Luego de la provocadora “¡Átame!” de 1989, Pedro Almodóvar alcanzó con el estreno de “Tacones lejanos” en 1991 su máxima aproximación al melodrama, con una mezcla inusual de estilos, en la que se incluyen las traumáticas relaciones entre una madre y su hija, elementos del cine policial, las pasiones prohibidas, las heridas sin cicatrizar del pasado.
“El gran lujo que me permite el éxito es escoger los géneros de las películas que hago y, ahora, he querido crear un melodrama al desnudo”, decía el manchego en el momento de presentar la película en Madrid a comienzos de la década del noventa. Después del reconocimiento internacional con “Mujeres al borde de un ataque de nervios” en 1988, y con la ya consolidada productora El deseo junto a su hermano Agustín, pudo contar con los recursos para llevar a la pantalla un guion intrincado, un poco alejado del verosímil, con el típico sello almodovariano, adjetivo que ya empezaba a circular en la crítica y que identifica un estilo, temática, atmósfera y estética única de sus películas.
La historia sigue a Rebeca Giner -la mejor actuación de Victoria Abril en una película de Almodóvar- una presentadora de televisión marcada en su vida por el abandono físico y emocional de su madre Becky del Páramo (la enorme Marisa Paredes), una celebre cantante que regresa a España después de años de ausencia. Es en ese reencuentro donde aparecen las viejas heridas y rencores del pasado, agravadas porque Rebeca está casada con Manuel (Féodor Atkine), un viejo amante de su madre. Poco después Manuel aparece asesinado y la investigación policial comienza a revelar secretos íntimos, tensiones afectivas y confesiones ambiguas. En paralelo surge la figura de Femme Letal (Miguel Bosé), un transformista que de noche imita a Becky en su pasado de cantante pop y que desarrolla un extraño vinculo con Rebeca, y de día es el juez que lleva adelante la causa, con una relación un tanto particular con su madre, postrada en una cama.
Almodóvar nunca tuvo reparos en llevar a la pantalla sus influencias cinematográficas, toda su filmografía es profundamente intertextual y en “Tacones lejanos” dialoga con el cine clásico, el cine negro, el teatro, el cine queer, la cultura pop. “El tributo a un cineasta es tomar prestado y si lo haces por admiración a veces no puede funcionar, en cambio si la escena que copias se convierte en un elemento activo de tu película, el robo tiene justificación. Si es necesario no hay que dudar nunca; todos los cineastas lo hacen” comenta en el libro “Lecciones de cine” de Laurent Tirard (2004), y en este caso la influencia más evidente proviene del cine de Douglas Sirk, Ingmar Bergman e incluso su admirado Hitchcock, sobre todo en el uso de los colores. Del primero toma el exceso visual y el melodrama como camino para transitar las emociones de los protagonistas, de películas como “Imitación de la vida” de 1959 y “Lo que el cielo nos da” de 1955, que luego va a homenajear con imágenes en una escena de “Julieta” de 2016. Del director sueco Rebeca menciona directamente a “Sonata Otoñal” de 1978, una película que habla también de relaciones fracturadas entre una madre artista y una hija emocionalmente devastada, en una escena magistral que tiene lugar en una corte de justicia, donde se va a revelar una verdad oculta por años.
Como en todas sus historias la música es un elemento fundamental, en este caso contó con el compositor japonés Ryūichi Sakamoto (“El último emperador”, “El renacido”) en la banda sonora, única colaboración entre ambos. Sin embargo, son más recordados los cuadros musicales bellísimos que tienen lugar en distintas escenas de la película. Bibi Andersen (una de las “chicas Almodóvar” de los inicios) es la cabeza de la colorida coreografía en la cárcel donde está recluido el personaje de Victoria Abril. Miguel Bose pone literalmente el cuerpo en su show en un bar a la canción “Un año de amor”, en la voz de la española Luz Casal, la misma que presta al desempeño exquisito de Marisa Paredes en “Piensa en mí” del cantante y compositor mexicano Agustín Lara. La española canta este tema en un escenario con un telón rojo intenso y la interpretación es tan emotiva que culmina con ella besando el escenario, dejando su huella de lápiz labial y lágrimas, al mismo tiempo que la cámara nos muestra a Rebeca llorando en su celda mientras escucha la desgarradora letra de la canción, marcando un momento de gran intensidad dramática y melancolía, cumbre del melodrama almodovariano, con un bolero que nos habla de la soledad y sufrimiento que queda cuando el amor se va.
“Tacones lejanos” es una película casi de quiebre en su carrera, en ella aparecen los elementos irreverentes de sus primeras obras, como los de “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”, “La ley del deseo” o “Matador”, pero también ya se anticipa la sofisticación visual que luego mostraría en obras como “Todo sobre mi madre” o “La mala educación”. Sin embargo, sigue siendo una de las obras más personales de Almodóvar, con todas sus obsesiones: la maternidad, la identidad de género, el universo femenino, los colores vibrantes en la puesta en escena.
La ciudad de Madrid también es su obsesión, y no como un simple telón de fondo. En la filmografía de Almodóvar es clave, un espacio profundamente integrado al universo de cada uno de los personajes y en el que se han contado mas de doscientas locaciones diferentes, en zonas céntricas y en los alrededores de la ciudad. Aquí aparecen el aeropuerto de Barajas, donde se produce el primer encuentro de madre e hija. El bar de copas de decoración árabe-andaluza, muy kitsch, llamado Club Villa Rosa, en los márgenes de Madrid, un poco en un regreso a los lugares de sus primeras películas, donde Letal hace su número de travestismo. El teatro María Guerrero, el escenario en donde Becky vuelve a cantar. La portería subterránea del barrio La Latina donde transcurre la escena final, en el momento que ocurre la reconciliación final, tardía, entre madre e hija. Rebeca pone en palabras el recuerdo de los tacones que escuchaba de niña cuando su madre iba a actuar, y los anónimos que van de un lado a otro y que vemos a través de una pequeña ventana. La muerte.es un mundo lleno de luz, amor y un vestido Chanel. Puro Almodóvar.