La libertad escénica de «La Boite»

Luego de un mes de retrasos en su estreno debido a una intervención quirúrgica de Carlos Casella, este último jueves se estrenó el music hall «La Boite» en La Trastienda.

La propuesta, protagonizada por Griselda Siciliani y Carlos Casella, lejos de construir una narración lineal, se mueve como un caleidoscopio de canciones, escenas, humor, erotismo y melancolía que encuentra su identidad precisamente en la ausencia de una estructura convencional.

La propuesta recupera el espíritu de las antiguas boîtes -esos espacios nocturnos donde convivían el music hall, el transformismo, el cabaret y la irreverencia- para resignificarlo desde una sensibilidad contemporánea. No hay nostalgia en sentido estricto sino una apropiación del pasado como lenguaje estético.

El gran acierto del espectáculo reside en la química artística entre Griselda Siciliani y Carlos Casella. Ambos poseen trayectorias diferentes, pero complementarias. Siciliani despliega un magnetismo escénico que alterna delicadeza, ironía y sensualidad con una naturalidad admirable. Casella, en cambio, representa el costado más inclasificable del espectáculo: actor, cantante y performer, convierte cada aparición en un acontecimiento inesperado. Juntos construyen un diálogo permanente donde ninguno intenta eclipsar al otro. Por el contrario, cada uno potencia las virtudes del compañero.

Musicalmente, el espectáculo evita la comodidad del repertorio previsible. La dirección musical apuesta por un recorrido ecléctico que transita distintos géneros sin perder unidad estética. La banda en vivo no funciona como simple acompañamiento sino como un personaje más de la puesta, sosteniendo el clima cambiante que propone el show.

Visualmente, la obra también encuentra una personalidad definida. La iluminación, el vestuario y la escenografía apelan al glamour del cabaret clásico, aunque despojados de cualquier exceso decorativo. Todo parece diseñado para que la atención permanezca sobre los intérpretes y sobre el permanente juego entre lo teatral y lo musical.

Sin embargo, esa misma libertad formal puede convertirse en una dificultad para parte del público. Quienes esperen una historia tradicional o un conflicto dramático claramente desarrollado, probablemente encuentren un espectáculo fragmentario, más cercano a una sucesión de estados emocionales que a una obra narrativa. Pero esa aparente dispersión constituye, en realidad, una decisión estética: «La Boite» propone dejarse llevar antes que comprender racionalmente cada escena.

Lo más interesante es que la obra nunca busca agradar de manera complaciente. Se permite momentos de humor absurdo, otros de intimidad y algunos de franca provocación, sin preocuparse por mantener un tono uniforme. Esa inestabilidad termina siendo su principal virtud: el espectador nunca sabe exactamente qué ocurrirá a continuación.

Más que un espectáculo para consumir pasivamente, «La Boite» es una invitación a ingresar en un universo donde el teatro, la música y la performance dialogan sin jerarquías y celebran la libertad escénica.

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