de rostro blanco sin expresiones, su falta de remordimiento, su forma de moverse casi robótica y su incapacidad de ser herido son las características que aterran de su figura. Su contraparte casi contemporánea, Jason Vorhees, mataba de maneras ridículas, siendo esa desprolijidad su mayor atractivo. Nadie esperaba de “Martes 13” una mitología o un mapa para entender por qué Jason se cargaba tantos cuerpos en las numerosas secuelas. Así es que falló su última remake, en la que se pretendió vincularlo con una descendiente. Es decir, en ese caso, la saga fue en busca de una semejanza narrativa con “Halloween”. Ahora con «HK» sucede exactamente lo contrario, o ambas cosas: muertes sangrientas casi sin sentido sumado al linaje familiar con Laurie Strode.

Cierto es que las “Martes 13” terminaban y al año siguiente aparecía una nueva película, sin final aparente, durante la década de los 80′. En «HK» se aduce el gran problema de las trilogías pensadas como tal con mucha antelación, que no es más que meter como relleno de un sándwich a la segunda película. Por un lado acarrea con lo sucedido en la primera parte, en «HK» comienza (después de un prólogo larguísimo y sobre explicativo) con lo que sucedido al final de la entrega anterior en la que Michael Myers había quedado encerrado en el sótano de una cabaña prendida fuego. Luego, como gran problema, es que decide ignorar que es un segundo acto y que no va a terminar. Obligado a un cliffhanger, Green toma la ruta más sencilla con un monólogo final de lo que su heroína va a hacer en la siguiente película, yuxtaponiéndolo a una imagen impactante.

Otro síntoma de película del medio es que presenta a varios personajes a los que no precisa nutrir de una densidad dramática: el caso de la pareja de hombres que reside en la casa natal de Myers. No es casual que los enardecidos fans ya “exijan” un spin off de esos dos personajes que tienen diez minutos en pantalla, con suerte. A ese tipo de distracciones apelan, similares a los que suele tener una serie de trece episodios que, por fórmula, construye sus capítulos del medio en base a un relleno para encarar un sprint final en el que podría o no resolverse todo.

“Esto se termina esta noche” dicen algunos personajes, varias veces y en diversos momentos de la segunda película de una trilogía para clavarle el último puñal a la subestimación del espectador. David Gordon Green, un buen exponente del cine indie (“Joe”, un buen drama con Nicolas Cage) y del renacer de las “comedias fumonas” (“Pinneaple Express”), demuestra su costado más banal y snob al intentar engalanar los ítems equivocados de una franquicia “slasher”, cuya primera película era de una opacidad conceptual avasallante, enmarcada en una puesta en escena diferente para el género de terror y, también, emplazada en una atmósfera de época capturada a la perfección por John Carpenter. Nada de todo eso sobrevivió a la “noche de brujas” de 1978.