La semana pasada en la ciudad de La Plata, a metros de la gobernación bonaerense y en medio de incidentes, un grupo de manteros senegaleses resistieron el desalojo de sus puestos de venta ambulante por parte de un operativo de las Fuerzas Armadas.

La circulación en redes sociales de una imagen en la se ve a un vendedor ambulante de procedencia africana con su mercancía con la faja de clausura y un inspector de control urbano escoltando disparó distintos relatos de la gente sobre detenciones ilegales para evadir los alborotos en la vía pública. El abogado que defiende a los vendedores ambulantes denuncia una persecución por varios casos de retenciones ilegítimas en comisarías de la ciudad.

Diferente idioma, el mismo reclamo

56 kilómetros al noreste de la ciudad platense se escuchan alaridos, tenues y extintos, fuera del encuadre de la cámara como si esto fuese un film. Me apuro en trepar los peldaños que faltan para escapar de la humedad que flota de la boca subterránea. Los rugidos son cada vez más palpables y vigorosos. Resulta compleja la tarea de reconocer vocablos de lo que se discute afuera, apenas balbuceos vacilantes y entrecortados. Emerge la superficie, el exterior y un cross letal de aire frío directo en la nuca. Hay aglomeración en todas las direcciones.

Enfrente, estático, se eleva el monolito blanco en el corazón de la metrópoli con todas sus arterias confluyendo en él. Entre la turba se visibiliza la fuente emisora de los chillidos: un par de agentes de la Policía de la Ciudad, dos de esos muchachitos joviales con aire fresco y rostro lampiño que patrullan la urbe. Están de caza. Uno de ellos, cegado de cólera, el otro escolta la situación sin entrometerse, como espectador, pero no por eso menos alistado para un potencial accionar. Arremete una, dos, tres veces. Le torea cara a cara y le lanza manotazos a la plancha de telgopor forrada con lienzos rojos que contiene –con una prolijidad impoluta- una infinidad de variantes de lentes de sol que van desde los clásicos polarizados y de espejo hasta los anti reflejo y foto cromáticos que cambian su tinte en función de la cantidad de luz solar que reciben.

El representante de las Fuerzas Armadas no obtiene réplica alguna de la otra parte. Hay una paz innata -propia de su idiosincrasia-, en la conducta pasiva de ese individuo agraviado. Solo trata de seguir su camino con serenidad y con la mirada hundida en el piso, pero el policía obstaculiza su andar. Él logra eludirlo de manera efímera, pero el personal policial le vuelve a cerrar el intento de escabullida. “¡¿Qué te pasa, eh?!”. Parece un tira y afloje de nunca acabar, una incitación, un estímulo a una respuesta que nunca va a llegar. La muchedumbre, escéptica y enajenada en su rutina de vuelta a casa, no repara en la situación presente, la naturaliza como esa utilería y decoración que colocan los ambientadores que pasa inadvertida en la escena mientras los fresneles disparan sobre los actores principales. Son las últimas horas del día en un invierno con bastante sol.

“Es difícil estar tan lejos, uno extraña a la familia. Pero con el tiempo pasa, te acostumbras”, dice Fallou, compañero y colega en la venta ambulante de Aba, la víctima en cuestión. “Yo vine a la Argentina para trabajar y crecer”. Él es un senegalés más de los que forman parte de la fotografía urbana de Buenos Aires y que deben enfrentarse a la antipatía del porteño y a la severidad de las autoridades como moneda corriente. La historia de Aba es una que se repite una y otra vez entre los migrantes africanos que deciden dejar su país en busca de un futuro mejor para ellos y sus familias.

Mientras el hombre busca trabajo en una tierra lejana, la mujer se queda atrás cuidando de la familia. Muchas veces, el sacrificio conlleva años de vidas separadas por miles de kilómetros de distancia. Eligen Buenos Aires como destino para trabajar, estudiar, probar suerte y eventualmente armar una nueva familia, dada la poligamia que rige en su país donde los hombres pueden tener varias esposas. Fallou le habla a Aba en su lengua nativa y se ponen de acuerdo: “Primero queremos regular la situación migratoria, estar tranquilos y solo pensar en trabajar y mandar plata a Senegal”, coinciden.

Sobre el vínculo diario con el porteño –sin abandonar la cortesía- no dudan en ser poco modestos: “Hay de todo. Nunca falta el que nos dice ‘negro hijo de puta’. Hay violencia y racismo, pero también hay gente buena que nos defiende”.

Además, relata aspectos sobre su situación laboral actual: “Nos quieren sacar sí o sí de la calle. Nosotros no queremos trabajar más en la calle, esa es la verdad, pero no tenemos otra opción”.

Después de reiterados forcejeos con el fin de incautarse la mercadería, se escucha un “dejalo ir” que lanza algún paladín de turno al pasar. La excusa: cometer infracciones a la ley de marcas. Sin despegar la vista del suelo –y del telgopor-, Aba deja caer unas palabras en un limitado español que no hace otra cosa más que funcionar como detonador y agravante en la ira del agente que no deja pasar la oportunidad y recoge el guante para capitalizar esa respuesta en ganancia o, mejor dicho, cristalizarla en uso y abuso de su autoridad.

Aba no tiene planes de reunir a su familia en el país. “Acá es muy caro traer a tu familia. Además, prefiero que mi hijo se eduque en Senegal”, dice. “En algún momento me gustaría volver para ver cómo crecen mis hijos. No me quiero morir acá como inmigrante”.

Luego de unas cuantas gambetas maradonianas y tirones de telgopor de por medio, el senegalés logra por fin evadir el hostigamiento policial y, ante la mirada incrédula de la autoridad que no ofrece resistencia a la fuga y los pocos curiosos asistentes, emprende la corrida hacia el lado del bajo porteño, zona menos custodiada y terreno fértil para un nuevo acampe, aunque con la falencia de no poseer tanto flujo de potenciales clientes como tiene esa apiñada esquina de Avenida Corrientes y la 9 de Julio.

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