Hay una imagen que se repite una y otra vez cuando se habla de J. R. R. Tolkien: la del profesor de Oxford inclinado sobre manuscritos antiguos, inventando idiomas imposibles y construyendo uno de los mundos ficticios más complejos de la historia de la literatura. Es una imagen cierta, pero incompleta. Porque detrás del filólogo, del académico y del creador de mitologías hay una pregunta mucho más interesante: cuando Tolkien tuvo la oportunidad de contar una historia dentro de ese gigantesco universo que llevaba años construyendo, ¿por qué eligió que sus protagonistas fueran personas comunes?
La pregunta parece sencilla, pero toca el corazón de toda su obra.
Durante décadas, se instaló la idea de que Tolkien inventó la Tierra Media como respuesta a las guerras mundiales, una interpretación atractiva, pero insuficiente. En realidad, los cimientos de su legendarium son anteriores a «El Hobbit» y comenzaron a tomar forma mucho antes de que el público conociera a Bilbo Bolsón. Ya durante la Primera Guerra Mundial, Tolkien escribía relatos que, con el paso de los años, evolucionarían hasta convertirse en lo que hoy conocemos como «El Silmarillion». Su ambición era enorme: crear una mitología para Inglaterra, un cuerpo de leyendas que dialogara con las grandes tradiciones épicas que admiraba, desde las sagas nórdicas hasta el Kalevala finés.
Ese proyecto lo acompañaría durante toda su vida. Pero cuando llegó el momento de contar una historia, cuando tuvo que elegir desde qué lugar ingresar a ese universo poblado de dioses, héroes, reyes y guerreros legendarios, no eligió un príncipe élfico. No eligió un gran capitán. No eligió un rey destinado a gobernar. Eligió un hobbit.
Bilbo Bolsón es, probablemente, uno de los protagonistas menos heroicos que había dado la literatura fantástica hasta ese momento. No sueña con aventuras. No busca gloria. No anhela riquezas. No quiere derrotar dragones. Lo único que desea es quedarse en su casa, tomar té y vivir una vida tranquila. La aventura irrumpe en su existencia como una molestia.
Sin embargo, Tolkien comprende algo que transformará para siempre la fantasía moderna: la grandeza de una persona no siempre se mide por aquello que busca sino por aquello que está dispuesta a hacer cuando las circunstancias la obligan a actuar.
Cuando «El Hobbit» se publica en 1937, Europa ya se encontraba al borde de una nueva catástrofe. Dos años después comenzaría la Segunda Guerra Mundial. Tolkien no escribe sobre ese conflicto, ni pretende hacerlo. De hecho, a lo largo de su vida rechazó sistemáticamente las lecturas alegóricas de su obra. No quería que Mordor representara a Alemania ni que el Anillo fuera una metáfora directa de la bomba atómica. La Tierra Media no es una alegoría política. Pero eso no significa que esté desconectada de la experiencia humana de su autor.
Porque Tolkien había conocido la guerra.
Había combatido en la Batalla del Somme durante la Primera Guerra Mundial, una de las más sangrientas de la historia. Había visto desaparecer a parte de su generación. Había perdido a dos de sus amigos más cercanos del «Tea Club and Barrovian Society», el grupo de jóvenes con quienes soñaba cambiar el mundo a través del arte y la literatura. Había convivido con soldados anónimos que soportaban el horror cotidiano sin esperar reconocimiento alguno.
Quizás por eso, cuando escribió sobre el heroísmo, lo imaginó de una forma muy distinta a la tradición épica clásica.
Los grandes relatos heroicos suelen girar alrededor de figuras excepcionales. Aquiles. Sigfrido. Arturo. Héroes marcados por el destino, poseedores de habilidades extraordinarias o linajes especiales. Tolkien conocía profundamente esas historias. Las había estudiado durante años. Las enseñaba en Oxford. Las admiraba. Y, sin embargo, eligió otra cosa.
La mejor prueba de ello aparece en El Señor de los Anillos.
A simple vista, Aragorn parecería el protagonista natural de la historia. Tiene sangre real. Es heredero de un reino perdido. Porta una espada legendaria. Cumple antiguas profecías. Reúne todas las características del héroe tradicional. Pero Tolkien no pone el destino del mundo en manos de Aragorn. Lo pone en manos de Frodo. Y más aún: lo pone en manos de Sam.
Ese detalle suele pasar desapercibido porque el peso simbólico de personajes como Gandalf o Aragorn resulta enorme. Sin embargo, si observamos cuidadosamente la estructura de la novela, descubrimos algo fascinante. Ninguno de los grandes guerreros puede cumplir la tarea central de la historia. Ningún rey puede destruir el Anillo. Ningún ejército puede completar la misión. La salvación del mundo depende de dos hobbits caminando. Y uno de ellos es un jardinero.
Samwise Gamgee representa, quizás, la idea más profunda que Tolkien desarrolló sobre el heroísmo. No posee habilidades especiales. No tiene linaje noble. No protagoniza profecías. Ni siquiera es el portador del Anillo. Su papel consiste en acompañar. Cuidar. Sostener.
Es quien sigue adelante cuando Frodo ya no puede hacerlo. Quien carga a su amigo cuando el peso se vuelve insoportable. Es quien recuerda el hogar cuando todo parece perdido.
Años después, Tolkien llegó a describir a Sam como el verdadero héroe de la historia. No era una observación casual. Era una declaración de principios. Porque, en el fondo, «El Señor de los Anillos» no es una novela sobre la conquista del poder. Es una novela sobre la resistencia. Sobre personas comunes enfrentadas a circunstancias extraordinarias. Sobre individuos que no quieren convertirse en héroes, pero descubren que no tienen otra opción.
La propia Comarca funciona como una extensión de esa idea. Mientras gran parte de la fantasía épica se obsesiona con castillos, tronos y campos de batalla, Tolkien dedica una enorme cantidad de páginas a describir jardines, tabernas, comidas compartidas y celebraciones locales. Lo que está en juego no es simplemente la derrota de Sauron. Lo que está en juego es la preservación de una forma de vida.
Pero hay otro elemento que ayuda a entender por qué Tolkien deposita su esperanza en personajes tan alejados del poder: su mirada crítica sobre la modernidad industrial. Nacido en 1892, Tolkien fue testigo de una Inglaterra que cambiaba aceleradamente. Durante su infancia conoció paisajes rurales que desaparecerían bajo el avance urbano e industrial, una transformación que lo acompañó durante toda su vida y que aparece reflejada, de distintas maneras, en sus obras. No se trata de una condena simplista al progreso ni de una nostalgia ingenua por el pasado, sino de una preocupación por aquello que puede perderse cuando la eficiencia se convierte en el valor dominante.
Esa tensión atraviesa toda la Tierra Media. Mientras la Comarca está asociada a los ritmos lentos, al trabajo manual, a los vínculos comunitarios y al cuidado de la tierra, los dominios de Saruman e incluso Mordor aparecen ligados a la producción incesante, a la explotación de recursos y a una lógica donde la naturaleza es transformada en combustible para la guerra. La descripción de Isengard, con sus hornos, humo y máquinas, suele recordar más a una fábrica que a una fortaleza fantástica. Y no es casual que una de las escenas más celebradas de El Señor de los Anillos sea la restauración de la Comarca tras la devastación provocada por quienes pretendieron reorganizarla bajo criterios de productividad y control.
Por eso la Tierra Media resulta tan singular. Aunque está poblada por magos, dragones y criaturas fantásticas, sus valores fundamentales son profundamente cotidianos. La amistad. La lealtad. La memoria. La comunidad. El hogar.
Incluso los grandes héroes de la historia parecen entenderlo. Aragorn lucha para recuperar un reino, pero los hobbits luchan para volver a casa. Y Tolkien parece sugerir que ambas motivaciones son importantes, aunque una de ellas sea mucho más humana. Quizás ahí radique la verdadera modernidad de su obra.
Porque mientras gran parte del Siglo XX estuvo fascinado por líderes, ideologías y figuras excepcionales, Tolkien depositó su confianza en otro lugar. No en los poderosos. No en los elegidos. No en los grandes hombres. En las personas comunes.
Resulta tentador pensar que esa elección fue casual. Pero todo indica lo contrario. Un hombre que había visto cómo la historia era atravesada por millones de individuos anónimos parecía comprender algo que la literatura épica tradicional a veces olvidaba: los grandes acontecimientos suelen depender de personas que jamás imaginaron formar parte de ellos.
Por eso, aunque la Tierra Media esté llena de reyes, magos y guerreros legendarios, sus personajes más memorables siguen siendo pequeños. No por tamaño físico, sino por vocación. Son personas que no buscan dominar el mundo ni escribir su nombre en la historia. Solo quieren hacer lo correcto y regresar a casa.
Y quizás ahí se encuentre la razón por la que Tolkien sigue siendo leído casi un siglo después de la publicación de El Hobbit. No porque haya construido el mundo imaginario más detallado de la literatura moderna -aunque probablemente lo hizo- sino porque entendió algo esencial acerca de las personas.
Que el coraje rara vez se parece a las estatuas. Que la verdadera fortaleza suele ser silenciosa.
Y que, a veces, el destino de un mundo entero depende simplemente de alguien que decide seguir caminando cuando ya no le quedan fuerzas para hacerlo.