Buscado muerto o… muerto

El relato fundacional y triunfalista del western tuvo sus cambios en la década del 80. El spaghetti western italiano, sumado a las consecuencias de la guerra de Vietnam y los movimientos civiles de Estados Unidos, hizo que mutara su discurso sobre la conquista del Oeste. De esta forma, el género pasó a tener un carácter más nostálgico que vigente en su narrativa. “Danza con lobos” (1990) de Kevin Costner y “Los imperdonables” (1992) de Clint Eastwood fueron los mayores éxitos de la época que le dan otro carácter a ese héroe que deja de percibir al indio como amenaza y que continúa cumpliendo su rol de justiciero.

En este contexto, aparece en 1995 “Dead Man”, escrita y dirigida por Jim Jarmusch, un director ajeno al género, de cine independiente y que no dudó en ponerle su impronta filmando en blanco y negro, con un ritmo más pausado y una banda sonora compuesta por Neil Young. No es una película sobre el lejano oeste, sino sobre el paso de la vida a la muerte, trastocando algunas de las reglas del género.

El camino del (no) héroe

“Dead Man” narra la historia de William Blake (Johnny Depp), un contador de Cleveland que viaja a un pueblo llamado Machine donde le prometieron un trabajo en una metalúrgica local. Cuando llega, su vacante ya ha sido ocupada, por lo que es echado por el dueño John Dickinson (Robert Mitchum). Blake deambula por el pueblo hasta encontrar refugio en los brazos de Thel (Mili Avital), que resulta ser la esposa de Charlie Dickinson (Gabriel Byrne), hijo del dueño de la fábrica. Blake asesina a Charlie, no sin antes recibir un disparo cerca de su corazón, lo que provoca que John Dickinson contrate a un grupo de cazarrecompensas para su búsqueda, un trío al que la unión los vuelve aún más desparejos. En lugar de unir fuerzas para ser eficaces, el grupo se autodestruye desde adentro por su propia violencia. De esta manera, comienza la huida y persecución de Blake.

La novedad en “Dead Man” no pasa por la trama, sino en cómo Jarmusch narra la historia. Desde esa escena inicial en el tren, el gran símbolo de la expansión y la conquista, en el que William Blake viaja vestido con un traje a rayas, lejos de la vestimenta habitual de los vaqueros, se advierte que no es una convención del género. Es un pasajero del tren, extraño, en silencio y sin ningún tipo de heroísmo. Blake es testigo de un recorrido en el que ya está todo conquistado: transportes destruidos, huesos y hasta búfalos masacrados por la ventana del mismo tren. El contador no llega como un héroe, sino como un anónimo. La dicotomía entre naturaleza y civilización no está tan marcada como el western clásico.

Hay otro desplazamiento del género: la relación con los pueblos originarios. En el western clásico («Sangre de héroes”, “Más corazón que odio”) se los representaba como una amenaza o como necesitados de un salvador blanco («La flecha rota»). Aquí está Nobody (Gary Farmer), un indio que intenta curar a Blake del disparo que recibió y ayuda a escapar a Blake. Nobody fue desplazado de su pueblo y llevado a Gran Bretaña, donde fue educado. Él cree que Blake es el mismo del que estudió su poesía cuando era chico. Nobody desprecia al hombre blanco y tiene sus razones: en el viaje con Blake pasan por aldeas arrasadas y hasta menciona cómo les repartían mantas infectadas con viruela. Nobody sabe que no puede salvarle la vida a Blake, por lo que lo guía en un paso hacia la muerte. Blake no es el poeta que Nobody cree que es. “Esta arma reemplazará tu lengua, aprenderás a hablar a través de ella y tu poesía quedará escrita con sangre”, le dice como forma de enseñanza a un fugitivo que llegó por trabajo y huye como un hombre nuevo hacia el Océano Pacífico, donde ingresará a «un paso a través del espejo”.

Sigue siendo un western

Entonces, ¿qué mantiene “Dead Man” de los westerns clásicos? Hay varios elementos estructurales: el viaje hacia el oeste, la persecución por parte de cazarrecompensas, la figura de Blake como un extraño que debe convivir en un territorio desconocido y hostil.

La transformación tiene que ver con lo que sostiene esa estructura. La frontera entre la naturaleza salvaje y la civilización ya no es nítida y Blake no es un héroe que actúa con una convicción moral clara, sino que es arrastrado por los hechos. A esto hay que sumar la dimensión histórica del genocidio sobre los pueblos originarios, puestos en perspectiva por Nobody. No hay una narración de una construcción nacional de la identidad ni tampoco un héroe que llega como salvador, sino que funciona más como una documentación de lo que ocurrió en voces que antes no habían sido retratadas. La violencia y la barbarie no provienen de los pueblos originarios, sino del hombre blanco. Incluso, hay diálogos en lenguas originarias sin subtítulos, respetando la cultura local.

Otro elemento que se modifica es cómo se retrata la violencia. Jarmusch se ríe de esos tiroteos llevados a cargo por vaqueros con experiencia. Blake es buscado como un asesino, pero él también morirá en el corto plazo. Los tres mercenarios contratados para su búsqueda no se soportan entre sí y hasta terminan cometiendo actos de canibalismo. Nunca hay un duelo entre Blake y ellos. Por otro lado, hay una escena donde tres hombres Salvatore “Sally” Jenko (Iggy Pop), Benmont Tench (Jared Harris) y Big George Drakoulious (Billy Bob Thornton) funcionan como una especie de familia, con Sally disfrazado de mujer y cocinando para los otros dos hombres. Los tres comienzan a pelearse por quién se queda con las pertenencias y el cuerpo de Blake, que los termina asesinando a todos, más arrastrado por los hechos que por una moral. No es una violencia civilizada, sino torpe, hacia un grupo de hombres más cercanos a la neurosis que al heroísmo. Así como en westerns clásicos como “Los siete magníficos”, la unión representa una fuerza imponente, aquí el egoísmo anula la eficacia.

No es solo la historia, sino también cómo se cuenta

Las adaptaciones del género a “Dead Man” por parte de Jarmusch no ocurrieron únicamente desde lo narrativo, sino también desde lo técnico. La fotografía estuvo a cargo de Robby Müller y se filmó directamente en blanco y negro. Lejos del sol y los colores del western clásico, hay una gama de grises y oscuridad que trasponen el ambiente pesado del lejano oeste y el pase hacia la muerte de Blake. Son constantes los fundidos a negro para terminar una escena, como si ese hombre moribundo perdiera el conocimiento.

Por el lado de la música, no fue compuesta, sino improvisada por Neil Young. No hubo partituras ni orquestas, Young se encerró en un estudio y grabó la música mientras veía la película. La distorsión de su guitarra eléctrica no acompaña las escenas, sino que funcionan más como reacción. Lejos de las orquestaciones y los silbidos de otros grandes compositores como Ennio Morricone, Young aporta desde la música su cuota de minimalismo para ese hombre muerto.

Conclusión

A tres décadas de su estreno, Dead Man puede leerse como un espacio de experimentación por parte de un director como Jim Jarmusch trastocando las reglas del género, pero sin que llegue a desmantelarlo.

El western no desapareció, pero sí adquirió otras características como la mezcla con otros géneros como en “Secreto en la montaña” y “Frontera caníbal” y el revisionismo racial como “Django sin cadenas” y “Los asesinos de la luna”, funcionando como vehículos para pensar la violencia como en “Butcher’s Crossing” con el asesinato de búfalos y que está retratada en “Dead Man”. Jarmusch no realizó un western de forma aislada, sino que fue el comienzo para que el género no muriera y que sea visto de otra manera.

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