“Descuida, yo te cuido” («I Care a Lot») de J. Blakeson parece una viajera del tiempo que se escapó de los últimos años del Siglo XX cuando las películas se presentaban cancheras, anticipándose a un nuevo tipo de cine que se venía. Recordemos a “El club de la pelea” («Fight Club») y “Matrix” por citar solo dos casos. Hace dos décadas había una justificación en una búsqueda estética que no se sostiene en una película estrenada en 2021. “Descuida, yo te cuido” pretende tachar todos los casilleros posibles: busca ser un comedia negra, tener una protagonista carismática con respuestas para todo tipo de situaciones, ser políticamente incorrecta, acaparar una agenda urgente sobre el feminismo y hasta abrazar una adrenalina intrusa.

Marla Grayson (Rosamund Pike) encontró un hueco legal para construir un negocio amoral, el cual consiste en aprovecharse de ancianos y ancianas incapacitados de vivir solos para hacerse cargo de ellos como guardiana designada por la Justicia, figura legal que implica disponer de todos los bienes de esas personas. Hay aquí una ilustración del “sueño americano” retorcido de esta época pero, lo que hubiera sido tierra fértil para un Steven Soderbergh, es un mero disparador de conflicto en manos del mediocre J. Blakeson, sí, el mismo de “La quinta ola” (2016). Una víctima de ensueño se le presenta a Marla, la que podría ser el punto de quiebre para su negocio. Lo que aparenta ser una presa fácil se esfumará y toda su estantería, la que parecía solida, empieza a temblar. Aquí hace su aparición un personaje más deleznable pero, a la vez, misterioso y que motoriza el segundo acto mostrándose como el verdadero peligro para la protagonista.

En el afán por abrazar todo lo que pueden en el saqueo de góndolas retóricas, se arrasa con los ralentis infundados y los planos raros para erigirse como prestigiosa. No es casual que en esta temporada muchas películas como lo son “Promising Young Woman” o “Pieces of a Woman” (también de Netflix) se pavoneen en la línea de obras urgentes que escuchan los gritos de la época. Las tres películas subrayan el empoderamiento femenino pero inconscientemente (hay que darles el beneficio de la duda) apagan las causas al señalar, con un amplio grosor, las acciones sin que fluyan orgánicamente. Parece que hay un decálogo tácito en el que los personajes tienen que ser verborrágicos, responder con una velocidad inusitada y pronunciar palabras a las que se le nota la tinta del guionista más que a un perfil de personaje posible. La corrección política es un mal que atenta contra la lucha de derechos pero el mal mayor, al menos en el cine, es el flameo de una bandera cuando la necesidad actual está en la creatividad para contar historias necesarias pero sin ese «sello IRAM» que las avala. Lamentablemente, su autenticidad tiene una fecha de vencimiento corta en el tiempo.

Sucede algo peor en “Descuida, yo te cuido” y es el espíritu declarado sobre lo que esconde pero que se le cuela, en especial en su tramo final. Su mirada sobre los temas es similar a aquella persona que dice ser frontal, tan solo para tener la impunidad de manifestar lo que quiera sin importar si maltrata o pronuncia alguna barbaridad.

A pesar de sus intentos por disfrazarse de una película apremiante y cuestionadora de los actos morales (al final le pasan todos los fibrones posibles), la trama pega varios golpes de timón que marean y le sacan chispas al verosímil armado (ver la escena del “accidente”). “Descuida, yo te cuido” se mira en el espejo distorsionado de lo cool y se ve hegemónica, cuando desde este lado en realidad notamos una disfuncionalidad que le avizora una duración efímera en la zona caliente de los estrenos. Su duración podría ser todavía más corta si se tiene en cuenta que Netflix la puede enviar a un sótano virtual para dejarla en un limbo, lo mismo que le sucedió a gran parte del catálogo de este servicio de streaming.