Son las 12 del mediodía en la localidad de Hurlingham, y el comisario retirado de la Policía Federal Argentina (PFA), Luis Díaz Gauna, vuelve del gimnasio donde trabaja y prepara dos platos con pan y fetas de fiambres enrollados, improvisando una picada para mi compañero Ciro Pería y yo, los entrevistadores. Tiene 65 años, es padre y abuelo, y mantiene un físico entrenado que no pasa desapercibido, ya que ejercita continuamente, incluso, lo llamaron «La Roca» argentina. Tiene varios tatuajes, entre ellos uno que rinde honor a sus compañeros caídos en el incendio de Iron Mountain, y la Crucifixión, una imagen que ocupa toda la parte superior de su brazo, donde tenía una ampolla producto del siniestro.
Se mudó hace unos días a este moderno departamento que, casualmente, se encuentra en la misma cuadra que el Cuartel de los Bomberos Voluntarios de Hurlingham. Afuera, el clima es húmedo y fresco, y para él, esos días pesan más, pues tiene 22 operaciones como consecuencia del incendio que cambió su vida.
El 5 de febrero de 2014, en el barrio de Barracas, se incendió intencionalmente el depósito de la empresa Iron Mountain, con el fin de eliminar archivos de empresas vinculadas a lavado de dinero. Se derrumbó una de las paredes, que medía 7 metros, y se cobró las vidas de diez bomberos y rescatistas, dejando gravemente heridos a siete, entre ellos, Luis, que tras el impacto pasó de 2 a 4 minutos en una muerte clínica. Con mucha delicadeza, pero también curiosidad, le pregunté.
Ese momento, ¿qué fue lo primero qué sentiste cuando te despertaste? ¿Qué veías?
«Íbamos a romper un candado para entrar… cuando miré para arriba -momento en el que cae el muro- se me apagaron todas las luces. No escuché ni vi nada: no vi ninguna luz y nadie me vino a buscar… pero sentí una paz única, una tranquilidad que nunca más volví a sentir. Era como estar feliz y decir ‘esto es lo mejor, lo máximo’, pero multiplicado por diez. […] Después intenté abrir los ojos y la luz me quemaba, porque estábamos a 200 grados. Yo creo que no era mi momento… el barba dijo ‘Flaco, te quedás un rato más ahí abajo y fíjate cómo te manejás’. Logré salir porque me ayudaron los chicos, sino no salía.»
Le amputaron dos dedos del pie, y el pulgar de su mano se quebró: en la rodilla derecha tiene siete operaciones, en la izquierda tres. «La complicación máxima es cuando cae la pared, que me pega sobre el casco en el lateral derecho, y ese impacto hace que me estalle la séptima cervical. Uno de los pedazos de hueso que salió volando quedó en el canal medular a unos 0,05 centímetros de la médula, si caía en la médula iba quedar con problemas de parálisis […] Me llevan en helicóptero al Hospital Churruca, estuve una hora y diez en el resonador y 45 minutos en el tomógrafo, me sacaron como 20 placas, a la noche era fluorescente», bromea entre risas.
Uno de sus tatuajes llamó mi atención: el que se hizo en conmemoración al hecho. Lo tiene en su espalda: es un bombero de rodillas rodeado por dos ángeles, debajo tiene escrito «05-02-2014». Cuando le pregunté el por qué había elegido esa imagen y cómo meditó la decisión de llevarlo en la piel, se tomó un momento antes de responder.
«Lo pensé bastante porque no quería que la gente piense que solamente sufría yo, porque el bombero agachado y llorando soy yo y el casco que tiene en la mano dice ‘Cuartel 1’, y los dos ángeles que están al costado lo están consolando. Entonces dije: ‘Por ahí se malinterpreta que el único que sufre soy yo’, y es complicado, porque… muy pocas veces dije esto, pero yo escuché como gritaban debajo de los escombros, y eran gritos desgarradores […] Me costó asumir que si bien el dolor es para todos, yo también sufro […] A veces salgo del baño y me miro las cicatrices, que aún duelen, pero las cicatrices del alma no se te curan más.»
Aun sueña con lo que pasó, al menos cada dos o tres meses despierta agitado, pero esos sueños ya no son tan frecuentes, porque antes los tenía de dos a tres veces por semana, despertando a los gritos o con su almohada mojada por lágrimas que salían mientras dormía.
A su lado, acompañándolo en sus pesadillas, estaban su expareja y sus dos hijos, quienes también son bomberos de la Ciudad de Buenos Aires (CABA) y la PFA. Son quienes lo hacen sentir orgulloso.
«A mi hijo, que estaba en la escuela de cadetes le digo: ‘Esto es simple, nosotros jugamos un juego de cartas con la muerte. Generalmente ganamos, pero cuando perdemos, lo hacemos muy mal. Vos ya viste todo lo que pasó, lo que les pasó a los chicos, lo que me pasó a mí… Si querés cortamos acá, no pasa nada; te voy a bancar la facultad, el estudio que quieras’… pero él me dijo: ‘No, porque atrás de mi nombre está tu apellido, y no voy a salir corriendo'». Le tiemblan las manos al contarlo, un brillo pasa por sus ojos, es la emoción que le transmite esta vocación compartida con sus hijos.
El exjefe de bomberos estuvo a punto de pasar alrededor de doce meses internado, y cuando le dieron el alta, tras cuatro meses, lloró como una criatura, sabiendo que podía volver a su casa. «Hablé con el especialista en columna que me operó a mí, una bestia, y le dije: ‘Si yo me tengo que quedar acá doce o catorce meses me tiro por la ventana y me hago mierda, no me la voy a bancar. No te estoy amenazando, pero no voy a poder aguantar estar tirado tanto tiempo en una cama'».
Destacó varias veces lo bien que le hizo la terapia en su vida. Su psicólogo le dijo que el estrés postraumático que presenta es peor que el de un hombre que va a la guerra. «Ese hombre sabe que va a ganar o morir, o ambas, yo acá iba a laburar como cualquier otro día, nunca me imaginé que iba a pasar algo así».
Lo que pasó en el barrio de Barracas fue una noticia que recorrió el mundo y paralizó al país, que mostró su respeto a los bomberos que dieron su vida, y lo recuerda hasta el día de hoy con la misma sorpresa y emoción. «Los primeros tres días fue un desfile de gente, aterrizaban cerca de mil personas por día ¡Una locura! Yo siempre cuento el caso de una señora mayor que iba a hacer las compras y venía al hospital, era una vecina de la zona que se había enterado del accidente y nos venía a ver para agradecernos por lo que habíamos hecho… yo me enteré como cuatro años después de todo esto, que venían grupos de gente a felicitarnos. Todos querían venir a vernos porque decían que éramos héroes […] Yo no creo haber hecho nada de otro mundo».
Luis entró a la escuela de policía en 1984, y quiso ser parte de las Fuerzas gracias a su padre: «Mi viejo se retira de Suboficial Mayor de la Armada con dos expediciones a la Antártida y una vuelta al mundo con la Fragata Libertad, una bestia el tipo, y yo quería seguir ese ritmo, quería ser parecido a él. Con el tiempo me di cuenta de que no le tengo miedo a nada. Muchos me dicen ‘¿y, pero la muerte?’, la muerte es lo más justo que camina sobre la tierra, le llega a todos de alguna manera u otra, aparte ya la vi, estuve y volví».
En la escuela de policía tenía un promedio de 9,16 y dice que él quería ser el mejor, pero el mejor para sí mismo, porque si se equivocaba algún día en la calle, iba a perder a una persona. Formó parte casi toda su vida del Grupo Especial de Rescate de la PFA (G.E.R) donde contó varias experiencias, y lo gratificante que se siente poder salvar una vida. Podíamos pasar horas escuchando todo lo que vivió, y hasta las situaciones más complejas, las contaba con liviandad, incluso haciendo chistes sobre las mismas.
¿Cuál fue tu primer operativo?
«Mi primera salida fue mundial, una extracción de cadáveres en las vías, fue doloroso pero también divertido. Al principio salía con un oficial experimentado que me enseñaba. Cuando empezó a dar las órdenes para levantar los restos, ‘Uh la p que lo p’, decía yo. En mi primera vez como jefe, era un incendio en una estación de SEGBA. Tuve que esperar por la electricidad y, con el apoyo del Comisario Inspector -que en la escuela se había ofrecido como su aval- bajé primero a extinguir el foco, y después me siguieron los demás. Esa fue mi primera salida solo […] Sacando Barracas de lado, lo más complicado después de eso fue la AMIA, muy duro… aparte había tres personas agarradas en el subsuelo con toneladas arriba, y si vos movías mal un pedazo de mampostería se te venía todo encima. El Comisario Inspector dijo: ‘Chicos, esto no es fácil, acá corren en riesgo nuestras vidas, el que esté de voluntario se queda, el que no, no tengo ningún problema, se puede ir’, mi gente y yo no nos movimos ni en pedo.»
Luego de lo que pasó en la Asociación Mutual Israelí Argentina (AMIA) comenzó terapia y fue su mismo terapeuta el que lo definió como «un caballero con armadura de hierro oxidada», descripción que él también adoptó. «¿Oxidada por la edad?, siempre jodo con mi edad, y me dice ‘No, porque sos un caballero con todo lo que contás. Con una armadura de hierro porque la gente que no te conoce te ve así, duro, que va para adelante, grandote, que se lleva el mundo… pero está oxidada porque una vez que te sacuden y la armadura se cae, se dan cuenta de que sos un tipo con un corazón de oro, que llorás cuando un chico pide en la calle, que no podés ver a un pibe con hambre'».
Acorde a sus palabras, ser bombero tiene dos caras, porque se viven momentos muy difíciles pero, a su vez, están los conmovedores y, sobre todo, los divertidos. El departamento se sumió en risas cuando comenzó a contarnos varias anécdotas sobre travesuras y bromas pesadas que se hacían entre compañeros. Desde gatos dentro de los lockers, telas simulando ser fantasmas y comida podrida dentro de los uniformes. «Yo siempre dije que en bomberos se hacen las jodas más pesadas que pueden haber en el mundo, te lo puedo asegurar […] El que escribe cosas profesionales de bomberos se muere de hambre, pero el que llega a hacer un libro con todas estas cosas se llena de plata».
Cuando le hice la siguiente pregunta, sonreí, porque sabía que lo más probable era que pueda contarnos algo conmovedor y memorable para él. Y entre esta dicotomía, lo duro y por otro lado lo divertido, ¿Hay algo que vos en particular digas: «Esto fue lo más lindo que viví como bombero».
«Uf, hay muchas cosas. La primera es de un incendio en casa de familia donde una nena de 5 añitos prendió fuego su dormitorio. Yo la veía que lloraba, resulta que lloraba porque no tenía a su muñeca pepona. Le pregunté a los chicos si la habían visto, y por suerte estaba, no quemada pero sí mojada. Agarré a la muñeca y se la llevé, le dije a la madre que la ponga de espaldas… cuando se da vuelta no sabés como lloraba -Luis se emociona al contarlo, hasta mira por un pequeño segundo hacia otro lado, admitiendo su sensibilidad con una risa-. Le habíamos recuperado a su muñeca… y eso fue de las cosas más lindas, ver la alegría de esa criatura en algo tan simple como una muñeca. Después ha habido salvamentos de gente que hasta el día de hoy me siguen llamando para las fiestas, diciéndome que tienen una nueva posibilidad de vida porque los sacamos de algún lugar jodido, eso es muy gratificante».
Según sus palabras, «los bomberos son una raza en vías de extinción», porque de donde todos salen, ellos entran, lo que nadie quiere hacer, ellos lo hacen. «No hay que tener bolas para ser bombero, tenés que estar loco para no tenerle miedo a nada».
A más de una década de la tragedia en Barracas, la disciplina aprendida por Luis ya no toma escenario en las catástrofes arriba de una autobomba, pero sí lo hace en su otra pasión: el gimnasio. Hoy en día es encargado de cinco de estos establecimientos. «Lo que me da paz ahora es mi laburo. Actualmente estoy en el Comité Olímpico Argentino (COI) y estoy entrenando duro para competir en culturismo a finales de año».
El apodado «Rocky» nos comentó que los orígenes de esta faceta pueden remontarse a su internación, estando apoyado a 45° con su torso inmovilizado. Pidió que le lleven dos botellas de aproximadamente 3 litros, y con ellas hacía tríceps y pecho.
En los últimos años, entrenó personas para estas competencias, y se ganó nueve campeones y campeonas nacionales. Ahora, su participación toma lugar en su lista de metas con el fin de alcanzar sus conquistas personales. «La peleo y la peleo, soy muy obstinado, pero creo que fue eso lo que me hizo recuperarme tan rápido del accidente, ponerme estas metas todo el tiempo y superarme».
Dentro de un oficio que Luis considera que se apaga, su testimonio y su historia viven para dejar en claro lo que realmente es ser bombero, que no solo se trata de extinguir el fuego sino de tener esa resiliencia y honor que las cicatrices del alma genera, sin dar lugar al miedo para salvar el día, y salvarse a uno mismo. Su historia deja algo más que recuerdo: la certeza de que, incluso después de haber estado al límite, hay quienes eligen seguir.
Artículo elaborado por Victoria López Larrosa.
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