Son muchas las películas basadas en o que giran alrededor de alguna teoría conspirativa –Richard Donner, de hecho, usó el término directamente como título de una de las suyas–, ya sea esta real o ficticia. Bastante más reducida es, sin embargo, la órbita de aquellas con el –extraño– honor del caso inverso, es decir, de haber generado por sí solas conjeturas de ese tipo. Y mucho más reducido aún es el conjunto de aquellas iniciadoras de una teoría conspirativa que pusiera en duda uno de los eventos más trascendentales de la historia de la humanidad. La lista probablemente se reduzca a una sola.
Si aún hoy en día, 55 años después, a pesar de la abrumadora cantidad de evidencia científica –empírica y física–, de lo impracticable que hubiera resultado a nivel técnico y de lo absurdamente complejo que hubiese sido ocultar algo semejante, sigue habiendo quienes creen que la llegada a la luna fue un engaño orquestado por el gobierno de los Estados Unidos, eso se debe mayormente a un director de cine: Stanley Kubrick. Quien con una película corrió años luz los límites de lo que se pensaba que la ciencia ficción podía poner en una pantalla hasta ese momento. Y así y todo, sin embargo, esa no deja de ser apenas la punta del iceberg del impacto cultural que tuvo el estreno de “2001: Odisea del espacio” (1968).
La lista de sus influencias en la cultura popular es inabarcable e incluye desde haber inspirado la canción –probablemente– más famosa de David Bowie, hasta servir a Samsung como defensa en un juicio contra Apple por la patente del iPad. La NASA bautizó una misión espacial en su honor y “Los Simpson” la han referenciado dos docenas de veces. Aunque la mayor huella la dejó, lógicamente, en el cine, especialmente en la ciencia ficción. Según Steven Spielberg, “2001” constituyó el big bang para cualquier película pretendidamente seria del género, demostrando que producciones con grandes presupuestos podían ser exitosas. Así, sus resonancias aparecen en infinidad de ejemplos, tanto apenas posteriores –”Solaris” (1972)– como muy recientes –”Proyecto fin del mundo” (2026)–.
Debido a esto, verla hoy por primera vez implica, en cierta forma, una doble desilusión: primero el impacto que genera, habiendo experimentado antes tantos de esos elementos prestados, seguramente sea mucho menor y segundo, especialmente cuando la referencia no fuese explícita, probablemente dichas películas resulten retrospectivamente menos sorprendentes. Pero a la vez, al haber permeado también tantos y tan disímiles objetos culturales y films de todos los géneros –de “Magnolia” (1999) a “Barbie” (2023)–, es inevitable encontrar algo profundamente familiar en los timbales de “Así habló Zaratustra” o la imagen del hueso girando en el aire. Verla hoy es como conocer en persona, finalmente, a alguien de quien siempre te hablaron.
De todos esos aspectos referenciados y parodiados hasta el cansancio el monolito, ese prisma negro perfectamente rectangular construido por seres interestelares, probablemente predomine en el imaginario colectivo. En la película su –espontánea– aparición ocurre durante los albores de la humanidad, representando –y provocando– el inicio del conocimiento tecnológico: extraño y fascinante, inspira a los australopithecus a inventar la primera herramienta. Inmediatamente después Kubrick nos traslada, mediante el match cut más célebre de la historia del cine, a un futuro donde los viajes interplanetarios son moneda corriente.
En el otro extremo de esa elipsis de cuatro millones de años se encuentra HAL 9000, el último producto de aquel proceso que empezó aplastando un cráneo con un hueso. Y uno de los motivos principales de la trascendencia del film; no solo por lo icónico de su diseño o su voz y modos suaves. Al introducir como antagonista a una inteligencia artificial cuyo razonamiento la vuelve contra sus creadores, “2001” inicia una tendencia dentro de la ciencia ficción, que en los años subsiguientes se multiplicaría exponencialmente, y plantea una serie de preguntas y preocupaciones, incipientes para la época pero que hoy, seis décadas después, se presentan más vigentes que nunca. Kubrick tuvo, aún sin saberlo, la capacidad de hablarle tanto al presente de 1968 como a un futuro –nuestro presente– casi el doble de lejano que aquel que proponía dentro de su historia.
Más sorprendente aún resulta hoy la forma que eligió para hacerlo. Mientras en la película se exploran los límites de lo conocido, Kubrick llevó al límite la capacidad de atención y la asimilación cognitiva del espectador; mediante decisiones como desarrollar los primeros 25 y los últimos 32 minutos sin diálogos, musicalizar escenas espaciales con un vals o incluir la famosa –y abrumadoramente perturbadora– secuencia del portal estelar, introduciendo repentinamente el horror cósmico. Según Spielberg, con 22 jóvenes años: «No fue una película, fue una experiencia». Una que el público abrazó, poniéndola segunda en la taquilla anual. Hace no tanto “Gravedad” (2013), también con grandes pasajes sin diálogos y una sensibilidad similar, logró un octavo lugar.
Pero apenas cuatro años después fue necesario poner avisos en algunas salas para “Star Wars: Los últimos jedis” (2017), explicando cierto momento de silencio absoluto como una decisión artística y no un problema técnico, para prevenir nuevas quejas. “2001” no pone carteles, se rehúsa a aclarar nada. Cada espectador puede elaborar su propia interpretación. Algo casi impensable hoy en el mainstream, dado el temor de los estudios por dejar a alguien afuera. Mientras tanto, hace apenas unas semanas, Guillermo del Toro advertía que “estamos al borde del analfabetismo cinematográfico”, arremetiendo en parte contra –casualmente– la IA. Quizás es momento de preguntarse si no necesitamos más películas que desafíen nuestras capacidades audiovisuales. Más películas como “2001”.