El virus del COVID-19 genera alarma en todo el mundo. En este sentido, los mandatarios de cada país elaboran estrategias para proteger a sus habitantes, con algunas medidas más o menos efectivas que otras. Vemos posturas y escuchamos declaraciones de toda índole. El presidente argentino Alberto Fernández afirmó que «la urgencia no es la economía, la urgencia es la salud de la gente», frase coherente dado el contexto y el accionar que está llevando a cabo desde su gobierno para enfrentar la pandemia. Por otro lado, los mandatarios mexicano y brasilero, indignan con sus dichos. Andrés Manuel López Obrador alentó que «salgan a comer, sigan con su vida normal» y Jair Bolsonaro calificó al coronavirus como «una fantasía» o «solo una gripe».

En esta nota quisiera hacer énfasis en la situación de Brasil y el descontento que genera, a esta altura a nivel mundial, las medidas sanitarias, económicas y sociales ante esta crisis. Si bien no son novedad las políticas neoliberales, conservadoras y antiderechos del presidente brasilero desde su asunción, este fue calificado por Eurasia Group (consultora de riesgo político internacional) como el mandatario más «ineficiente» en la lucha contra la expansión de este virus.

La situación en el país hermano es crítica, y las de Sao Paulo y Río de Janeiro son las poblaciones más afectadas. Las cifras son alarmantes: superan los 1.890 infectados. Asimismo, se dio inicio a la transmisión del virus de manera comunitaria (es decir, en personas que no contrajeron coronavirus en el exterior o que no están en contacto con gente que viajó). Ante este escenario, Bolsonaro menosprecia las medidas de otros países latinoamericanos, denostando el cierre de aeropuertos, la cuarentena y convocando a no caer en la histeria colectiva.

En esta línea de pensamiento, tildó de «lunático» al gobernador de Sao Paulo, que declaró la cuarentena, minimizando una vez más la situación.

A nivel socio económico, sorprendió y generó mucho malestar este domingo al decretar el cese de los contratos laborales y la suspensión de sueldos por cuatro meses, según argumentó, «para preservar los empleos». La reacción no se hizo esperar de parte del pueblo, que se manifestó por diversos medios para lograr que, finalmente, el Presidente diera marcha atrás.

No se descarta el costo político que (personalmente espero) tenga este gobernante tras la pandemia. Asimismo, considero que se puso en evidencia lo necesario que es, ante una crisis de este tenor, la intervención y colaboración del Estado al servicio de la gente.

Con los casos alarmantes a nivel mundial como en Italia y España y con las cifras de infectados y las muertes que se incrementan día a día en suelo brasilero, surge la pregunta: ¿cuántas vidas más son necesarias para que Bolsonaro asuma la responsabilidad por el pueblo que lo votó?