Ridley Scott ya tenía un pequeño historial destacado en su haber para finales de la década del 80. “Los duelistas” (1977), “Alien” (1979) y “Blade Runner” (1982) fueron sus primeras películas que lo llevaron a ser un director de renombre. En 1989, dirigió “Lluvia negra”, un thriller sobre un policía de dudosa moral que viaja a Japón por un caso de la mafia yakuza.
El antihéroe
“Lluvia negra” narra la historia de Nick Conklin (Michael Douglas), un agente de policía que presenta varios problemas: está recientemente divorciado y es investigado por Asuntos Internos debido a un hecho de corrupción. Cuando Nick está en un restaurante con su compañero Charlie (Andy García) presencia el asesinato de un mafioso a manos de Sato (Yusaku Matsuda), lo que termina en una persecución y la deportación a Japón escoltado por la pareja de policías. De esta forma, la película se desplaza de Nueva York a Osaka, lo que implica también un desplazamiento en el accionar del protagonista en cuanto a su conducta.
Hay mucho en la Osaka de “Lluvia negra” que remite a “Blade Runner”. La lluvia constante, las luces de neon, el reflejo de ese color en superficies mojadas es como si Scott quisiera repetir el escenario, pero esta vez no construye a esa Los Ángeles del futuro, sino que toma a la Osaka de ese presente.
No hay dos sin tres
La relación de Nick con Charlie funciona con la lógica del policía veterano y el policía joven, atribuida a las buddy cop. Sin embargo, si bien se nota la complicidad desde el principio, no hay una comicidad como la hay en ese tipo de películas, lo que definirá el tono de la misma. En Osaka, se ven envueltos en un nuevo caso debido a que entregaron a Sato a unos mafiosos que estaban vestidos de policías. Para esto llega Masahiro Matsumoto (Ken Takahura), un policía local que chocará con los métodos de Nick. El debate jurisdiccional es solo la punta del iceberg, porque el agente estadounidense actúa de la misma manera en ambos países: Nick se saltea procedimientos, es agresivo y ve a la policía japonesa como una máquina burocrática. Por su parte, Matsumoto actúa con paciencia y pone al honor, ante todo. Charlie intentará mediar entre la acción individual y la colectiva.
El motorizado mató a un policía
La escena del asesinato de Charlie es la más destacada de la película. Scott la construye lentamente, con un ladrón motorizado que le asalta el saco con su documentación. Charlie es encerrado en un estacionamiento subterráneo, alejado de Nick, que ve cómo lo comienzan a rodear cada vez más motos hasta que llega Sato y se encarga del final. El crimen ocurre rápidamente, sin sobresaltos, como un toro que ataca en un rodeo. Esto hará que Charlie y Matsumoto deban aliarse, a pesar de los métodos diferentes que ambos ejercen. El protagonista perdió a su compañero, pero al otro lado del mundo, ganará otro que lo hará replantearse muchas cosas.
Todo está guardado en la memoria
Más allá de remarcar las diferencias en los métodos policiales, Scott no es irrespetuoso con Japón, sino que hasta le hace un guiño histórico con el título. La lluvia que aparecía solo como clima, toma otro matiz en una escena en la que Sugai (Tomisaburō Wakayama), el jefe de los yakuza, le explica a Nick que el lanzamiento de las bombas atómicas a Hiroshima trajo una lluvia negra, radioactiva, sobre los sobrevivientes. Si Osaka es retratada como una ciudad del futuro, en ese momento adquiere un peso histórico al no olvidar su pasado. Este diálogo no es revanchista, sino explicativo de que es un hecho que está guardado en la memoria del pueblo japonés.
Luces y sonidos
Hay una construcción de extrañeza en esa Osaka por parte del director de fotografía holandés Jan de Bont. Se la ambienta como una atmósfera pesada, húmeda, con lluvia, vapor y superficies mojadas. De Bont aprovecha los carteles de los locales y los clubes iluminados con un fuerte neon, muchas veces saturado de naranja y azul. Las sombras típicas del film noir contrastan con la iluminación japonesa. Si a Nueva York la muestra de día y sucia, Japón es oscura y pesada.
Por el lado de la música, estuvo a cargo del alemán Hans Zimmer, que venía de ganar el premio Óscar por “Rain Man” (1988). El compositor construyó un híbrido entre las culturas japonesas, estadounidense y la música de la época. Utilizó la guitarra eléctrica, junto a sintetizadores, algunos arreglos orquestales e instrumentos japoneses para continuar con la mezcla de ambas culturas y que choca en los protagonistas.
La crítica
Frederic y Mary Ann Brussat hicieron una revisión del film en 2001 para “Spiritually and Practice”. Allí destacan el choque entre las culturas y que el principal atractivo es la transformación ética de Nick debido a su relación con Matu. Sin embargo, le atribuyen ese cambio a los diferentes métodos que tienen el estadounidense, más individualista, y el japonés, respetuoso de la jerarquía y los grupos. Lo que no tienen en cuenta es que la transformación no se da por una absorción voluntaria, sino por una fricción. La resistencia de Matsumoto a los métodos de Nick es lo que termina corriéndolo de su lugar.
Conclusión
“Lluvia negra” es un thriller interesante pero que se diluye con el correr de la trama. Las tramas familiares y de corrupción de Nick no se resuelven nunca, mientras que su compañero Charlie parece tener su destino escrito desde un principio ya que no tiene un desarrollo propio. La trama policial de los yakuza parece ser un vehículo que funciona más para mostrar el choque entre ambos países, a veces repetitivo, en vez de enfocarse más en la transformación personal y laboral del protagonista.