Diego Fried, en codirección con Federico Finkelstain, estrenan de forma online «La fiesta silenciosa». Se va a poder encontrar en la plataforma de CINEAR y también dentro de la programación de la señal televisiva. La película está enmarcada en el polémico género «rape and revenge» (violación y venganza) y está protagonizada por Jazmín Stuart, Gerardo Romano y Esteban Bigliardi.

Laura (Stuart) se dirige junto a su pareja hacia la estancia de su padre (Romano), donde se van a casar al día siguiente. El clima es hostil, Laura maltrata constantemente a su novio y la personalidad dominante de su padre la altera aún más. La justificación parecen ser los nervios previos al casamiento. Esa noche, después de tomar bastante alcohol durante todo el día, Laura sale a caminar y termina en una «fiesta silenciosa», de esas en las que todos los participantes escuchan música con auriculares.

En determinado momento de la fiesta, lo que inicia como una situación sexual cuestionablemente consentida deviene en una violación que no vemos, pero que se sugiere -en principio- con mucho tacto, sin dejar de representar algo fuerte y doloroso. En este punto me detengo para resaltar que los elementos se ordenan de una forma interesante, la película avanzaba hacia una zona gris compleja en la que Laura no es «la buena víctima» como las que protagonizan el género, lo cual podía ser audaz. La construcción de la tensión es impecable y las actuaciones son justas, salvo por el grupo de jóvenes que está en un registro que no se acopla.

Lo cierto es que la clave del género «rape and revenge» (guste o no) se apoya en que el personaje femenino sobreviviente cobra venganza con un nivel de sadismo casi improbable en la vida real. En «La fiesta silenciosa» lo insólito es que se desplaza a la mujer de ese lugar y el poder lo toman los hombres, como una especie de mansplaining de la venganza.

A partir de ese giro, la zona gris en la que se manejaba la narración se vuelve más pantanosa y difícil de sobrellevar. El cuerpo de ella se transforma en un objeto de disputa de los hombres frente al cual se encuentra pasiva y, como si fuera poco, la escena de la violación que había sido sugerida durante todo el relato, se repite pero de forma explícita, innecesariamente, sin aportar nada más que un recurso morboso y cruel.

Vale decir que estas cuestiones sobre el discurso político de la película son del plano de lo formal y no de lo ideológico que no parece, a priori, tener la intención de ser provocador ni controversial, pero me permito preguntar si estos detalles responden a una perspectiva de género encarada desde una mirada masculina que se muerde la cola cuando cree comprender y aportar a las necesidades feministas contemporáneas.