Donald Sutherland, un secundario muy importante

A los 88 años falleció el célebre intérprete Donald Sutherland, canadiense de nacimiento e inglés por adopción actoral. Si bien se formó en Toronto como ingeniero, en Londres fue donde continuó con su formación dramática en London Academy of Music and Dramatic Art (LAMDA).

Sus primeras incursiones en el cine y en la televisión fueron en territorio europeo, entre ellas, en las series “BBC Play of the Month” y “Suspense”. Participó en “Il castello dei morti vivi” (1964) de Warren Kiefer y Luciano Ricci protagonizada por Christopher Lee, allí su personaje perecía frente al Conde Drago. Su recorrido continuó en la TV con apariciones en capítulos de “El santo”, “Los vengadores” y varias más hasta la llegada de “Doce del patíbulo” («Dirty Dozen», 1967), un verdadero salto en su carrera, donde hizo de Vernon J. Pinkley. Entre otros, se codeó con Lee Marvin, Charles Bronson, George Kennedy, Jim Brown y John Cassavetes, bajo la dirección del enorme Robert Aldrich.

En el orden de los exploitations de “Doce del patíbulo”, Sutherland también fue de la partida en “El botín de los valientes” («Kelly’s Heroes», 1970) de Brian G. Hutton y con Clint Eastwood en el protagónico. Aquí la historia toma la premisa del film de Aldrich y ubica a un grupo de soldados estadounidenses tentados por un botín nazi tras las líneas enemigas. En esta ocasión, la historia es un híbrido entre lo bélico y la comedia.

1970 fue un año más que importante para el actor, porque interpretó a Hawkeye Pierce en “M*A*S*H” de Robert Altman, una película que catapultó -también- a Elliot Gould. Al año siguiente, el rol de John Klute en “El pasado me condena” («Klute», 1971) de Alan J. Pakula lo catalogaría como una fuerte presencia masculina en roles duros, aunque nunca llegó a convertirse en un leading man. En este film demostró una gran química con Jane Fonda, quien se llevó el Oscar como mejor actriz por el papel de una trabajadora sexual que ayudaba a Klute.

Para mitad de la década le llegaría un raid europeo con la magnánima “Novecento” (1976) de Bernardo Bertolucci, “Il Casanova di Federico Fellini” (1976) y, principalmente, “Venecia Rojo Shocking” («Don’t Look Now») de Nicolas Roeg, probablemente de las películas de terror más impactantes de todos los tiempos. Hasta aquí, con un puñado de películas, Sutherland ya había surcado un amplío espectro de tonalidades, géneros y capacidades interpretativas: del drama a la comedia sin escalas y, en el medio, el terror en más de una faceta.

Entre sus filmes menos conocidos se erige “La desaparición” («The Disappearence», 1977), una coproducción entre Canadá y Reino Unido sobre un asesino a sueldo contratado para un “trabajo” al mismo tiempo que su esposa desaparece. Ambos hechos podrían estar conectados. Con el espíritu del cine de los 70, en cuanto al uso de las herramientas genéricas, la historia cumple en una hora y media con suspenso y libertinaje narrativo. Un año más tarde protagonizó la reversión de “La invasión de los usurpadores de cuerpo” («Invasion of the Body Snatchers», 1978) dirigida por Philip Kaufman, una lectura más cercana a las intenciones de Don Siegel, especialmente por el desenlace que el realizador de “Harry, el sucio” («Dirty Harry», 1971) no pudo concretar por exigencia de los productores.

La versatilidad de Sutherland lo llevó por diferentes territorios cinematográficos en la década siguiente: en el inicio lideró el elenco de “Gente como uno” («Ordinary People», 1980), ganadora del Oscar a Mejor Película en 1981. Su interpretación fue de las más intensas de su carrera, al ponerse en el papel de un padre que sufría la muerte accidental de su hijo, sin embargo, fue ignorado por la Academia (como sucedió en toda su vida cinematográfica), y solo recibió un Oscar honorífico en 2017. En su única colaboración en un videoclip se lo vio junto a Kate Bush en “Cloudbusting”, donde interpretó a Wilhelm Reich.

Para finales de la década de 1980 llegó uno de sus villanos más recordados: el sádico alcaide Drumgoole en la película “Condena brutal” («Locked Up», 1989) de John Flynn, que mantenía encerrado ilegalmente al personaje de Sylvester Stallone, luego de cumplir su condena en una cárcel de máxima seguridad. Una de las grandes cualidades de Sutherland fue la de escapar al encasillamiento, a pesar de sus maravillosas composiciones en roles antagónicos, en especial por su carisma y sus ojos celestes profundos acompañados de una sonrisa perfecta, la cual podía ser diabólica o tierna.

En 1991 fue dirigido por Oliver Stone en “JFK” dentro de un elenco coral sobre la investigación de Jim Garrison sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, pero también viajó a la Patagonia para ser parte de “Grito de piedra” («Cerro Torre: Schrei aus Stein»), una clásica película de montañismo que reunió muchísimas anécdotas sobre las condiciones terribles del rodaje por el clima hostil del Sur Argentino. Algunas de ellas reunidas en el libro “Herzog por Herzog” de la editorial Cuenco del Plata.

Su formación británica, la estirpe anglosajona y la ductilidad para acoplarse a proyectos internacionales lo posicionaban en un catálogo de intérpretes con un saco de trucos y facilidades con una amabilidad para cualquier tipo de producción. El año 2000 lo reunió con Clint Eastwood para la comedia espacial “Jinetes del espacio” («Space Cowboys») con un papel completamente apropiado para sus dotes cómicos, dentro de una autoconciencia sobre el paso del tiempo y el vínculo con generaciones más jóvenes.

Para los años venideros, sus colaboraciones se ubicaron casi exclusivamente en roles secundarios, quizá uno de sus más celebrados sea el de Mr. Bennet en la transposición de “Orgullo y prejuicio” («Pride and Prejudice», 2004), en especial, porque su rostro iluminaba el plano final. Hacia el cierre de su carrera le llegó el papel por el que probablemente se lo recordará -injustamente-: el presidente John Snow en la saga “Los juegos del hambre”, basado en los libros del subgénero young adult y pos apocalipsis. Allí era un despiadado presidente totalitario al mando de un régimen sobre Panem, un territorio antes conocido como Estados Unidos, ahora dividido en distritos. En sus últimos años apareció en diversos telefilmes, en alguna secuela dudosa con una reinterpretación (“Llamarada 2”) y, en especial, con un rol en la maravillosa «Ad Astra: Hacia las estrellas» («Ad Astra», 2019). Su Franklin Reinhart en la miniserie “The Undoing”, creada por el showrunner David E. Kelley, le valió algunos premios como el Critics’ Choice Awards. Como rol final, interpretó al Juez Parker en la miniserie western de ocho episodios “Bass Reeves: Un hombre de ley” para el servicio de streaming Paramount+.

Donald Sutherland fue un actor de una vasta carrera nutrida de papeles desafiantes, notables y arriesgados, en la que también se incluyen aquellas participaciones en películas fallidas y olvidadas. En cualquiera de ellas, demostró tener un aura especial, sin ver afectadas sus capacidades por el tamaño de la producción que lo involucraba. No importa si se trata de una película para televisión, para cine, una serie o un comercial, la presencia de este canadiense siempre invitó a seguir el derrotero de su personaje, ya sea uno de corto o de largo aliento o si se trataba de un héroe o villano. Como dijo su hijo Kiefer en redes sociales: “Una vida bien vivida”.