«El espacio parece estar más domesticado o ser más inofensivo que el tiempo: en todos los sitios encontramos gente que lleva reloj, pero es muy raro encontrar gente que lleve brújula.» Georges Perec.
De todos los aspectos de la vida cotidiana en los que no reparamos conscientemente, el entorno construido probablemente se encuentre entre los que menos reflexión nos provocan. Diariamente habitamos y nos movemos por los espacios de forma automática, sin detenernos demasiado a pensar el próximo paso. Lo cual es lógico, dado su alto grado de previsibilidad: esperamos que una puerta nos lleve a otra habitación, una escalera nos conecte con otro nivel y una ventana nos muestre el exterior. El improbable supuesto de que estas expectativas no se cumpliesen seguramente nos descolocaría; incluso nos aterraría. Un temor que el cine ha explorado –y explotado– muchas veces; los ejemplos no son pocos y se remontan hasta el expresionismo alemán. Con el tiempo, sin embargo, el concepto parece haber pasado definitivamente del plano subtextual al textual: las incongruencias espaciales de “El resplandor” (1980), sólo evidentes para el espectador atento, contrastan con las de –otra transposición de Stephen King– “1408” (2007), donde integran el eje del conflicto. “Backrooms” (2026) se presenta así como flamante ejemplo de una tendencia en alza dentro del terror, los espacios perturbadores por lo impredecibles, en una década donde películas como “Vivarium” (2020), “You Should Have Left” (2020), “Skinamarink” (2022) o “Exit 8” (2025) resultan cada vez más frecuentes.
En paralelo, crece también el fenómeno de youtubers dando el salto al cine; lo cual, sin representar tampoco una novedad –hace exactamente 10 años David F. Sandberg estrenaba “Cuando las luces se apagan” (2016)–, se expandió exponencialmente este último tiempo. Después del suceso que significaron ”Talk to Me” (2022) de los hermanos Philippou y “Skinamarink” de Kyle Edward Ball, entre la mitad del 2025 y lo que va de este año ya son cinco los estrenos exitosos de directores que iniciaron sus carreras en la plataforma de videos online: “Together” (2025) de Michael Shanks, “Shelby Oaks” (2025) de Chris Stuckmann, “Iron Lung” (2026) de Mark Fischbach, “Obsession” (2026) de Curry Barker y “Backrooms” de Kane Parsons, superando esta última –al momento de escribir esto– los 200 millones de dólares, lo que ya convirtió al director en el más jóven de la historia en conseguir un N°1 de taquilla. El hecho de ser también el único entre los mencionados nacido –técnicamente– después de la creación de YouTube, tal vez pueda explicar en parte dos cuestiones: que su película, a diferencia de las otras, retome directamente y expanda lo producido en su canal y que haya podido trasponer tan efectivamente la esencia del creepypasta, ese equivalente del ciberespacio a las leyendas urbanas.
Un concepto surgido de 4chan que podría resumirse en dos líneas, sin embargo, no alcanza para llenar 110 minutos. Para eso Parsons y el guionista Will Soodik necesitan construir alrededor una trama y habitarla con personajes. Clark (Chiwelte Ejiofor), por un lado, es un arquitecto alcohólico, frustrado y dueño de una mueblería, donde vive desde que su matrimonio colapsó. Una noche descubre que el subsuelo, a semejanza del piso 7 ½ en “¿Quieres ser John Malkovich?” (1999), conecta con un espacio extradimensional. Carente de toda lógica espacial, constructiva o distributiva, este lugar —que podría (o no) representar el inconsciente– despierta en Clark el entusiasmo disciplinar que no encuentra vendiendo muebles. Inmediatamente quiere recorrerlo, entenderlo y hacer lo que cualquier arquitecto haría en su lugar: dibujar una planta. Mary (Renate Reinsve), su terapeuta, carga por su parte con el trauma de haber tenido que ver demolida su casa de la infancia –para ser reemplazada por una torre de departamentos– y a su madre agorafóbica institucionalizada. Pero estas motivaciones terminan siendo poco más que excusas, porque la película prescinde del criterio tradicional de la trama impulsada por los conflictos, en favor de construir una atmósfera y un estado de ánimo; una sensación constante de que algo está profundamente mal en ese lugar.
Una frase pronunciada dos veces, una por cada protagonista, intenta explicar ese sentimiento: “Es como describirle un perro a alguien que nunca lo ha visto y después pedirle que lo dibuje”. Quien haya estado alguna vez frente a una imagen, canción o video generado por inteligencia artificial, seguramente pueda empatizar inmediatamente. Más allá de los temas –quizás más evidentes– del trauma y el subconsciente, la película comenta además sobre la propia cultura online que la genera. En una actualidad donde cada vez más gente parece encontrar en la virtualidad un espacio para habitar –y al cual escapar– y en la IA un sustituto para un artista, un terapeuta, un arquitecto o hasta una pareja, el concepto de “valle inquietante”, creado originalmente para las réplicas antropomórficas, se extiende a absolutamente todo. La llamada “IA generativa” –de cuyo uso Parsons se pronunció expresamente en contra– hace metástasis y fagocita la realidad, construyendo un mundo paralelo que pretende sustituirla. Pero “Backrooms” y otros ejemplos recientes como “I Saw the TV Glow” (2024) o “Buffet Infinity” (2025), más interesados en conectar con –y exponer– esos sentimientos de extrañeza que, en desarrollar una narrativa tradicional, demuestran que la creatividad humana es demasiado compleja para ser reemplazada. Como dice Clark, “el diablo está en los detalles”.