«Sin aliento»: una revolución frente a una reconstrucción

Hay películas que uno posterga buscando el momento adecuado para verlas. “Sin aliento” de Jean-Luc Godard, era una de esas deudas pendientes. Sin embargo, el impulso para descubrirla no surgió directamente de la Nouvelle Vague francesa, sino a partir de la reciente película dirigida por Richard Linklater que reconstruye el proceso de creación de una de las obras más influyentes del siglo XX.

Lejos de realizar una biografía convencional de Godard, Linklater recupera el espíritu de una generación de jóvenes críticos de Cahiers du Cinéma que creía que el cine podía reinventarse y decidió filmar las películas que no encontraba en las salas. Luego de verla, mi acercamiento a la ópera prima del director francés fue diferente. Ya no se trataba simplemente de conocer un film considerado canónico sino de comprender por qué, más de sesenta años después de su estreno, continúa siendo una referencia ineludible para entender la historia del cine.

La respuesta aparece durante los primeros minutos. Godard rompe las reglas del cine clásico sin pedir permiso: los cortes abruptos, la cámara en movimiento recorriendo las calles de París, la improvisación en los diálogos, la ruptura de la cuarta pared y la libertad narrativa con la que construye la puesta en escena transformaron para siempre el lenguaje cinematográfico. Lo que hoy puede parecer habitual era profundamente disruptivo para 1960.

Pero su importancia no reside únicamente en su innovación técnica. La obra propone una nueva manera de pensar el cine. Godard entendía que filmar no era solo contar una historia sino también cuestionar la forma de contarla. Su frase célebre: “El cine no es un arte que filma la vida, el cine está entre el arte y la vida”, resume esa búsqueda. Esta idea atraviesa toda la película, que no intenta reproducir la realidad de manera transparente, sino construir una mirada sobre ella. Cada corte, cada plano y cada diálogo recuerdan al espectador que está frente a una obra que reflexiona sobre el cine mientras hace cine.

En ese sentido Linklater observa ese mismo período desde la distancia, trabaja sobre la memoria de un movimiento ya canonizado y funciona más como un complemento. Vuelve la mirada hacia una época en la que un grupo de jóvenes decidió cambiar las reglas del cine con una cámara, pocas certezas y muchas ideas sin imaginarse que estaban haciendo historia. El film de Godard no surgió de un suceso aislado, sino de un contexto cultural que entendía al cine como un espacio de experimentación permanente.

“Sin aliento” confirma por qué sigue ocupando un lugar central dentro del canon cinematográfico. Tal vez no sea un film perfecto ni una obra destinada a gustarle a todo el mundo, pero conserva un valor extraordinario por su capacidad de seguir interpelando a los espectadores incluso hoy. Su influencia todavía puede verse en directores contemporáneos y en películas que, de manera consciente o inconsciente dialogan con aquella revolución. Eso demuestra que algunas obras no tienen fecha de vencimiento: cada generación encuentra una forma distinta de volver a ellas.