Cronos, en la Antigüedad griega, era el dios que representaba a la melancolía. El miedo al paso del tiempo y la finitud de la existencia lo llevaba a devorar a sus hijos. Más cerca en el tiempo, cada nación, del mismo modo que ese dios, produce sus proyectos e ideales, para luego volver a consumirlos y hacerlos desaparecer.
De allí que cada época configura un archivo con imágenes y silencios. Se disputa ahí la memoria: ¿qué quiere recordar una sociedad?, ¿qué quiere esconder? Como propone Walter Benjamin en sus «Tesis sobre la filosofía de la historia»: «No hay documento de cultura que no lo sea, al tiempo, de barbarie».
Sin embargo, borrar la historia de un país no es imposible. Porque cuando los materiales audiovisuales que cimentaron y consolidaron una época son relegados, ese tiempo comienza a volverse difuso y difícil de reconstruir. En busca de recuperar esos metrajes va Juanjo Pereira en su ópera prima «Bajo las banderas, el sol».
A partir de propaganda oficial y transmisiones internacionales, la película reconstruye los 35 años de la dictadura de Alfredo Stroessner en Paraguay. Sin un narrador claro o una voz en off, es el mismo montaje el que expone el planteo del documentalista: los medios de comunicación acompañaron y sostuvieron el poder, al mismo tiempo que delimitaron aquello que podía convertirse en memoria colectiva.
Aunque la intención parece ser intervenir lo menos posible sobre el material encontrado, el director elige hacer foco en determinados personajes. Y esos personajes no son necesariamente los que la historia conserva en sus libros, sino todos los otros: los cuerpos anónimos, las miradas perdidas, las personas que apenas aparecen durante unos segundos y que, sin embargo, revelan más sobre una época que cualquier discurso oficial.
Esa mirada melancólica es también la que proyecta la película hacia delante. Frente a la denuncia de lo que no debe ser olvidado, aparece aquello que resulta imposible recordar: vidas perdidas, vidas que no llegaron a ser. Todo ese tiempo irrecuperable, ese «agujero» que queda entre los tiempos, termina hablando también del presente de nuestros países y de las formas en que todavía convivimos con los restos de aquello que creíamos enterrado.
Así, Pereira se posiciona como el Ángel de la Historia de Benjamin: una figura melancólica que mira las ruinas del pasado a la par que intenta recomponer aquello que ha sido destruido. El director, como un arqueólogo, se sumerge entre los restos para rescatar las vidas sepultadas bajo el discurso oficial.
En los rostros de cada persona en la que hace zoom, aparece la denuncia de un país atravesado por el silencio. Esas cámaras que quisieron capturar y enaltecer al régimen, también muestran las huellas que esa maquinaria dejó sobre generaciones enteras. ¿Qué pasó con esas vidas y con todas las que no podemos ver porque desaparecieron?
«Paraguay es un país que no hizo un ejercicio de memoria tras la última caída de la dictadura», señala el director. Eso hace que la sensación al terminar el documental sea aún más abrumadora. En medio de archivos, transmisiones oficiales y materiales propagandísticos, Pereira reconstruye la historia, pero encuentra algo más. Aparece la melancolía por una época imposible de recuperar. Como Cronos, el archivo devora todo, pero también lo contiene: sobreviven fragmentos y rostros borrosos que nos permiten imaginar un tiempo que no debe ser olvidado.
Lista para mi primer plano.