Reivindicación femenina en clave de monstruo

Luego de su ópera prima «The Lost Daughter» (2021), en la que la actriz Jessie Buckley ya había colaborado con ella interpretando a Leda -el papel de Olivia Colman de joven-, Maggie Gyllenhall, su realizadora, decidió ir por todo.

Con un generoso presupuesto de Warner Brothers de 80 millones de dólares, la actriz directora y guionista impuso su creativa impronta, dotando a esta iniciativa audiovisual con un elevado número de aciertos y homenajes multigéneros.

Partiendo de la clásica novela «Frankenstein o el Moderno Prometeo» (1818) de Mary Shelley y también del film de 1935, «La Novia de Frankenstein», Gyllenhall se adentra en el universo de esta criatura mediante un diálogo entre su autora e Ida (tal el nombre de la protagonista) quien, según la ficción planteada, luego de innumerables abusos sexuales y humanos es asesinada y vuelve para reencarnar en la fuerza de género por siglos postergada, con un caballeroso Frankenstein que la acompaña y la contiene.

Este juego de voces dentro de personajes jugará a lo largo de todo el metraje, permitiendo que la autora siga presente a través de Ida en sus puntos de vista y batallas culturales.

El film propiamente dicho es de una suntuosidad y colorido que hipnotiza, con rojos carmesí que perforan la pantalla, con una violencia sensual que destaca, resucitando además los clásicos de 1930, impregnados en la retina de la pareja protagonista, y que resucita gracias al personaje de Ronnie Reed (interpretado por Jake Gyllenhall), que funcionaría como el alter ego de Fred Astaire.

La multiplicidad de géneros se abraza generosamente, dando paso al policial negro junto al cine de acción, a la persecución de la pareja central al estilo «Bonnie & Clyde» y donde comienza a tallar la pareja de Penélope Cruz y Peter Saasgard.

Pero lo más interesante es la lectura de la reivindicación feminista que realiza su autora y directora, en la que a una mujer que pone en evidencia un sistema corrupto, más allá de hacerla desaparecer se la llama «monstruo», cuando las razones para temerle son muy diversas a la primera y básica impresión de que aterroriza.

Finalmente, por su identidad recobrada, que se ganó por derecho propio, en la que ya no es más «La Novia de…» sino «La Novia», a secas.