El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni presumido ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. 1 Corintios 13, 4-5
Las comedias románticas, al igual que los cuentos de hadas (especialmente en las versiones de autores como Charles Perrault, Giambattista Basile o Andrew Lang), suelen terminar con sus protagonistas viviendo juntos y “felices para siempre”. Las imágenes que lo representan cambian, en definitiva, la idea es la misma: tras superar las adversidades, la pareja se amará, no importa lo que ocurra a partir de ese final. Después de todo, para Rob Reiner, tener a Harry y Sally contando una versión abreviada de cómo se conocieron frente a la cámara vale lo mismo que Cenicienta y el príncipe sobre un caballo blanco cabalgando hacia el horizonte.
Lo que viene después es un misterio. A menos que una secuela muestre el siguiente capítulo en la vida de los protagonistas, esa escena final es lo último que se sabrá de ellos. Tal vez uno de los aspectos más interesantes de «Adictos al amor» («Addicted to Love», 1997) es que inicia con la normalidad de una pareja idílica en un pueblo rural, solo para romperse en los primeros seis minutos de película.
Dirigida por Griffin Dunne y protagonizada por Meg Ryan, Matthew Broderick, Kelly Preston y Tchéky Karyo, este film se presenta como una comedia romántica, pero su trama y sus personajes no son los arquetipos habituales del género.
Las peores personas del mundo
Sam (Broderick) queda devastado cuando su novia Linda lo abandona para mudarse a Nueva York. Decidido a recuperarla, la sigue hasta allí, solo para descubrir que ahora está en pareja con un chef llamado Anton (Karyo). Sam está convencido de que esto es temporal y se instala en un edificio abandonado frente al apartamento de la pareja para espiarlos obsesivamente a través de una cámara oscura; sin embargo, su plan da un giro inesperado cuando entra en escena Maggie (Ryan), la exnovia despechada de Anton. A partir de ahí, ambos unirán fuerzas para separar a sus respectivas exparejas.
Al basar su premisa en el despecho, lo que busca «Adictos al amor» es retorcer las convenciones del género. No lo hace por completo, ya que mantiene la dinámica de “enemigos a amantes” y un final feliz convencional. Sin embargo, que el foco esté puesto en los despechados y el deseo por separar a la nueva pareja es precisamente lo que convierte a esta película en una anomalía dentro de la romcom tradicional.
El cine de los noventa no era ajeno al uso del humor negro ni a los personajes tóxicos. «La muerte le sienta bien» («Death Becomes Her», 1992), «Todo por un sueño» («To Die For», 1995), «Felicidad» («Happiness», 1998) o «Malos pensamientos» («Very Bad Things», 1998) son apenas un puñado de ejemplos previos o posteriores que pueden citarse. Lo novedoso es que esto se aplique (aunque en menor medida, comparado con los ejemplos mencionados) a una comedia romántica.
Mientras que en otras películas el conflicto suele resolverse mediante grandes gestos románticos o malentendidos accidentales, aquí nace de un proceso metódico de sabotaje. Por un lado, Sam espía y acecha movido por una negación a soltar el statu quo, convencido de que solo necesita interponerse para recuperar a Linda y restaurar su idilio; por el otro, Maggie actúa impulsada por un despecho visceral, sin ningún interés en volver con Anton, sino con el único objetivo de cobrarse venganza por el abandono.
Esta alianza entre la fe ciega de él y el afán revanchista de ella transforma las dinámicas habituales de la romcom y obliga al espectador a replantearse todo lo que conoce sobre este género. Después de todo, la idealización romántica y el deseo de destrucción pueden ser dos caras de la misma obsesión.
Sam y Maggie y Anton y Linda
En la comedia romántica convencional, el espectador es testigo directo del desarrollo del romance y la intimidad de sus protagonistas. «Adictos al amor» quiebra esta regla al interponer una pantalla intermedia entre la pantalla del cine y los personajes. La cotidianidad de Anton y Linda se consume a través del filtro obsesivo de Sam y Maggie. Esta triangulación convierte al público en un voyeur de voyeurs, obligándolo a mirar la realidad distorsionada por el punto de vista de dos personas emocionalmente quebradas.
Esta distancia no es solo narrativa, sino radicalmente física y técnica. La construcción de la cámara oscura por parte del personaje interpretado por Matthew Broderick opera como la metáfora del estado en que están él y su reticente compañera. Por principios ópticos, la luz que entra por un pequeño orificio proyecta el mundo exterior de cabeza y sobre una superficie oscura. La fijación de Sam y Maggie invierte su percepción de la realidad: lo que ven no es la vida objetiva de sus ex, sino una proyección manipulada por sus propias inseguridades e idealizaciones.
Esta dinámica establece una geografía marcada mediante el contraste de los espacios. Frente al apartamento de la nueva pareja, un lugar amplio y bien iluminado, Sam y Maggie eligen habitar en la mugre y el abandono de un edificio en ruinas. Las víctimas de sus planes continúan con su vida en la luz, mientras que los despechados prefieren marginarse a la penumbra, alimentándose únicamente de los restos visuales de una felicidad ajena.
El acto de espiar deja entonces de ser un simple medio para un fin (recuperar a Linda o destruir a Anton) y se va convirtiendo en una rutina cotidiana, llena de horarios, anotaciones o búsqueda de patrones en común. El voyeurismo funciona como una trampa: mientras permanezcan ocupados descifrando la rutina de sus exparejas, no tendrán que enfrentar el vacío de su propia soledad.
Incluso es esa convivencia forzada en la penumbra donde empieza a gestarse el cambio de eje de la historia. Al compartir la misma trinchera y la misma obsesión, la cámara oscura deja de proyectar únicamente el departamento de enfrente para empezar a iluminar sus propias grietas, desplazando esos objetivos iniciales por un nuevo vínculo entre ellos.
Dos extraños amantes
La ruptura con las normas de la comedia romántica encuentra su anclaje más evidente en los dos actores protagónicos. Para 1997, Meg Ryan se había consolidado como la “novia de América” gracias a películas como «Cuando Harry conoció a Sally» («When Harry Met Sally», 1989), «Sintonía de amor» («Sleepless in Seattle», 1993) o «Quiero decirte que te amo» («French Kiss», 1995). Si bien esto no significaba que también eligiera papeles en films de otros géneros, su arquetipo estaba firmemente asociado a la dulzura, la neurosis entrañable y un romanticismo luminoso. «Adictos al amor» juega con la expectativa del espectador, quien ya la vio en el póster y leyó su nombre en los créditos iniciales, y la presenta montada en una motociclista, vestida de cuero y movida por una actitud agresiva.
Lo mismo se puede decir de Matthew Broderick. Tras encarnar a personajes definidos por su encanto, ingenuidad o nobleza moral —el carismático Ferris Bueller en «Un experto en diversiones» («Ferris Bueller’s Day Off», 1986), el joven e inexperto hacker de «Juegos de guerra» («WarGames», 1983) o el accidental aprendiz de don en «Un novato en la mafia» («The Freshman», 1990). Aquí, detrás de la máscara de un astrónomo que quiere recuperar el amor de su vida, se ve a un hombre perturvado con una obsesión poco sana. En otra película, Sam (y para el caso también Maggie) sería el villano que se quiere interponer en la felicidad de la pareja protagónica. Acá, en cambio, es simplemente una persona que no puede procesar la pérdida.
Colocar a dos actores de esa talla y con ese bagaje de años atrás para hacerlos actuar de manera poco honorable es el principal acierto de esta película. El espionaje, la manipulación y el engaño que se muestran en pantalla solo pueden parecer simpáticos cuando los personajes tienen la cara de Ryan y Broderick.
Preludio a un beso
A pesar de la subversión de las normas establecidas, el tercer acto de la película demuestra que es imposible escapar por completo de las convenciones del género al que pertenece. Cuando la venganza llega a su punto de ebullición y los planes finalmente colapsan, la película regresa a la seguridad de la estructura clásica. Sam y Maggie descubren que la verdadera conexión existía en la trinchera compartida. Se abandona la toxicidad para abrazar el tropo del reconocimiento amoroso, el reencuentro y la promesa de un futuro juntos.
Griffin Dunne no destruye la comedia romántica, sino que la tensiona hasta el límite para luego devolverla a su molde. La redención de los personajes no se produce a través de un arrepentimiento penal o moral por sus acciones casi sociópatas, sino a través del poder del amor mutuo; un mensaje que, de forma paradójica, es el más conservador y fundacional de la romcom tradicional. Los delitos de invasión a la privacidad quedan de lado y lo único que queda son dos antihéroes que han encontrado consuelo el uno en el otro.
Es esta dualidad la que convierte a «Adictos al amor» en una cápsula del tiempo al pensar en la actualidad del género. Vistas bajo la lupa contemporánea, las sensibilidades del público y los paradigmas culturales han cambiado de forma drástica. Hoy en día, la comedia romántica mainstream tiende a ser mucho más sana, buscando representar modelos de responsabilidad afectiva o enfocándose en el crecimiento personal. Las acciones de Sam y Maggie —espiar con cámaras, intervenir correos, acechar— ya no se leerían bajo el tamiz de la comedia, sino que encajarían de manera natural en un thriller psicológico. Es difícil que, en tiempos donde la comedia romántica está más lejos de las pantallas de cine y más cerca del streaming, alguien se arriesgue a que sus protagonistas coqueteen con la psicopatía para arrancar suspiros.
Si los cuentos de Perrault o Basile prometían que tras las adversidades aguardaba el idilio eterno, esta película subvierte el trayecto, pero abraza exactamente el mismo destino. Sam y Maggie están muy lejos de ser los príncipes de un cuento de hadas. Y aun así, al otorgarles un beso final, revela que, no importa qué tan oscura o tóxica sea la travesía, la comedia romántica siempre encontrará la forma de arrastrar a sus personajes hacia el “felices para siempre” que no esperaban.