Con el objetivo de incorporar una mirada con perspectiva de género a las últimas producciones de cine argentino, recopilamos algunos estrenos de agosto de 2020 para repensar el rol de los personajes femeninos en cada película.

Durante este último mes encontramos dos películas en las que se refuerza el esquema de parejas entre hombres mayores y mujeres jóvenes, estas son «Caballo de mar» (Ignacio Busquier) y «La maldición del guapo» (Beda Docampo Feijóo). En cada una de estas producciones se pueden verificar representaciones diferentes. En la primera se presenta un universo bastante atribuido a la masculinidad, como son los pueblos portuarios con sus marineros de paso y los bares de mala muerte. En este contexto, Dora (Ailín Zaninovich) se presenta como una proyección muy sexual del protagonista (Pablo Cedrón) y hacia el final podemos verificar que su rol se revierte y pasa a corresponder mejor con una figura de femme fatale.

En «La maldición del guapo», el protagonista (Gonzalo de Castro) es un delincuente que expone que la llave de todas sus estafas siempre fue una mujer y, con ese concepto, se jacta de su galantería y su capacidad para reconocer a aquellas mujeres jóvenes que «buscan un padre». El personaje igualmente ironiza sobre esto y el guion propone algún revés al protagonista que lo ponga en un eje más actual, con comentarios muy gruesos, como cuando su amigo le señala un chiste machista o lo ubican en una «desventaja» en el rendimiento sexual.

Más allá de esto, lo que llama la atención es que «La maldición del guapo» presenta en los primeros minutos el personaje de una camarera (Paula Sartor) y podemos verificar que durante una hora de película (que dura una hora y media) desconocemos el nombre de ella, se la señala como «la camarera» o «la porteña» y representa el papel de «el polvo de los martes» (como ella misma se denomina), y recién hacia el desenlace la llaman por su nombre, Rocío. Pero no es la única a la que le sucede: Cayetana Guillén Cuervo también interpreta un personaje importante y, sin embargo, casi siempre es referida como «la joyera», «mi mujer» o «la madre». El contraste de esta situación se hace evidente cuando podemos puntualizar que los personajes masculinos sí son nombrados e individualizados a pesar de cumplir roles mínimos y aún más secundarios que estas dos mujeres en la órbita de la historia narrada.

Otro de los estrenos fue «Sentadas en el umbral» (Mónica Roza en codirección con Daniel Alvaredo). En esta película vemos una predominancia de personajes femeninos. Teresa y Valeria (Victoria Césperes y Soledad García, respectivamente) son socias en un estudio jurídico, ellas se quejan específicamente de las actitudes machistas del sistema, también con comentarios bastante gruesos que pretenden exponer todas sus ideas como, por ejemplo, «vos sabés lo que me dijo el muy pajero mirándome las tetas». Una de ellas tiene un vínculo sexual afectivo con un hombre que era su jefe y que, aparentemente, la manipula constantemente. Producto de esto son empujadas a representar a una mujer que se divorcia (Lili Popovich), porque este hombre cree que esto puede favorecer a sus propios intereses. Él, en complot con el marido y sus socios, buscan impedir que ella reclame dinero no blanqueado de sus negocios. La idea general es que esta comedia revierte las burlas a la inteligencia de las mujeres cuando estas encuentran una vuelta de tuerca, sin embargo, a la incorporación de la idea de «empoderamiento» se le sobreimprime el tono soft e ingenuo que la cambia de categoría frente a otras películas del género con estafadores y enredos.

«Al acecho» de Francisco D’eufemia cuenta con la claridad de que la predominancia de sus personajes serán masculinos, e incorpora un personaje femenino (Belén Blanco) para cumplir el rol de interés romántico del protagonista, lo cual no implica a priori una connotación negativa. De hecho, se amalgama con la narración de una forma mucho más pareja que en las otras películas que intentaron forzar nuestra interpretación de sus personajes femeninos. En «Al acecho» ella es una más de ese equipo de guardaparques. Su lenguaje y su vestuario no tienen una connotación sexualizada a pesar del rol claro que ocupa en la película y cuenta como personaje con una personalidad y un carácter fuerte definido, que en sus pocas apariciones en pantalla son evidentes.

«Una chica invisible» de Francisco Bendomir llega con bastante frescura y su historia se centra en explorar los límites de la exposición y las redes sociales a través de una comedia negra. Su tratamiento de los personajes es en función de la historia que narra, sin intentar forzar lecturas innecesarias, y actúan indistintamente de los estereotipos de género que normalmente se les asigna, sino al servicio de las neurosis que demanda el relato. Es alentador que Andrea Carballo y Lola Ahumada hagan papeles que corporizan la comedia y no como personajes complementarios.

Por otra parte, «Matar al dragón» de Jimena Monteoliva propone una película de género en la que una niña es secuestrada y llevada a una especie de mundo oscuro, y 25 años después vuelve a aparecer en el bosque de su mundo. Esta película fue ganadora de los work in progress de La mujer y el cine y Femme Revolution, que tienen una óptica dedicada a reflexionar el cine con perspectiva de género. Aprovecha sus atributos fantásticos para referirse a situaciones de violencia machista y su personaje principal, interpretado por Justina Bustos, perpetúa el rol de víctima durante gran parte del relato, casi sin texto ni expresiones que definan su carácter, hasta que una abrupta transformación la ubica en el rol de resolución de los conflictos dados.

En «Crímenes de familia», dirigida por Sebastián Schindel, nos encontramos con una película marcada por tres mujeres. Tenemos a Alicia (Cecilia Roth), cuyo hijo atraviesa un juicio porque su exesposa (Sofía Gala) lo acusa de violarla e intentar asesinarla, y en otro plano conocemos a Gladys (Yanina Ávila), empleada doméstica de Alicia que atraviesa otro juicio muy distinto en el que se la acusa de asesinar a su hijo. La narración ofrece lecturas gruesas sobre la violencia machista: los carteles gigantes sobre la Línea 144, el pañuelo verde de par en par, los discursos acusatorios, el encubrimiento…

Sin embargo, los hechos marcan de forma más concreta que el verdadero tema transversal es el de clase por sobre el de género. Sí se destaca que los hilos narrativos se tensan entre las tres mujeres y Alicia es quien se ve en jaque por las acciones de su esposo (Miguel Ángel Solá) y su hijo (Benjamín Amadeo) y despiertan en ella un sentido de mayor sororidad.