Desde el comienzo del Siglo XXI la Premier League experimenta un crecimiento constante en la cantidad de espectadores que la consumen, superando al resto de las ligas europeas.
Según datos de la consultora especializada Opta Analyst, la Premier League fue la liga del mundo con mayor número de audiencia, con un aproximado de 15.380.000 espectadores a lo largo de más de 180 países en que la competición inglesa se retransmite.
Estos números marcan una distancia abismal entre Premier League y el resto de grandes ligas europeas. Ni la Bundesliga (2°), LaLiga (3°), Serie A (4°) ni Ligue 1 (5°) consiguen superar la barrera de los 12 millones de espectadores.
Esta diferencia se explica desde una serie de decisiones estructurales que la liga inglesa implementó desde su transformación en Premier League en la temporada 1992/1993. Dichas decisiones le permitieron, más de 30 años después, convertirse en la competición liguera de más calidad y con mejores índices de audiencia de todo el mundo del fútbol.
La competitividad interna como factor clave
La base para que una competición deportiva sea interesante para el espectador es la capacidad de todos sus miembros para disputar cada encuentro en las mayores condiciones de igualdad posibles. Ahora, si bien la cantidad de recursos de que dispone cada uno de ellos es diferente, diversas competiciones deportivas alrededor del globo optaron por alternativas para buscar un equilibrio mayor entre sus equipos.
En estados Unidos, por ejemplo, las llamadas «Majors» (MLB, MLS, NBA y NFL) optaron por un sistema de «Draft», que le asegura a los peores equipos de la competición el acceso a los mejores jugadores jóvenes, permitiéndoles reconstruir sus plantillas malas con nuevo talento de calidad.
Asimismo, estas ligas cuentan con un modelo de límite salarial, donde la liga determina de antemano cuánto dinero puede gastar cada uno de los equipos participantes en su plantilla. Este modelo evita que el talento diferencial se agrupe en un grupo reducido de equipos, ya que los mismos no pueden pagarle contratos multimillonarios a todos juntos.
Pero la Premier League optó por un modelo completamente opuesto, en lugar de limitar cuánto pueden gastar sus equipos, la competición inglesa eligió empoderar a sus equipos más pequeños, para que estos puedan retener e incorporar cada vez más talento, compitiendo cara a cara con los tradicionalmente poderosos.
La manera de conseguir esto fue, irónicamente, muy sencilla: desde la creación de la Premier League en 1992, se estipuló que los derechos televisivos internacionales deben repartirse de forma igual entre todos los equipos. Asimismo, los derechos de televisión a nivel nacional se distribuyen mediante la fórmula 50-25-25, que reparte la mitad del dinero en partes iguales, un 25% en función de la posición final en la tabla y otro 25% en los llamados «facility fees», que dependen de cuántos partidos de cada equipo son emitidos en directo en el Reino Unido.
De esta manera, la liga le otorga a todos sus miembros una amplia cantidad de recursos en materia económica. Solamente en el último mercado de pases en Europa, los tres equipos ascendidos a la Premier League, gastaron: Sunderland (136,9 millones de libras), Leeds United (105,7 millones de libras) y Burnley (93,5 millones de libras); ubicándose 6°, 13° y 17° entre los clubes del mundo con mas gasto neto en dicha ventana de transferencias.
Estas instituciones pueden permitirse este desembolso debido a la otra herramienta clave en el desarrollo de la Premier League, «parachute payments» o pagos paracaídas. Estos fueron creados en 2006 para amortiguar el impacto económico que significaba el descenso de las plantillas multimillonarias de la Premier League, y les otorgaba el 55% de los ingresos televisivos que les corresponden si estuviesen aún en la Premier durante el primer años, un 45% el segundo año y un 20% el tercer año.
Escenario perfecto para los grandes inversores
Todos estos mecanismos económicos generaron el escenario perfecto para el desembarco de los grandes capitales extranjeros en la liga inglesa, ya que les otorgaba unas condiciones sin igual en el mundo del fútbol.
Por un lado, los repartos de los acuerdos de televisión, cada vez más lucrativos, siendo el último firmado en 2021 para el periodo 2023-2033 con un valor de 110.000 millones de dólares, les aseguran a los inversores la capacidad de rentabilizar su inversión durante un lapso relativamente corto de tiempo. Además, estos acuerdos, cada vez más altos, le aseguran a dichos inversores que cuando vendan sus clubes, seguramente sean capaces de recibir más dinero del que invirtieron originalmente.
Para ejemplificar lo anterior, Mike Ashley compró Newcastle United en 2007 a cambio de 134 millones de libras, y lo vendió en 2021 al Fondo de Inversión Pública (PIF) de Arabia Saudita por una cifra superior a los 300 millones de libras. Una cifra de más del doble de su inversión original, aún cuando el club deportivamente había obtenido resultados mediocres, incluyendo dos descensos bajo su gestión en 2009 y 2016.
Esto se da debido a que mediante los «parachute payments», la Premier League le asegura a los dueños un seguro contra su inversión, ya que los clubes que descienden poseen un presupuesto mucho mayor respecto al resto en Championship, prometiéndoles así un ascenso casi asegurado en la temporada siguiente, evitando una devaluación masiva del activo.
Por último, pero no menos importante, es importante remarcar la importancia del gobierno británico en esta atracción de inversores, ya que desde principios de siglo hasta la pandemia por COVID-19, el Gobierno facilitó la obtención de visas de residencia en el país para distintos multimillonarios que desearan invertir en el país. Este el caso de Roman Abramovich, el paradigma de los grandes inversionistas en el fútbol europeo, cuando llegó a la Premier League en 2003 comprando el Chelsea al inglés Ken Bates.
Una tendencia que se repetiría en los próximos años, hasta que en la actualidad, los dueños de los clubes de la Premier League se encuentran la gran mayoría en manos de capitales extranjeros.
Las mejores mentes
Al salir de los libros de contabilidad, y si pasamos al campo de juego, desde mediados de la década de 2010 se puede observar un cambio en el perfil de los entrenadores de los equipos de Premier League, abandonando a los managers británicos más tradicionales y comenzando a importar talento para sus banquillos del resto del continente.
Esto debido a que, si bien LaLiga contaba con los dos grandes talentos generacionales del Siglo XXI en Cristiano Ronaldo con Real Madrid y Lionel Messi en Barcelona, los clubes ingleses podían ofrecerles a estos entrenadores unos recursos casi ilimitados para llevar adelante sus ideas. Así, los equipos de Premier comenzaron a construir proyectos alrededor de algunos de los mejores entrenadores del mundo.
Así, en los últimos 15 años llegaron entrenadores como Pep Guardiola a Manchester City (2016-actualidad), Jurgen Klopp a Liverpool (2015-2024), José Mourinho a Chelsea (2013-2016), Antonio Conte a Chelsea (2016-2018) y Tottenham Hotspur (2021-2023), Thomas Touchel a Chelsea (2021-2022) o Unai Emery (2018–2022) al club Arsenal. Todos y cada uno de ellos campeones en diferentes ligas extranjeras, y otros campeones de competencias continentales.
De esta forma, le otorgaron a la liga una riqueza respecto a los matices tácticos, los estilos de juego, formaciones, métodos de entrenamiento, etcétera, generando un ecosistema donde todos deben aprender de todos para poder adaptarse y mantenerse. Así, la Premier League hace ya mucho tiempo abandonó el tradicional «Kick and Rush» asociado al fútbol británico y, a diferencia del resto de ligas, se caracteriza por ofrecer un amplio margen de estilos, donde cada aficionado puede encontrar el equipo que juegue como más les guste.
Así, todo el trabajo realizado por la Premier League desde su fundación en 1992 le permitió un crecimiento interno sin igual en el mundo del fútbol, generando un paradigma respecto a qué camino deben seguir aquellas ligas que deseen crecer y convertirse en algunas de las mejores del mundo.
Artículo elaborado para puntocero por Germán Mondino.
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