De sobreviviente a guerrera: la construcción de Ellen Ripley

El director de «Alien – El octavo pasajero» (1979), Ridley Scott, admitió en entrevistas con la prensa que inicialmente se había concebido al protagonista de esta película como un hombre. Fue Alan Ladd Jr., el entonces presidente de 20th Century Fox, quien le preguntó ¿y si fuese una mujer? Scott no lo había considerado previamente, pero vio potencial en aquel cuestionamiento, lo que motivó a cambiar el rumbo en el desarrollo del guión. Con esta modificación no sólo se redefinió la dinámica del relato, sino que le dio origen a Ellen Ripley, interpretada magistralmente por Sigourney Weaver, un punto de inflexión para la representación de figuras femeninas dentro del género.

En vez de presentar a Ripley como un arquetipo de héroe tradicional, en el filme de Scott se opta por una construcción más progresiva y natural del personaje. Al principio vemos a Ripley como una tripulante más de la nave Nostromo, no hay un indicio claro de liderazgo. Su tiempo en pantalla y líneas de diálogo están a la par del resto de los personajes. Algo que ayuda a reforzar esto aparece incluso antes, en la secuencia de créditos inicial, donde vemos que el nombre de Weaver aparece en segundo lugar, después del de Tom Skerritt. Este conjunto de detalles deliberados colabora para construir la sorpresa de esa protagonista imprevista, que orgánicamente cobra relevancia poco a poco en la cinta.

Los primeros minutos de «Alien – El octavo pasajero» dejan en evidencia algunos rasgos fundamentales de la personalidad de la protagonista: es observadora; tiende a pensar más y hablar menos. Tiene un sentido crítico agudo y no duda en cuestionar las decisiones que se toman dentro de la nave, señalando las inconsistencias de sus superiores, tales como confrontar al capitán por no respetar la cuarentena, o por dejar a cargo al oficial científico, de quien desconfía, del estudio de la criatura espacial en vez de eliminar la amenaza. La insistencia de Ripley por respetar los protocolos de seguridad no refleja una mentalidad rígida, sino una lógica de pensamiento orientada al bienestar colectivo, a priorizar la preservación del resto de la tripulación por sobre lo individual.

A medida que el filme avanza y la situación se descontrola, estos rasgos no hacen más que intensificarse. Frente al avance del Xenomorfo y la pérdida de la estructura jerárquica en la nave, Ripley toma el papel de líder. Su accionar, guiado por la cautela y determinación en situaciones de gran riesgo, es lo que la diferencia del resto de los personajes. Cuando finalmente queda sola frente a una amenaza que ha eliminado a toda la tripulación, el personaje se consolida, ya no como una líder, sino como una superviviente capaz de tomar las decisiones más drásticas en pos de eliminar el peligro.

El camino de Ellen Ripley en «Alien – El octavo pasajero» la define como una figura que logra imponerse ante el horror a través de la razón y la resistencia. Sin embargo, lejos de cerrar su desarrollo como personaje, en la secuela directa «Alien 2: El regreso» (1986), la ahora total y clara protagonista explora nuevas facetas de sí misma, mientras afronta las duras consecuencias de haber sobrevivido.

De la mano de su director James Cameron, «Alien 2: El regreso» retoma la historia justo en el lugar en donde acabó la primera cinta, en la cámara de criopreservación, con la salvedad de que Ripley ha pasado 57 años congelada, vagando por el espacio. El tiempo no dejó de correr y nadie llegó a rescatarla. La vida que alguna vez conoció ya ha desaparecido. La protagonista se muestra profundamente afectada por el trauma que ha vivido y le resulta difícil reinsertarse a la vida. En adición, la incredulidad de las autoridades que desestiman su testimonio sobre el Xenomorfo y la responsabilizan por la destrucción de la nave logran aislarla aún más. Sorpresivamente, es convocada cuando se pierde comunicación con una colonia ubicada en el mismo planeta donde se originó el horror. Aunque al principio se resiste, decide aceptar regresar, impulsada por querer evitar que otros pasen por la misma experiencia.

Como primera impresión, la visión de Cameron sobre el universo de Alien resulta algo bastante plana y caricaturesca, principalmente en la construcción de los personajes secundarios que acompañan a la protagonista. Los marines son figuras burdas y superficiales, excesivamente confiados por sus capacidades físicas y su poder armamentístico. A esto hay que sumarle la demolición de la atmósfera claustrofóbica y tensa de «Alien – El octavo pasajero», la cual es reemplazada en esta entrega por la espectacularidad del desastre y la amplificación del conflicto, no solo al aumentar la cantidad de Xenomorfos a los que hay que enfrentar, sino también al trasladar la acción a espacios más grandes y abiertos. No obstante, sería un desacierto reducir a esta secuela a sólo un giro torpe hacia la acción. La película logra equilibrar su lado más explosivo con una profundización del aspecto humano de su protagonista. Lejos de abandonar las virtudes de la primera entrega, las abraza y expande.

Durante la primera mitad del relato predomina un tono introspectivo y dramático centrado en el estado emocional de Ripley. A través del uso de primeros planos cerrados y una cámara que se aproxima íntimamente a su rostro, el filme expone con claridad el impacto psicológico: las pesadillas recurrentes, la tensión en sus discusiones con las autoridades resultan fácilmente palpables y el dolor que reaparece al revivir esa experiencia. La dirección de Cameron también sabe poner foco en sus silencios, en las pausas que preceden a sus decisiones y en los momentos en los que necesita recomponerse antes de poder continuar con la lucha. Incluso resulta importante notar que, en una película orientada a la acción, la aparición del primer Xenomorfo ocurre luego de una hora de metraje porque eso nos deja en claro que hay más conflicto que el de una amenaza externa.

El desarrollo de Ellen Ripley alcanza su punto más emotivo en su vínculo con Newt. La niña es la única sobreviviente de la colonia y ella, la única de la Nostromo. Siendo Newt el personaje catalizador, la protagonista configura un nuevo eje emocional que redefine sus motivaciones y, por consiguiente, todo el plan de la tropa. Es que ahora hay algo más que sólo destruir y sobrevivir: hay que luchar para proteger. Así, la protagonista canaliza su reencontrado instinto maternal y logra transformarse una vez más, asumiendo un nuevo rol que combina su racionalidad con una dimensión afectiva más profunda. Ella ya no es la última superviviente, sino una figura que ha logrado convertir el trauma en acción, consolidándose definitivamente como una guerrera.