«Cuento de verano»: un poco de amor francés

Cuando se habla de comedias románticas de los 90, posiblemente los títulos que a uno se le vengan a la mente sean “Un lugar llamado Notting Hill”, “Sintonía de amor”, “La boda de mi mejor amigo” o, incluso, “Mujer bonita”, títulos totalmente justificados ya que marcaron una época, y son parte de la cultura popular que excede hasta a los más cinéfilos.

Sin embargo, en el viejo continente, más precisamente en Francia, Eric Rohmer se encontraba trabajando sobre su tetralogía “Cuentos de las cuatro estaciones”, comenzando con “Cuento de primavera” en 1990 y finalizando con “Cuento de otoño” en 1998. El director francés realizó una saga de películas que no tienen conexión aparente más que un hilo fantasma, para hablar de vínculos, relaciones humanas y románticas utilizando las estaciones del año como mera excusa.

“Cuento de verano” resulta una elección interesante a analizar, ya que se trata del único trabajo de Rohmer donde destapa sus experiencias personales: está basada en gran medida en sus propias vivencias. No es el único trabajo autobiográfico -ya había explorado con Marie Rivière en “El rayo verde” y con Charlotte Véry en “Cuento de invierno”- pero sí es el primero en el que revuelve su propio pasado y no el ajeno, y lo es ya desde una óptica madura a sus 76 años y muy lejos de su juventud.

La règle du jeu

La película comienza con Gaspard (Melvil Poupaud), personaje principal y eje central, arribando a Bretaña (Bretagne), en la costa noroeste de Francia. Allí se dirige, acompañado solamente de su guitarra y casetes, a una casa que le presta un primo para pasar sus vacaciones, y de a poco vemos como se instala en la ciudad; a la noche ya sale a dar una vuelta por el pueblo. Sin embargo, en su primer día no conoce a nadie, y no es hasta el día siguiente que entra en una crepería donde conoce a Margot (Amanda Langlet), aunque sólo servicialmente ya que ella es camarera en el local. Otro día más pasa y se reencuentra con Margot, que lo reconoce rápidamente en la playa, y comienzan a entablar diálogos que construyen una relación aparentemente amistosa. Dentro de esas charlas entre ambos, nos enteramos que Gaspard se dirigió a Bretaña para esperar a su novia, Léna, que estaba de viaje en España y llegaría a la costa francesa en pocos días. En ese momento, y a medida que las habladurías entre ambos se desarrollan, se empieza a formar una relación cada vez más cercana. Una noche, Gaspard y Margot salen a la noche a bailar junto a unos amigos, y allí en una discoteca conoce a Solène, con la cual también empieza Gaspard a salir, impulsado de cierta manera por Margot.

Es importante destacar la construcción del personaje de Margot. Empezando por su condición de estudiante de etnología que, por definición, es la ciencia social que estudia, compara y analiza las diferentes culturas y pueblos del mundo. Esto guarda relación con la conexión que establece con Gaspard: ambos son estudiantes universitarios -él de matemáticas-, con un conocimiento cultural amplio y con una fluidez destacable en su relación sumamente orgánica. La curiosidad como fuerza motriz la lleva a relacionarse lo más posible con Gaspard, casi como comprender una cultura que hasta entonces desconocía e incluso, entenderlo más que el propio Gaspard a sí mismo. Por otro lado, no es el arquetipo de la chica en apuros o intelectual, pero con desconocimiento social y físico; tiene la experiencia necesaria para saber qué le conviene y qué no. De hecho, es la única que sabe de las relaciones paralelas que está teniendo Gaspard, sin intentar cambiar su forma de ser y jugando con una fina línea entre la amistad y el romance con una conciencia particular.

Ménage à ¿trois?

Rohmer, no contento con establecer un triángulo amoroso, termina esbozando una especie de cuadrado romántico. Cada vértice tiene sus características: Léna, indecisa, toma decisiones basadas en el pensamiento ajeno; Solène, fuerte, decidida, y la única que lo confronta, llegando a descubrir que lejos de ser cínico es retorcido; y Margot, la conexión más intelectual y sentimental, atrapados en un espiral de conversaciones filosóficas.

En “La campana de cristal” de Sylvia Plath, novela de 1963, hay un pasaje en donde la escritora estadounidense plantea una analogía conocida como la metáfora de la higuera. En dicha metáfora, el personaje ficcional de Esther se imagina a sí misma sentada en la rama de una gran higuera. Cada higo maduro del árbol representa un futuro distinto, y elegir uno irremediablemente significa perder al resto. Hay un paralelismo que podemos acercar hacia la personalidad de Gaspard: la ansiedad de un futuro distante y la parálisis del sobre análisis lo lleva a no poder tomar ninguna decisión. Su quietud ante la elección de una potencial pareja lo termina dejando con las manos vacías, con nada más que su narcisismo y su música, cerrando aquel rectángulo que se abrió en el segundo acto del film, en el último vértice imaginario.

Mise en scène

Rohmer fue parte de la camada de Cahiers du cinéma que provenía de la literatura antes que el cine, y no resulta llamativo que priorice el diálogo intelectual y la filosofía por sobre la acción física. Con el espíritu de la nouvelle vague y con Jean Renoir -más específicamente “Partie de campagne”- como estandarte, Rohmer, con su característica destreza, utiliza la cámara como un acompañante de los personajes mientras deambulan en sus largas caminatas, símbolo de la indecisión constante: rara vez están quietos. El director francés afirmó en entrevistas que prefiere el paneo al plano general porque los personajes están atados a su entorno y este tiene un efecto sobre ellos. Además, los lugares que elige no son azarosos, el diálogo cambia su tonalidad y profundidad si están en público o en privado. Es característico del cine de Rohmer que los personajes sean retratados como espíritus libres y despojados de cualquier responsabilidad, con el hedonismo como mantra y las vacaciones como un descanso temporal que permite la experimentación juvenil. Siempre transitan una búsqueda de perfección y de un idealismo inalcanzable, del que no son conscientes hasta que ya es tarde, y “Cuento de verano” no es la excepción.

Al azar, Gaspard

En “Cuento de verano” es posible destacar principalmente su cadencia, dejando en evidencia ciertos micromachismos (celos injustificados) a pesar de su libertinaje, y la falta de responsabilidad afectiva en compromisos muy laxos. Por otro lado, Rohmer siempre destacó por no elegir actores muy conocidos: el caso de Melvil Poupaud es tal vez el más anecdótico -como dato de color, es parte de “Petite fleur” de Santiago Mitre- y adquirió mayor fama luego de “Cuento de verano”. En comparación con los productos de la maquinaria hollywoodense, en la película francesa no hay un galán clásico sino un joven con una actitud claramente pasiva, que utiliza las excusas del azar para no hacerse cargo de sus propias indecisiones, y, paralelamente, los personajes femeninos son quiénes toman las decisiones, y no son un objeto de deseo per se. Incluso los finales felices de Hollywood aquí no aplican, Gaspard regresa a su ciudad tal como llegó: solo con su música. Sin embargo, el atractivo de las comedias románticas se termina trastocando con su competencia al otro lado del charco, donde la importancia de la química entre los personajes, los reencuentros, la intensidad de los vínculos y los enredos son esenciales en el género.

Por último, en la actualidad las comedias románticas, junto con su público, fueron mutando hacia otros sectores como las series de televisión, bajando así el nivel de creación que hubo en los 90 para cines. Sin embargo, es necesario también destacar el cambio que hubo a nivel sociedad en el análisis de las relaciones románticas, y hoy en día es ineludible abordar la complejidad al crear una historia romántica, posicionando la lupa en lugares donde antes no estaba.

Deja una respuesta