Cuando se estrenó en el año 2002 “Extermino” los espectadores se encontraron con algo distinto a las películas de infectados o “zombis” que se conocían hasta ese momento. Más allá de la velocidad y la violencia de los portadores del virus de la ira, lo que realmente impactó fue la sensación de desolación. Danny Boyle convertía a una Londres vacía en un personaje más de la historia y construía un relato que hablaba tanto del miedo a la infección como de la fragilidad de la sociedad cuando desaparecen las reglas que organizan nuestra vida cotidiana. Este último aspecto ya se había manifestado en películas de la misma temática, pero quizá no con una crudeza tan seria como que la proponía Danny Boyle.
Con el paso de los años, la película se transformó en una obra fundamental del cine de terror moderno. Aunque muchas veces se la menciona como una película de zombis, en realidad el filme propone algo diferente: los infectados siguen vivos, pero han perdido todo control racional como también los NO infectados, accionando incluso peor que alguien enfermo por este virus. Esa idea permitió que el horror no estuviera solamente en los monstruos, sino también en las personas sanas que intentan sobrevivir en medio de esa epidemia.
Cinco años después llegó “Exterminio 2” en el año 2007, una continuación que expandió la escala del conflicto, producida por Boyle, pero dirigida por el español, Juan Carlos Fresnandillo. Mientras la primera película tenía una mirada más íntima y desesperada, la secuela apostó por mostrar los intentos de reconstrucción y las consecuencias políticas y militares de la epidemia. Agregando sustos básicos, con una trama simple que perdía la complejidad y la sorpresa que presento la primera. Si bien nunca alcanzó el prestigio de la obra original, logró mantener vivo el interés por una franquicia que parecía destinada a continuar.
El verdadero regreso tardó alrededor de 16 años después. La reunión entre Danny Boyle y Alex Garland para “Extermino: La evolución” significó mucho más que una nueva secuela. La película recupera el espíritu de la obra original, pero lo traslada a un mundo completamente aislado por el paso del tiempo.
Ya no se trata únicamente de sobrevivir a una crisis inmediata, sino de analizar cómo una sociedad puede adaptarse durante generaciones a convivir con una catástrofe permanente. En este caso se omite la expansión del virus al resto de Europa tal cual había dejado en claro la película del 2007 y solo entendemos que afecto a Gran Bretaña, la cual permanece totalmente asilada.
Uno de los aspectos más interesantes de esta película es que evita apoyarse únicamente en la nostalgia. En lugar de repetir fórmulas conocidas, busca ampliar el universo de la saga y explorar nuevas preguntas sobre la identidad, la memoria y la herencia que dejan las tragedias de carácter global.
La recepción de la película fue ampliamente positiva. La crítica destacó especialmente el regreso de los creadores originales y la decisión de darle una dimensión más humana y emocional al relato. Además, la película consiguió una sólida respuesta comercial a nivel mundial, demostrando que la saga todavía conserva una enorme capacidad de convocatoria más de veinte años después de su nacimiento. No fue necesario recurrir a recursos nostálgicos que invaden la mayoría de las producciones hoy en día.
Pero el verdadero interés de “Exterminio: La evolución” aparece cuando se la observa como el primer capítulo de un proyecto más ambicioso. Desde su concepción fue pensada como el inicio de una nueva trilogía. La segunda entrega, “Exterminio: El templo de huesos”, dirigida por Nia DaCosta quien venia de hacer una versión modernizada de “Candyman” y de fracasar estrepitosamente con “Capitana Marvel” profundiza algunos de los conceptos introducidos en la película anterior y amplía la mitología de los infectados. La crítica incluso la recibió con entusiasmo, llegando a ser considerada por muchos como una de las entregas más logradas de toda la saga.
Paradójicamente, el mayor problema de esta entrega de DaCosta no estuvo en las opiniones de la prensa sino en la taquilla. Su rendimiento comercial fue menor al esperado y genero dudas sobre la continuidad del proyecto.
De igual forma, todo parece indicar que la historia continuará. El final deja múltiples interrogantes abiertos y funciona claramente como un puente hacia una tercera película que buscaría cerrar esta nueva etapa de la franquicia.
Además, el regreso de personajes históricos y algunas revelaciones sobre la naturaleza del virus sugieren que Boyle y Garland están interesados en conectar el pasado y el futuro de este universo de una manera mucho más profunda que en las secuelas anteriores.
El mayor mérito de la saga es haber logrado mantenerse relevante sin perder su identidad. Mientras muchas franquicias de terror terminan repitiéndose, estas películas siguen encontrando nuevas formas de hablar sobre nuestros miedos colectivos. En 2002 el temor estaba asociado al colapso social y a las consecuencias de la violencia. Más de veinte años después, luego de pandemias reales, crisis políticas y transformaciones culturales profundas, esas inquietudes siguen vigentes, aunque expresadas de otra manera.
El universo creado por Danny Boyle y Alex Garland continúa resultando fascinante. No se trata solamente de infectados corriendo detrás de los sobrevivientes. Se trata de observar cómo reaccionamos cuando el mundo que conocemos desaparece y qué queda de nosotros cuando todo parece haber llegado a su fin. Un mundo en el que incluso, Iron Maiden y Duran Duran pueden convivir perfectamente.