Estados Unidos completa una semana de protestas en todo el país como consecuencia del asesinato de George Floyd el pasado lunes 25 de mayo en Minneapolis. El victimario, el oficial de policía Derek Chauvin, se encontraba en servicio y asfixió contra el piso durante 8 minutos a Floyd (un desempleado de 46 años) hasta quitarle la vida.

La autopsia dictaminó que el hombre sufrió un paro cardio respiratorio debido a la falta de aire y fue catalogado como homicidio. Haber querido pagar una compra con un billete falso de 20 dólares le costó la vida. «La causa de la muerte, en mi opinión, es por asfixia por la compresión del cuello, que puede interferir con el oxígeno que llega al cerebro, y la compresión de la espalda, que interfiere con la respiración», declaró el forense Michael Baden.

Asimismo, vale mencionar que Chauvin fue posteriormente arrestado pero ninguno de sus compañeros, presentes en el momento de la muerte, recibió sanción alguna. Para comprender y contextualizar el grado de reiteración de casos de brutalidad policíaca, recomiendo ver el tercer episodio de la serie documental «Trial by Media» de Netflix (llamado «41 Shots») en el que se recorre el caso de Amadou Diallo, un joven africano baleado por policías cuando estaba en la puerta de su casa en el Bronx en 1999.

A raíz de este suceder de acontecimientos, gran parte de la sociedad norteamericana mostró nuevamente su hastío por el grado de racismo, xenofobia y discriminación que desde hace décadas aqueja a las minorías. Por eso, las marchas y protestas no se hicieron esperar y este martes superan la semana de vigencia en más de 70 ciudades, con una campaña en redes sociales que comenzó con el tópico #BlackLivesMatter y llegó al #BlackoutTuesday («las vidas negras importan» y «martes de apagón», respectivamente).

Además, en la tierra donde en 1968 fue asesinado el líder por los derechos afroamericanos Martin Luther King, se viven tiempos de crisis económica sin precedentes en los que más de 40 millones de personas perdieron sus empleos en el contexto de pandemia por coronavirus.

Las manifestaciones, que se iniciaron en la ciudad en la que Floyd vivía, se viralizaron en varios Estados y tuvieron focos de violencia extrema en ciudades como Los Angeles y New York, con miles de arrestos (se contabilizaron 700 en la «ciudad que no duerme» en solo 24 horas) y represión, saqueos y destrucción de locales como respuesta a las provocadoras declaraciones del presidente Donald Trump, quien dispuso un toque de queda inmediato (a diferencia de la pública negativa a la cuarentena) y llamó a los gobernadores a responder y controlar a las masas.

Al respecto, el presidente movilizó a la Guardia Nacional (conformada por 16.000 efectivos disponibles solo para casos de emergencia) y denominó a quienes salieron a las calles como «terroristas domésticos», en una nación en la que abiertamente sus mandatarios afirman que «no negocian con terroristas». «Ahora estoy desplegando miles y miles de soldados fuertemente armados, personal militar y agentes de la ley para acabar con los disturbios, los saqueos, el vandalismo, los asaltos y la destrucción sin sentido de la propiedad», manifestó Trump luego de recurrir a un búnker y apagar por primera vez en su historia la iluminación exterior de la Casa Blanca. «Tenemos el mejor país del mundo. Voy a mantenerlo así, seguro y cuidado», concluyó el mandatario.