Una mirada semiótica sobre el discurso del fenómeno “música urbana”, ¿sabemos lo que escuchamos? Del jazz al trap, de Nathy Peluso a Duki, los artistas de hoy no encorsetan sus canciones en ningún género. Oscilaciones a través de un extenso espectro.

“No entra ni un alfiler más”, se escucha a alguien decir mientras la banda hace los últimos ajustes. Cortinas rojo “Twin Peaks” recorren todo el ancho del salón y dotan de cierta austeridad el fondo del escenario. Las guitarras, que cuelgan del techo, y la barra de madera con canillas de cerveza tipo cobra y luminarias de época responden a un cierto cliché de bar “rockero” genérico y universal de Capital Federal.

En el marco posterior a una entrevista, el dúo hizo un breve pero poderoso set junto a su ATR Band en la cervecería lindante al famoso teatro de Avenida Lacroze. El lugar desborda de jóvenes que se amontonan y empujan en la puerta para seguir entrando. Zumban los primeros colchones de sintetizadores y el rulo de la batería estampa el comienzo de una intro jazzera que no dura más de un minuto, pero que es suficiente para denotar el nivel de ajuste y prolijidad que destilan los músicos.

Pegadito al final del prólogo, uno de los dos tecladistas que tiene la agrupación hace resonar en las cabezas de los presentes una melodía difícil de no reconocer: “Bancate ese defecto” de Charly García suena y se escucha un “uueeesaaaa” desbordado de AutoTune cuando se los puede visibilizar a los dos saliendo de esas bambalinas rojas, endiablados como el agente Dale Cooper cuando fue habitado por Bob, haciéndose lugar entre los músicos.

Ellos son Ca7riel y Paco Amoroso, dos representantes de lo que es este auge de música urbana que no deja de disrumpir en la escena actual. Desde Nathy Peluso a Paulo Londra, pasando por Duki, Cazzu, Wos y hasta Juan Ingaramo, son algunas de las caras de este -ya no tan- nuevo apogeo que tiene al trap en el centro de escena pero que se nutre de otros tantos linajes sonoros como el pop, rap, freestyle, hip hop, R&B, soul, jazz y funk, entre otros. Este dueto de veinteañeros y aire outsider viene de colarse -con apenas tres canciones editadas en conjunto- en la última edición del Lollapaloza local y agotar dos Niceto Club el pasado mes de abril.

“Qué difícil este, eh”, Catriel alude al auricular del retorno mientras se lo acomoda. “¿Se escucha bien ahí? Yo estoy escuchando lo mismo que ustedes, pero bien ahí, amigo. Es la conexión con los barats”, objeta y se sigue peleando con el aparato. “Nunca me se poner los auriculares”, dice el flacucho de cabeza esquilada mientras se saca el in-ear y le pasan unos de casco para que empiece su momento. Se dispara un sample de coros mixtura góspel con Illya kuryaki pasado de procesadores y hace aparición la versión más rapera de Catriel, que se despacha con rimas ágiles y fluidas generadas con una métrica que se adapta perfectamente al beat, sumándole una entonación que hace caer la voz donde tiene que caer. Un flow y cadencia en la interpretación, en su forma de rapear, que evidencia una soltura impoluta.

Las fluctuaciones de su voz derivan en un sentimiento visceral en “No aterrizo” hasta que la canción respira en un puente inevitable donde el ¿rapero? invoca su timbre más spinetteano y fino para aterrizar vertiginosamente de nuevo en las rimas zigzagueantes.

Pero esta vez solo se presta al rap por un lapso corto. La canción muta precipitadamente a un funk y un asistente le alcanza una guitarra que empieza a descollar unas pisadas y vibratos revelando sus cualidades excéntricas mientras viborea la lengua de un lado a otro y los ojos se le van para arriba. La canción cierra con un corte abrupto y el coro gospelkuryakiano se propaga con colas de delay que quedan rebotando en todo el recinto.

La pregunta es irrelevante y de rigor para algunos, pero imperiosa y obligada para otros. Ellos son los puristas y reticentes radicalistas defensores de los géneros “puros” -metaleros en primera fila, je-: ¿qué es lo que acabamos de escuchar? ¿Qué género de música hacen estos pibes? Tiene rap, trap, funk, tiene algo de rock, Spinetta, Frank Ocean, Tyler the creator y Kendrick Lamar. Demasiado rock para ser rap, demasiado rap para ser rock y demasiado trap para el hip hop. ¡Encima entran con un tema de Charly García! Unos osados, no hay duda.

La lucha entre género y estilo

Cuando Michel Duchamp compró un mingitorio blanco de porcelana y lo firmó con el seudónimo de R. Mutt, lo mandó a la Sociedad de Artistas Independientes para que fuese incluido en su exposición anual. El dadaísta se habrá mandado unas buenas risotas, pero al final resultó que la broma se le fue de las manos. Sin querer, creó la primera obra de arte conceptual y abrió las puertas a las vanguardias de los años 20′ que comenzaron siendo estilos y luego se transformaron en géneros. Todo esto sin nombrar que en el 2004 esta “fuente” fue votada como “la obra de arte más influyente del Siglo XX” por ilustres profesionales del sector.

Oscar Steimberg, semiólogo argentino e investigador de prestigio nacional e internacional y uno de los mayores referentes de la crítica argentina sobre el género, en su libro “Semióticas: las semióticas de los géneros, de los estilos, de la transposición” (uno de los trabajos más importantes de la teoría semiótica argentina que retoma y actualiza, entre otros temas, las conversaciones que hoy forman parte también de los discursos y meta discursos de la literatura, del arte y de los géneros), plantea interesantes diferencias entre géneros y estilos. Por empezar, los va a llamar a ambos clasificaciones de discursos y va a decir que tanto el estilo como el género se definen por sus rasgos temáticos, retóricos y enunciativos.

Ahora bien, dejando este análisis de lado que puede llegar a ser poco claro y no nos sirve de mucho por ahora, vamos a hacer hincapié en otras dos proposiciones que hace Steimberg sobre el género que son interesantes para aplicarlas al trap. Según el semiólogo, para que exista un género este debe acotarse en lo que va a llamar “campo de desempeño social”, que no es otra cosa que un área específica donde conviven los géneros. Por ejemplo, podemos decir que los boletines informativos y noticieros pertenecen al campo de “información”. Las telenovelas se podrían englobar en “entretenimiento” y el sermón en “religión”. Si esta condición no se presenta en el discurso/obra artística, dice el analista, estaríamos frente a un estilo.

Pero la proposición más importante que nos vamos a valer para extrapolar al trap, es la del término “anti género” que acuñó Steimberg para designar a discursos/obras que producen rupturas significativas al género de referencia. Es decir, al género que estás leyendo (en el caso del trap, al rap). En el caso de los géneros cinematográficos es un caso paradigmático de anti género el spaghetti western, ese subgénero particular del western que estuvo de moda en los años 60′ y 70′.

El spaghetti western se caracterizaba por una estética naturalista y sucia, a la vez que estilizada, y por unos personajes aparentemente carentes de moral, rudos y duros. También contrastaba del western “clásico” por sus altas dosis de violencia y el carácter turbio y engañoso de sus personajes principales. Trasladando este esquema de anti género propuesto por el semiólogo argentino, sería fácil dilucidar al trap al día de hoy como un anti género, situación que ya ocurrió en los años 90′ cuando se emancipó de su género de referencia, el rap, en Estados Unidos. Pero hay algo más.

En palabras del teórico: “Las obras anti género pueden definirse como género a partir de la estabilización de sus mecanismos meta discursivos (sus críticas) cuando ingresan en una circulación establecida y socialmente previsible”. Es decir, es necesario que una masa significativa de público, al encontrar una cierta cantidad de canciones u obras musicales estructuralmente similares, desarrolle una terminología específica para nombrarlos, y se haga identificable y tangible la distinción de su género de referencia. Aunque hay una salvedad: no todos los géneros emergen a partir de anti géneros. La distinción es más engorrosa, ya que es la industria quien los homologa, y esta se encuentra muchas veces -por no decir siempre- permeable por leyes más bien mercantiles que científicas.

Retomando esta última propuesta enfatizando y remarcardo el alcance al estatus de consenso que debe lograr el discurso/obra, donde sus críticas deben dejar de ser valorativas y despectivas para empezar a estabilizarse. Es allí donde, subraya Steimberg, surge el género. Lo enuncia en el libro como una condición vital para que un estilo pueda convertirse en género. Ahora bien, la pregunta sería si el trap, esa música de gran acogida popular y que escala cada vez más en la escena, cumple o no con esta condición y si ya adquirió ese estatus de consenso requerido para ser algo más que un anti género o subgénero del rap para convertirse en un género independiente.

Al igual que en los casos del Art Déco, el Rococó, el punk en la música o todas aquellas vanguardias rupturistas, será el tiempo –y en menor medida la industria- quien conteste esa pregunta.

“Sin los auriculares nos escuchamos bien, ¿no?”, va a decir casi al final del show Catriel que no dejó de pelearse con el retorno hasta el último acorde. Género o estilo, anti género o subgénero. trap o rap, funk o rock, freestylers o murgueros. Este análisis pierde validez y sentido cuando hablamos de exteriorizaciones nobles y cuando lo que importa al final del día es lo que se activa arriba del escenario: esa demostración imperativa de autenticidad, de lo legítimo y orgánico, eso que se siente de verdad.

Ceremonia que nos convoca y evoca a ser parte de toda esa experiencia y nunca va a dejar de tener un espacio en bares cerveceros estereotipados o festivales saturados, cualquiera sea el (anti-sub-pre) género/estilo.

Hoy, más que nunca, los géneros son lo que menos importa. Nos circunscriben, siempre lo hicieron. Una longeva herramienta de un sistema para vender y clasificar al consumidor que se está evidenciando cada vez más que quedó en desuso junto a la –por suerte- perpetua pregunta: “¿qué género musical te gusta?”.

puntocero 2019

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