La ilusión de verdad ha estado detrás del cine desde sus comienzos. Y, si el cine es fotografía en movimiento, no es ninguna novedad pensar que cada fotograma contiene una réplica de algo real. Pretende ser otra cosa, algo que existe y está en algún lugar.
Esto que persigue el séptimo arte implica una parte fundamental, muchas veces olvidada: el espectador. Quien mira es quien, finalmente, debe estar interesado en indagar: qué encuentra allí, qué verdad se le presenta, o incluso cuál no.
Esta búsqueda de sentido aparece plasmada en «Blow-Up» a modo de puesta en abismo. En su primer largometraje en inglés, Michelangelo Antonioni parece también preguntarse (y preguntarnos), a la vez que lo hacen sus personajes: ¿es posible «saber» a partir de la imagen?
Quiero el fin del secreto
¿Qué verdad incómoda puede contener una simple fotografía? Esto es lo que lleva a Thomas (David Hemmings) a pesquisar obsesivamente una serie de retratos tomados en un parque.
No es casual que «revelar» sea su punto de partida. Al revelar el rollo, descubre imágenes, cree encontrar un crimen, y también se le presenta una nueva perspectiva vital.
Cada ampliación de las fotografías funciona «como una pista en una novela policial»: un fragmento que parece acercarlo a la verdad, aunque en realidad la vuelve más esquiva. De hecho, aquello que promete clarificar, brinda todo lo contrario: degradación, granos y sombras. Si hasta ese momento era un fotógrafo que se balanceaba entre el frívolo mundo de la moda y un proyecto personal con aspiraciones realistas como vía de escape, creerse el único dueño de una verdad cambiará su percepción del mundo.
Porque no solo hace «blow-up» (es decir, amplía) en los negativos, lo hace con su vida. El hedonismo en el que vivía, donde era amo y dueño de sus deseos, donde nadie lo contradecía, es atacado: es testigo de un crimen que no ha podido evitar. Pero ¿qué hace con eso?
Cuando el cuerpo desaparece, su posición se vuelve más ambigua: no puede comprobar empíricamente lo que sabe. Así el final hace estallar su misma vida, y él también se desvanece. Roland Barthes propone que «lo que está oculto es para nosotros los occidentales más “verdadero” que lo que es visible». Y es esa certeza la que no puede soportar su cuerpo material.
Un zoom anatómico
Por su profesión, Thomas se rodea de mujeres hermosas, a quienes no trata del todo bien. Es agresivo porque se considera superior: él es un artista y ellas son el objeto con el que crea.
Sus cuerpos no solo son para ser contemplados, son para ser usados. La libertad sexual que fue característica de la época aquí parece ser confundida con un cierto abuso de poder y una falta de consentimiento total.
Esto que es muy difícil dejar de lado desde la mirada de nuestra actualidad sirve también para pensar en cómo Antonioni vincula el acto de mirar con una forma de dominación. Thomas cree que puede apropiarse de aquello que observa. Lo hace con sus modelos, pero también con el mundo que lo rodea.
Entonces, la cámara se convierte en una extensión de su deseo: es una herramienta para acercarse, invadir y, en última instancia, controlar. Será justamente esa confianza en el poder de su mirada la que hace que entre en crisis apenas algo resiste a la pretensión de control.
Lo que seduce nunca suele estar donde se piensa
Las imágenes no dicen nada por sí mismas. Es el director que las organiza, el fotógrafo que dispara, el espectador que analiza. Pero aquí es donde las posibilidades son múltiples: los sentidos estallan porque no todos enfocamos en lo mismo. Así es que Thomas no descubre el crimen hasta que él mismo lo construye al ordenar fragmentos.
Así en «Blow-Up», Antonioni ahonda en algunas de las que son marcas de su cine: la fragmentación y la alienación. Un largometraje que inspiró subgéneros como el giallo, y que produjo gran cantidad de imitadores.
Sin embargo, quizás uno de sus grandes legados sea la indeterminación, un rasgo no tan apreciado en nuestras épocas. Esa ambigüedad que nos obliga a convertirnos en Thomas: a indagar obsesivamente y a reconstruir lo que nosotros consideremos verdad.
Porque «Blow-Up» es, a fin de cuentas, una película de goce, en términos de Barthes. Mientras el placer es decible y legible, el goce nos obliga a detenernos en lo no dicho. Eso que le ocurre al fotógrafo en pantalla se replica en nuestra experiencia como espectadores: quedamos atrapados en ese mismo lenguaje, en esa manera que nos impone, intentando develar un misterio oculto.
No son textualidades que busquen ser explicadas, sino, por el contrario, buscan ser experimentadas. Y dicha experiencia se renueva cada vez que volvemos a ellas. Porque estamos cautivados, tal como lo está el fotógrafo: con los cuerpos, con el arte, con la verdad.
Y así como Thomas descompone las imágenes hasta su mínima expresión, nosotros pretendemos encontrar un sentido definitivo allí donde Antonioni solo deja preguntas. Esa es, probablemente, la explosión del título: la de una verdad definitiva que seguimos buscando incluso cuando el mundo ya no parece ofrecerla.
Lista para mi primer plano.