Durante un largo periodo vimos los sucesos en Siria, una nación que podría ser un ejemplo en materia de educación y salud en Medio Oriente, universidades repletas de estudiantes y donde los profesionales abundan por todo el país árabe, uno de vasta extensión donde los ciudadanos poseen muchos recursos y vivieron buenas épocas a nivel económico.

Pero qué cruel es la historia que, en un cerrar y abrir de ojos, el país pasó de ser una potencia gasífera en la región a uno lleno de escombros, escombros milenarios en ciudades destruidas. Más de 11 millones de migrantes sirios huyeron o fueron movilizados.

Relocalicemos el ojo en Sudamérica y en una nación potencia en petróleo, donde el nivel de vida económico de los ciudadanos era muy beneficioso en dólares. Un país con extensas playas envidiables por todo el mundo, una economía que durante años, a pesar de los problemas que hay en la región, resaltaba por ser una gran nación económica y en progreso gracias al petróleo y sus reservas que, por momentos, superaban a las de Medio Oriente.

Siria parecía una historia lejana y Venezuela se convirtió en esa triste imagen que veíamos para Medio Oriente. Imágenes de guerra, muertes, destrucción, hambruna y pobreza, y sin tener una guerra se ven pérdidas humanas, asesinatos y destrucción social… imágenes muy similares de dos países que podrían haber sido grandes potencias. Siria tuvo una migración interna de más de 7 millones de personas y un éxodo de otros 4 millones, mientras que Venezuela tuvo uno de alrededor de 5 millones en los últimos 5 años, agobiados por la situación económica y sin un futuro alternativo para sus ciudadanos.

Entonces, ¿qué es lo que vemos en Venezuela? Es un caso similar al de Siria donde, según donde se ubique el lector o lectora, podrá ser bueno o malo, pero la realidad es una: la pobreza y miseria en la que se convirtió el país caribeño es real.

En base a datos de UNICEF. 1 de cada 3 niños sufren desnutrición y más de 1 millón de chicos dejaron la escuela, según los números de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Fuentes internacionales conjugadas con migraciones de países que recibieron migrantes venezolanos, más de 5 millones de personas dejaron tierras venezolanas para buscar un mejor hogar.

Las organizaciones internacionales de salud describieron la situación en Venezuela como crítica. Organismos como Cruz Roja denunciaron la falta de insumos como vacunas y medicamentos, algo impensado para una nación tan rica en recursos. También volvieron a aparecer enfermedades que en estas regiones se habían dado por erradicadas como la malaria, sarampión y casos de tuberculosis. Sin embargo, estas organizaciones afirmaron que su trabajo se dio en libertad y que no hubo problemas de abastecimiento ya que, por ejemplo, la ONU envió alrededor de 800 toneladas de ayuda humanitaria.

La crisis se ve en las calles y a un gobierno autoritario y dictatorial parece no importarle la situación, es por esto que Venezuela se parece cada día más a Siria, aunque “sin guerras” de por medio. En este momento las similitudes se pueden ver en los apoyos recibidos por ambos países como China y Rusia, entre otros, que apoyan al gobierno de Nicolás Maduro y desconocen a la autoridad autoproclamada como la de Juan Guaidó. Al respecto, Vladimir Putin hizo referencia a este último: “Guaidó es un hombre simpático y me cae bien”. Es difícil imaginar a alguien auto proclamándose en alguna plaza central de Estados Unidos u otro país relevante en el escenario geopolítico global como Inglaterra. ¿Lo aceptarían?

Del otro lado encontramos a aquellos que apoyan a un debilitado Juan Guaidó, como Donald Trump en Estados Unidos, Francia y países de Sudamérica como Argentina y Brasil, entre otros. Estos seguirán apoyándolo mientras el gobierno de Maduro siga al frente y no haya otra alternativa, lo que al día de hoy parece difícil que evolucione. Por ahora Estados Unidos se encargó de seguir metiendo el puñal donde duele a través de embargos económicos que afectan aún más la economía de Maduro.

Cada intervención de Guaidó pareció ser una esperanza que, luego de cómo finalizaron las protestas en los últimos meses, perdió el rumbo. Maduro ganó en fuerza y se encamina a realizar una nueva elección donde ganaría y en la que Guaidó se refugia y evita ser condenado, algo que también a Maduro le conviene tenerlo ahí: cada tanto con alguna aparición esporádica y sin hacer mucho más.

Mientras unos tiran para un lado y otros tiran para otro, el pueblo es el que sufre (al igual que en Siria), mientras uno y otro ejército luchan y en la mesa redonda se reúnen las autoridades mundiales a ver quién puede ser más que otro, el pueblo sufre y muere en las calles. Venezuela se desangra y mientras se espera el desenlace, que a la larga será que Maduro deje el cargo, la sociedad escapa de esta guerra contra el hambre y el poco futuro que se vislumbra en su tierra.

Venezuela es la tierra perdida de Sudamérica, el sueño del oro negro hecho trizas por una ideología antigua y pobre de argumentos, a la que se suma la ambición de los poderosos por los recursos y el sueño de la democracia que nunca llega. En el medio tenemos a los venezolanos que ven cómo se destruyen generaciones de una sociedad que supo ser mucho más que rica.

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