La piratería lo salvó de la destrucción, Herzog le dio melancolía y Eggers lo llenó de pulsión sexual. Un análisis de la evolución del vampiro más famoso del cine y de cómo la mujer dejó de ser víctima para tomar las riendas de su propia fatalidad.
Sabida es la historia de que «Nosferatu» nace a partir de la imposibilidad de adaptar oficialmente Drácula, novela de Bram Stoker. Debido a ello, Friedrich Wilhelm Murnau y su guionista, Henrik Galeen, introducen cambios estructurales muy marcados sobre el material original. Sin embargo, aquellas modificaciones no impidieron la inevitable comparación con la novela, ya que las similitudes estaban a la vista. Esto provocó que, tras perder la productora un juicio por plagio, la película fuera condenada a su destrucción física. Pero, tal vez por primera vez en la historia, la piratería salvó a la obra de Murnau y posiblemente a la historia del cine: la película ya se había copiado y trasladado a diferentes lugares del mundo, haciendo imposible su desaparición total. Casi como hoy subir un video a internet.
De más está decir que el trabajo de Murnau y esa obligación imperiosa de modificar elementos clave de la novela original de Drácula, terminó por instaurar elementos cruciales para la historia del cine y del género de terror: tales como la fatalidad de la luz solar para el vampiro, elemento instalado en la sociedad prácticamente como un canon en el ámbito vampírico, comparable a la regla de destruir el cerebro de los zombies, establecida firmemente en la obra del director George A. Romero.
Obra simbólica del expresionismo alemán, y prácticamente hermana de «El gabinete del doctor Caligari», Murnau realiza una obra sin precedentes, instalando una forma de contar terror visual y narrativamente espeluznante, a pesar de las limitaciones técnicas de la época. Lo logró valiéndose únicamente de su ingenio, del manejo de las luces y sombras, y de la decisión de sacar la cámara a la calle; algo que Robert Wiene (compatriota de Murnau) no hizo con «El gabinete del doctor Caligari», la cual se filmó enteramente en decorados de estudio.
Tal vez las formas y registros propios de la época a la hora de filmar ayuden a generar la atmósfera sórdida que se puede ver en la pantalla, utilizando fotografía de virados de color y sombras muy marcadas, y prescindiendo completamente del diálogo sonoro, apoyándose en la orquesta compuesta para la película como único soporte de sonido. Sin embargo, al entrar más en la historia de la película y no tanto en su producción o formas, el momento culminante es el sacrificio del personaje femenino de «Nosferatu», en este caso, Ellen. Murnau, diferenciándose de la novela original por los motivos antes descritos, idea la solución para acabar con el monstruo que acecha al pueblo: el sacrificio de una mujer libre de pecado.
Es en este punto donde converge uno de los elementos fundamentales de la obra: la leyenda de la mujer noble que debe hacer olvidar al vampiro, y dar su amor para acabar con él y la maldición. Este cambio es fundamental, ya que marca una ruptura total con la novela de Stoker, donde no existe tal inmolación y son los hombres quienes resuelven el conflicto a través de la lucha.
Subjetividad: 3 crónicas de una muerte anunciada
A partir de este concepto, en las tres versiones de Nosferatu se exploran distintas construcciones de los personajes, tanto del vampiro (Orlok/Drácula) como de la heroína (Ellen/Lucy). En la obra de Murnau, Nosferatu es tratado simplemente como un monstruo que acecha como una plaga, una enfermedad que requiere un sacrificio para su curación y liberación. Por el lado de la protagonista femenina, surge una clara evolución: Ellen comienza como una clásica y sumisa ama de casa que aguarda el regreso de su esposo, para finalizar tomando la decisión categórica del sacrificio. Esta inmolación resalta ante la inoperancia de los hombres, quienes son incapaces de comprender o detener la amenaza que llega al pueblo por vía marítima. Si bien a Ellen, enmarcada en el contexto machista de su época, casi no se le permite decidir sobre su vida, termina siendo la única figura activa: es ella quien lee a escondidas el libro sobre vampiros que Hutter trae de su viaje (quien regresa en un estado aparentemente normal y sin secuelas), descubriendo la solución y tomando las riendas del conflicto.
En cambio, Werner Herzog (ya con recursos modernos), en su melancólica reconstrucción del mito, desarrolla al conde (interpretado por un inmenso Klaus Kinski) no solo como un depredador, sino como una criatura víctima de una maldición, hastiado de su propia inmortalidad y que carga con cierta culpa al accionar ante sus ineludibles necesidades alimentarias. Por el lado de Lucy (una excelsa Isabelle Adjani), la visión de Herzog resulta similar a la de Murnau, pero con matices determinantes. Aquí, ella recibe a su esposo en un estado deplorable y de locura absoluta. Es de casualidad, buscando entre las cosas de él, que encuentra ese mismo libro de monstruos y descubre la trágica solución para detener la peste.
Por otro lado, Robert Eggers construye a Orlok (devolviendo a sus personajes los nombres que inventó Murnau) como un ser completamente monstruoso, sediento de sangre humana y con necesidades puramente sexuales, algo no explorado por las obras anteriores del vampiro. Sin embargo, esta pulsión no es unidireccional, y es aquí donde entra en juego la pregunta por el empoderamiento femenino. A diferencia de las versiones previas, donde el sacrificio es visto como un acto puramente altruista, virginal y casi angelical, la Ellen de Eggers (con una destacable actuación de Lily-Rose Depp) posee una disposición mucho más oscura y compleja. Su conexión con el vampiro explora la represión del deseo femenino en el siglo XIX, una época donde cualquier rasgo de liberación era diagnosticado médicamente como “histeria”. Su sacrificio final deja de ser únicamente la inmolación de una víctima pura para convertirse en una entrega consciente; una consumación de su propia oscuridad y deseo reprimido. Se trata de un empoderamiento retorcido: la mujer toma las riendas de su fatalidad y se apropia de la figura del monstruo para liberarse de las cadenas de una sociedad que la asfixia, aun sabiendo que el precio a pagar es la autodestrucción.
Y, si algo nos queda de estas historias, es: no lleves ese ventilador que publicaste en Marketplace a zonas que salen en rojo en el Waze.