La selección argentina de básquet cayó derrotada en su primer partido en los Juegos Olímpicos ante Eslovenia por 118 a 100 y encendió las alarmas de cara a los próximos cotejos de la primera ronda.

La derrota no sorprende, incluso tampoco la diferencia. Lo que más llama la atención es la forma en la que se consolidó. La primera explicación que salta a la vista es la más obvia (y la más determinante) y tiene dos palabras: Luka Doncic. El juego del base de Dallas Mavericks fue descomunal y sus números son totalmente irrisorios incluso para él, uno de los mejores jugadores del mundo.

¿Qué intentó Argentina para tratar de detener esos 48 puntos, 11 rebotes y 5 asistencias?

La primera propuesta de ser defendido por Facundo Campazzo (siguiéndolo por detrás en los picks) terminó siendo un detonante para que un Luka descansado convierta como quisiera ante la clara ventaja física. El cambio a Patricio Garino y Gabriel Deck ajustó un poco, pero el 77 ya estaba totalmente encendido y, cuando es así, mejor rezar.

Con el correr de los minutos pasaron otros defensores, a veces se intentó el cambio de marca en el pick, pero todo pareció más un cambio de figuritas que medidas drásticas para evitar el aluvión. No hubo intentos de doblar a la figura, no dejarlo recibir, incomodarlo más (salvo algunos ratos de Garino) o, incluso, ejercer una defensa combinada (cuadrado y uno), algo que no se ve tan seguido últimamente y que Argentina nunca utiliza, pero cuando te ves en aprietos es una herramienta que podés utilizar.

Más allá de la extrema actuación de Doncic, el resto del equipo lo acompañó en un alto nivel. Kleman Prepelic fue una pesadilla desde el perímetro con cuatro triples y 22 puntos, mientras que Vlatko Cancar y Mike Tobey dominaron la lucha debajo del tablero. Esa fue la otra clave deficitaria en la defensa argentina: demasiadas segundas oportunidades brindadas en los rebotes para que un equipo que de por sí ya estaba encendido, encima encontraba otra chance cuando erraba. Los rebotes totales fueron otra paliza: 59 a 32. Pese a que es un rubro en el que el equipo nacional suele quedar en desventaja, incluso en sus triunfos más resonantes, la diferencia fue muy amplia.

Lo de Doncic fue descomunal y lo de Eslovenia en general también, pero sus 48 puntos y los 118 del equipo fueron demasiado. La mala ejecución del conjunto nacional ayudó a que las actuaciones del rival superen incluso lo sobresaliente.

¿Y qué sucedió en el ataque?

Simplemente, se vio un equipo desordenado y sin control, algo impensado para lo que nos fue acostumbrando especialmente en su magnífica actuación en el Mundial de China 2019. No se vio en ningún momento del partido el clásico juego en conjunto ni la sensación de control de juego a la que Campazzo nos acostumbró desde la base. Los embates individuales de Nicolás Laprovittola, Deck y Luca Vildoza chocaron contra el rival constantemente y Luis Scola fue quien más claridad aportó por momentos desde abajo del aro.

Es cierto que el ritmo clásico de Argentina es de juego rápido, pero pareció también necesario tal vez bajarle un poco el ida y vuelta feroz del golpe por golpe en el que los eslovenos se sintieron en su salsa.

Por supuesto son todas conjeturas desde un análisis en una silla con el resultado puesto. Lo más duro del partido fue no ver al equipo que sabemos que podemos ver. Esas características excelentes que lo hacen estar entre los mejores del ranking FIBA y lo llevaron a ser subcampeón mundial: fortaleza y agresividad defensiva; orden, claridad y juego en conjunto en ataque; disciplina técnica y táctica en ambos puntos de la cancha. La necesitaremos para los próximos dos juegos y estamos seguros de que la veremos, porque tenemos un cuerpo técnico exquisito y grandes jugadores que demostraron con creces todo lo que pueden dar para seguir ilusionándonos.

El camino es difícil, es el deporte más parejo de los Juegos Olímpicos y, tal vez, el torneo más parejo de la historia del básquet. Todo puede pasar. Ojalá sea lo bueno. Tenemos los protagonistas para lograrlo.