Este 13 de octubre se estrenó en Netflix «Distancia de rescate», la versión cinematográfica de la novela homónima de Samanta Schweblin. El guion estuvo a cargo de la autora argentina junto a la directora peruana Claudia Llosa. Qué pasa con el fantasma de la fidelidad literaria que privilegia religiosamente el texto escrito por sobre las necesidades particulares del lenguaje al que pretende adaptarse.

El concepto de la «distancia de rescate» refiere a la forma en la que las madres miden el peligro, el estado de alerta y el cálculo mental constante de cuánto demorarían en asistir a sus hijos si algo ocurriera. «Mi madre siempre lo decía: tarde o temprano algo malo va a suceder y, cuando pase, quiero tenerte cerca”, dice el inquietante texto de Schweblin que trata sobre este vínculo intuitivo y esotérico, una tragedia inminente y la búsqueda del «momento exacto».

Las voces de David y Amanda (Emilio Vodanovich y María Valverde, respectivamente), ubicadas en un lugar y tiempo inciertos, repasan los días desde la llegada al pueblo de Amanda con su hija Nina y el momento en el que conoce a Carola (Dolores Fonzi), la madre de David. Recuerdan situaciones en busca de los detalles que indican y anteceden la fatalidad.

Estos primeros instantes recogen las características esenciales de la novela: la voz en off, las preguntas encriptadas, el misterio de Carola y el concepto que le da nombre a la historia. Lo que sucede luego es una lucha entre lenguajes: el desafío de esta transposición radica en que esta escritura no tiene cualidades cinematográficas a simple vista sino, más bien, una construcción sensorial de la tensión en base a la narración omnisciente que nos explica el mundo de sentidos ocultos detrás de los gestos mínimos. El peso dramático se ubica en lo que la protagonista piensa y siente muy por sobre sus acciones, que son fundamentales para el motor de un relato cinematográfico.

La decisión de trasladar casi toda la narración en off implica varios problemas para la versión audiovisual, la traducción literal de un texto inquietante no garantiza per se el mismo efecto en una película. De hecho, se provoca una duplicación de la información y la voz no es un soporte de la imagen sino una redundancia. Además, adelanta y explica la temperatura tonal antes de que la estructura dramática llegue por sus propios medios, anulando la construcción progresiva de la tensión, como alguien que interrumpe el desarrollo de un chiste para contar el remate.

Las estrategias del cine de género para la puesta en escena en el suspenso o el terror psicológico se reemplazan por una puesta de cámara y montaje volcados al drama más solemne y pretencioso que nunca termina de tener brillo propio. El fantasma de la fidelidad literaria termina por dominar el relato y relegar en importancia al lenguaje audiovisual, es entonces cuando «Distancia de rescate» toma la forma de un libro leído en voz alta más que la de una película.