Premios Cinder: dos días para mirar la historieta argentina

Hay algo que ocurre cuando una comunidad se reúne alrededor de lo que ama: el tiempo cambia de ritmo. Durante dos jornadas -el 4 y 5 de abril- en el Club Cultural Quetrén, los Premios Cinder volvieron a demostrar que la historieta argentina no es solo un conjunto de obras dispersas sino una conversación viva, en constante movimiento. No se trató únicamente de una entrega de premios sino de un espacio donde el medio se pensó a sí mismo, se discutió, se celebró y, sobre todo, se habitó.

La sexta edición del evento confirmó algo que ya se venía insinuando: los Cinder no son solo una ceremonia, son un punto de encuentro. Desde temprano y durante ambas jornadas, el espacio se llenó de charlas, intercambios y momentos de reflexión que atravesaron distintas capas del ecosistema de la historieta. Hubo actividades orientadas a quienes trabajan en la difusión -periodistas, divulgadores, generadores de contenido- y, también, encuentros con autores y autoras que producen desde adentro del medio. Esa convivencia de miradas fue, quizás, uno de los aspectos más ricos del evento.

Asistir a las dos jornadas completas me permitió percibir algo que en la distancia suele perderse: la diversidad real del campo. No hay una única forma de pensar la historieta, ni una única manera de comunicarla. En una charla se defendía una mirada estructurada, casi metodológica, sobre la crítica y la difusión. En otra, aparecía lo opuesto: lo intuitivo, lo emocional, lo inmediato. Y, lejos de generar conflicto, esa tensión se volvía productiva. Era, en el fondo, una demostración de madurez: entender que el medio se construye desde múltiples entradas, desde distintos lenguajes, desde generaciones que no comparten necesariamente las mismas herramientas, pero sí una misma necesidad de narrar y de hacer circular esas narraciones.

Ahí es donde los Cinder encuentran una de sus claves más interesantes. No funcionan como un espacio que ordena o jerarquiza desde arriba sino como un territorio donde conviven formas distintas de entender la historieta. Desde quienes vienen trabajando hace años en la crítica y la difusión, hasta nuevas voces que aparecen con formatos más recientes, más ligados a lo digital, a lo audiovisual, a lo inmediato. No hay reemplazo: hay superposición. Y en esa superposición se construye el presente.

La organización misma del evento también habla de eso. La conducción de la ceremonia -a cargo de Melo Melona y Jony Weis- no fue solo un rol funcional sino parte de una identidad: la de una escena que se reconoce en sus propios espacios de circulación, como «Charlas Mutantes», y que entiende que la difusión también es una forma de producción cultural. Detrás, la presencia de la mesa organizadora, con figuras como Andrés Accorsi, refuerza esa idea de comunidad sostenida en el tiempo.

La ceremonia de premiación, realizada el domingo por la tarde, fue el punto de condensación emocional de todo lo que venía gestándose. No solo por los reconocimientos en sí sino por el clima. Lo que se vio arriba del escenario -en los discursos de quienes recibían premios- tuvo su espejo abajo, en quienes organizan, sostienen y hacen posible el evento. La emoción no fue impostada ni protocolar: fue visible, compartida, casi inevitable. Hubo algo ahí que excedía el resultado de cada terna. Era algo más que sobrevolaba el ambiente.

Y esa emoción no se explica solo por el reconocimiento individual. Tiene que ver con otra cosa: con la visibilidad. En un campo donde muchas veces las obras circulan en circuitos reducidos, donde la difusión depende del esfuerzo sostenido de autores, editores y divulgadores, un espacio como los Cinder funciona como amplificador. No define únicamente «lo mejor del año»: señala que hay producción, que hay movimiento, que hay una escena activa que merece ser mirada.

Para quien asiste por primera vez a ambas jornadas completas, como fue mi caso, esa experiencia tiene un peso particular. No es lo mismo pasar por el evento que habitarlo. Estar en todas las charlas, escuchar todas las voces, percibir los matices, las contradicciones, las continuidades. Entender que la historieta no es un bloque homogéneo sino una red de sensibilidades que a veces se acercan y a veces se tensan. Y que en esa tensión existe la pulsión de quienes aman el medio, quienes destinan sus esfuerzos por construir puentes, por mirar el mañana, hoy.

Los Premios Cinder, en ese sentido, no solo celebran la historieta argentina: la ponen en presente.

Durante dos días, en un espacio concreto, la historieta argentina dejó de ser una suma de nombres, libros y editoriales dispersas para convertirse en algo tangible: una comunidad. Y como toda comunidad viva, no necesita estar de acuerdo en todo para existir. Le alcanza con seguir encontrándose.

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