«Más que rivales»: mucho sexo gay

HBO Max estrenó la ya muy conversada «Más que rivales» («Heated Rivalry»), la serie de Jacob Tierney basada en la novela «Game Changers» de Rachel Reid. Protagonizada por los nuevos jóvenes favoritos de Hollywood, Hudson Williams y Connor Storrie, fue un éxito inmediato en audiencia tanto como en repercusión. Lo que se llama un fenómeno popular.

Original de la plataforma canadiense Crave, el impacto fue casi instantáneo: a un mes de su estreno, la serie superaba los 300 millones de minutos de reproducción semanal y promediaba cerca de 9 millones de espectadores por episodio en Estados Unidos. TikTok y Twitter hicieron gran parte del trabajo de difusión: edits virales, hilos y grupos de Telegram que difundieron los episodios subtitulados por fans alrededor del mundo.

«Más que rivales» sigue la historia de dos estrellas del hockey sobre hielo: el canadiense Shane Hollander (Williams) y el ruso Ilya Rozanov (Storrie). Rivales en la pista, sus carreras se cruzan una y otra vez. Pero no solo sus carreras: desde el primer encuentro, el vínculo se establece en el plano sexual, y desde ahí evoluciona hacia algo más complejo.

Sin ser particularmente sutil ni especialmente refinada en términos narrativos o técnicos, el gran mérito de la serie es animarse a explorar la identidad, el autoconocimiento y formas de vincularse que no encajan del todo en los modelos tradicionales de pareja. A lo largo de una narración que se extiende de 2008 a 2016, los silencios, las idas y vueltas y los desencuentros permiten abordar el machismo estructural del deporte profesional y, en particular, la persecución a la diversidad sexual en un país como Rusia.

El diferencial más evidente está en las escenas sexuales: abundantes, explícitas, a veces tiernas, a veces casi softcore… pero siempre presentes. Resulta llamativo en un contexto en el que se insiste en que las generaciones más jóvenes rehúyen este tipo de representaciones. Entonces, ¿cómo se explica que «Más que rivales» se haya convertido en una obsesión? Quizás la pregunta correcta sea: ¿una obsesión de quién?

Las principales consumidoras son mujeres, en su mayoría millennials, también grandes audiencias de otros contenidos gays. Y hay un motivo claro: la serie ofrece algo escaso en el romance mainstream con el que crecimos. Las comedias románticas de los 90 y los 2000 hoy resultan difíciles de defender: dinámicas de poder, control, celos y toxicidad disfrazadas de amor.

En cambio, en este caso, el deseo se despliega sin amenazas. Funciona como un espacio seguro. No se trata solo de lo explícito sino de la posibilidad de disfrutar del deseo con menos prejuicios, por el placer en sí. De hecho, «Más que rivales» invierte el recorrido habitual: parte del sexo para, recién después, construir intimidad y romance. No idealiza el encuentro físico, pero tampoco lo castiga.

Todo esto ocurre bajo el paraguas de la nostalgia millennial. Canciones como la siempre bienvenida «All The Things She Said» de t.A.T.u., referencias y códigos «dosmileros» (un Gen Z jamás comprenderá el drama que era mandar un SMS) funcionan menos como fetiche que como reparación. En un presente donde las masculinidades conservadoras vuelven a ocupar espacio, «Más que rivales» habilita la imaginación: propone formas de ser hombre que permiten otros vínculos y otros deseos, ausentes en las narrativas heterosexuales dominantes.

Mientras la época empuja a muchas colectividades a un nuevo closet de silencio, «Más que rivales» abre una conversación. Y si lo que no se nombra no existe, acá se nombra, se vive, se siente. Y eso se celebra.

«Más que rivales» es una serie creada, escrita y dirigida por Jacob Tierney y puede verse en HBO Max.

Artículo elaborado para puntocero por Laura Díaz.