“Cuando muera volveré para buscar / Los instantes que no viví junto al mar.”
Así es “Inscripción”, uno de los poemas de Sophia de Mello Breyner Andresen, que describe perfectamente la situación en la que se encuentra Laura Rossellini (Laura Morante), personaje principal de «À Flor do Mar», de João César Monteiro. Esta asociación no surge del azar, ya que el realizador portugués guardaba una profunda admiración por la poetisa lusa, a la que, de hecho, le realizó un corto documental en 1969. Resulta apropiado, también, retomar un texto que escribió el propio João sobre dicho cortometraje:
«Creo que mi película representa, sobre todo, la prueba para quienes quieran entenderlo y aceptarlo, de que la poesía no se puede filmar, de que es inútil intentarlo.»
A pesar de considerarlo inútil, el director portugués no deja de intentarlo y lo logra con creces en “À Flor do Mar”. Cargada de melancolía, rasgo que la poesía suele contener en sus versos, la película logra transmitir dicho estado de ánimo. La puesta en escena en exteriores pretende mostrar la playa o la costa como un lugar abismal, a pesar de la asociación rápida que se tiene de la playa y el sol donde es todo felicidad y esparcimiento, en este caso tiene un papel de magnitud que encierra a los personajes.
En el caso de la puesta en interiores, la situación se convierte en algo más intimista y teatral, con planos fijos mientras los personajes charlan bordeando la filosofía, con la intención de que el peso recaiga sobre ellos y en los diálogos, más que en la destreza visual. En general, los personajes suelen interactuar con miradas perdidas o hacia el horizonte, lo que recuerda al cine de Carl Theodor Dreyer o de Michelangelo Antonioni, donde el montaje entre diálogos no existe y los tiempos muertos son parte de la narrativa, como una metáfora de una parálisis temporal.
Retomando al personaje de Laura, figura central de la película y representación de la melancolía, carga con el peso de un marido que ya no está en el plano físico, pero sí espiritual, como un fantasma que sigue sobrevolando en cada momento de su vida. Debe lidiar con las responsabilidades maternales por su cuenta, no obstante, no lo hace sola, sino con cierta ayuda de su entorno familiar, sus únicos soportes, estableciendo que la soledad con la que vive Laura es puramente romántica. La irrupción de Robert Jordan (Philip J. Spinelli), un criminal que acaba de asesinar a un dirigente palestino (basada en la historia real del asesinato de Issam Sartawi), no resulta casual que llegue a la vida de Laura y tampoco de la forma en que lo hace. Mientras ella toma sol en la playa, y en resonancia con el poema de Sophia de Mello, Robert aparece herido en un bote que se va acercando poco a poco a la orilla, casi como un imán que Laura no puede evitar que se le pegue, funcionando como una inversión narrativa de “L’Avventura” de Antonioni. Si bien João confirma la responsabilidad de Robert Jordan con sutilezas, deja en claro que a Laura eso no le importa: ella es consciente de que está de pasada en su vida, así como ella en la costa portuguesa de vacaciones, entendiendo la temporalidad del vínculo. Laura sabe que muy posiblemente sea el responsable, y, sin embargo, elige ignorarlo como un escape a su soledad y monotonía.
Monteiro y el director de fotografía Acácio de Almeida utilizan recursos visuales y tonales como el azul frío que transmite una tristeza suspendida; un cálido casi quemado que, lejos de irradiar alegría, transmite todo lo contrario, y en interiores con juegos de luces que recuerdan al expresionismo alemán, con sombras grandes que denotan ambigüedad, presentes tanto de día como de noche, convirtiendo a la melancolía en una atmósfera omnipresente. Sombras que representan una presencia mitad en el lugar y mitad en otro lado. Elecciones claves dentro de la película, ya que no buscan sólo que la veamos, sino que la habitemos. Resultan componentes perfectos para retratar una historia de saudade, donde la tragedia ya sucedió; sin embargo, los escombros siguen pesando sobre Laura, una mujer cuya vida quedó paralizada desde el momento en que su marido ya no está.