El pasado miércoles 21 de octubre se estrenó en la plataforma de streaming Netflix una nueva versión de «Rebecca», sobre la base de la novela homónima de Daphne du Maurier publicada en el año 1938. Y pese a intentar despegarse de la idea de ser una remake, irónicamente y tal como la joven Mrs. de Winter, no pudo huirle al fantasma de la «Rebecca» de Alfred Hitchcock del año 1940, ganadora del Oscar a la mejor película de su año.

La sinopsis que ambas películas (y la novela) comparten cuenta sobre una joven que se encuentra de manera fortuita con Maxim de Winter durante una breve estadía en Montecarlo. Ella, una mujer de lo más sencilla, y él, de lo más sofisticado, se enamoran rápidamente. Pero luego del apresurado matrimonio y una vez en la mansión Manderley, a esta joven le toca descubrir que el pasado de este hombre está más cerca de lo que cree y el fantasma de Rebecca comienza a interponerse en su felicidad.

Querida, encogí a los personajes

La esencia matriz de esta historia está en la construcción de los personajes, en la fuerza irracional de sus pasiones, en la construcción de aquello que los perturba, en los detalles de una lenta corrosión emocional que mantiene a los personajes moviéndose como si vistieran un corset que se ajusta cada vez más.

En la película de Hitchcock, Maxim (Laurence Olivier) es un hombre en cuyas dinámicas de romance prevalece lo dominante y la iniciativa agresiva, que se complementa con la personalidad de la joven protagonista (Joan Fontaine) bastante sumisa e ingenua. Esta pareja conjura, sin dudas, aquello que no corresponde en esta época. Pero ese vínculo, incorrecto bajo la lupa de la moral 2020, aún no perdió ni un gramo de toda su fuerza, sensualidad, ternura y cuanto condimento romántico exista, mientras que la nueva versión, aggiornada eso sí, no puede conjurar una mínima chispa.

Dirigida por Ben Wheatley y con la pareja principal en la piel de Armie Hammer y Lily James, esta nueva «Rebecca» propone un cambio de carácter para la pareja, con énfasis en el personaje femenino, pero un error claro fue considerar que se puede modificar un engranaje de una obra ya perfecta y que siga siéndolo. Con esto quiero decir que para repensar el carácter de este personaje era imperioso considerar modificaciones de toda la estructura, que incluso podrían llevar el curso de la historia hacia lugares nuevos y distintos. Pero no hubo coraje para tanto riesgo y la «Rebecca» del 2020 camina errante a las sombras de su predecesora.

Lily James es correcta y nada más, dentro de su limitada interpretación del personaje, y el deslucido Armie Hammer hace extrañar todo el tiempo a Laurence Oliver. Lejos quedaron en esta nueva versión los aires asfixiantes, el drama, la locura pasional, los personajes alterados y el poderoso enigma. Pero, eso sí, es un poquito menos machista.

¿Qué hay de nuevo, viejo?

Ben Wheatley trae a «Rebecca» la imagen a color, las escenas de sexo, los condimentos de una cultura mainstream teen. Un cast deslucido con la salvedad de Kristin Scott Thomas, que podría haber sido una muy buena Mrs. Danvers con un guion a la altura. Pero, sobre todo, esta película nos deja una construcción pobrísima de Rebecca, esa mujer que nadie nunca podría interpretar porque no hay mejor sitio para su existencia que nuestra imaginación y que merecía ser alimentada con cuidado.