«Nuestra Tierra»: refundar la nación

Esta semana tendrá su estreno oficial «Nuestra tierra», la nueva película de Lucrecia Martel. Su quinto largometraje es un documental que trata sobre el crimen de un referente de la comunidad indígena Chuschagasta y que amplifica la mirada para enfrentarnos a un problema antropológico: el desprecio fundacional de esta nación por esas comunidades.

El punto de partida

En octubre de 2009, Javier Chocobar fue asesinado en el norte de Tucumán por el funcionario público y emprendedor minero Darío Amín. El crimen fue filmado y la directora se encontró con él mientras investigaba para su película anterior, «Zama» (2017), cuyo protagonista se enfrenta a una larga y desesperante espera, quizás un vago punto de contacto con esta historia en la que la comunidad aguardó un juicio que llegó recién en 2018.

Pero esas esperas son diferentes, sirven para hacer un nudo temático entre las películas, pero el tiempo que lleva un juicio implica procesos y burocracias inventadas al momento de crear un país y sus instituciones. Esta película empieza a tirar del hilo del «proceso judicial» para preguntarse cómo puede ser que la fundación de la nación se cimentó ignorando deliberadamente la existencia indígena, un planteo que decanta en preguntarnos, entonces, cómo podemos seguir viviendo bajo ese sistema a sabiendas de aquella injusticia germinal de nuestra historia.

El planteo es directo y mira de frente al problema, no se enreda en falsas complejidades y grises: nuestra cultura borró el derecho de estas comunidades sobre la tierra y nuestra educación nos llevó indefectiblemente al desprecio, el desinterés o la ignorancia sobre su existencia, sus problemas o, simplemente, sobre sus pensamientos e ideas sobre las cosas. Martel dice en la conferencia posterior a la proyección que «es terrible que a una parte de nuestra Argentina solo la conozcamos en la desesperación».

Las falsas complejidades nos mantuvieron hasta este momento reflexionando sin querer hacernos parte del problema y sin querer asumir una solución drástica. Sin ir más lejos, hay un mundo de películas sobre pueblos originarios que bordean la cuestión, que proponen una escucha activa, una mirada respetuosa, una pregunta abierta. Hoy, después de ver «Nuestra tierra», ese abordaje se siente demasiado autoindulgente, siempre a dos pasos de meterse de lleno en la parte que nos toca. Y este también es un buen momento para preguntarnos por eso.

Refundar lo oficial

A través del registro del juicio, archivo fotográfico de las familias y testimonios, la película discute las narrativas oficiales basadas en expedientes, mapas y documentos confeccionados de una manera incompleta y arbitraria. Asimismo, con un pequeño folleto que entregan en la proyección, se ofrecen líneas de lectura posibles para discutir a partir del visionado: ¿quiénes pueden producir documentos escritos?, ¿cómo pueden defenderse quienes no tuvieron acceso a documentar su historia?, ¿por qué, cuando nos organizamos como nación, las propiedades coloniales se respetaron y los territorios indígenas no?

A propósito de estas preguntas, el archivo fotográfico se impone como testimonio de generaciones de existencia e historia. «Nuestra tierra» es la síntesis que demuestra la urgencia de cambiar las cosas de una vez y un relato que no se doblega pesimista ante la cruel y cruenta actualidad sino que toma una forma propositiva para la construcción de un futuro.

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