Hace algunas semanas se estrenó en la plataforma de streaming Netflix una película que arrastraba polémicas desde la publicación de su trailer promocional. «Cuties» es la ópera prima de Maïmouna Doucouré y, antes de encontrarse disponible de forma online, estuvo en el Festival de Cine de Sundance, donde fue premiada.

La película nos presenta a Amy, una niña de 11 años musulmana, cuya revolución preadolescente se manifiesta entre dos mundos. Por un lado se encuentra su familia, fuertemente marcada por los mandatos tradicionales, que se dispone a educarla para convertirla en una buena esposa, que le enseña la sumisión y donde, además, ve sufrir en secreto a su madre porque su padre decidió sumar una nueva esposa que pronto va a compartir la casa con la familia. Por otra parte, Amy se encuentra con un grupo de niñas en el colegio, que se hacen llamar «the cuties» y que bailan ritmos urbanos.

Este grupo acerca a Amy una perspectiva opuesta a la de su hogar: no existe la sumisión ni la vestimenta recatada y la expresión a través del baile puede decir mucho más que lo que ella en su cultura podría decir jamás. Es entonces cuando nuestra protagonista encuentra una posibilidad de rebeldía que pronto se le va a escapar de las manos.

«Cuties» nos propone una película de pasaje cuyo único punto de vista es el de Amy, es por eso que no hay filtros posibles para las situaciones de exposición y de peligro que generan una alerta e incomodidad en el público adulto. La representación no es legitimación per se de los actos, y menos en este caso, en donde la puesta en escena es desprejuiciada y honesta con la voracidad infantil por crecer de golpe, por sentirse grande.

La cuota moralizante la aportaron los espectadores y espectadoras que sentenciaron previamente que en discurso de la «sexualización» incorporaron una visión perversa de los cuerpos infantiles que en la película solo hacen lo que cualquier niña o niño suele hacer: explorar, encontrarse con las primeras ideas sobre la sexualidad, imitar el comportamiento adulto, etcétera. Ahora bien, hay que reconocer que Maïmouna Doucouré fue consciente de que los elementos que maneja en la película podían implicar un exceso para las menores que participan como actrices en la película, y supo manejar las situaciones de forma lúdica para lo que ellas tuvieron que representar y dejar en manos de la puesta en escena las añadiduras dramáticas.

Hubo, sin dudas, un prejuicio provocado por un trailer que supo generar un recorte mucho más polémico que lo que es la película en cuestión. Además, se suman algunas lecturas que yerran en el análisis de la sintaxis cinematográfica y, por ende, interpretan ideologías que verdaderamente no están en la película implícita ni explícitamente.

«Cuties» no es la mejor ni la peor película sobre crecimiento que hayamos visto, es interesante por su actualidad y por su forma de sostener el punto de vista. Pero dejó en evidencia la necesidad urgente de educación audiovisual que favorezcan la reflexión en tiempos de consumo masivo y superfluo.