Una niña embarazada siempre es una niña desprotegida. El riesgo de romantizar la maternidad infantil está en soslayar las causas, riesgos y consecuencias reales de una situación que está lejos de ser admirable.

Relativizar el origen de los embarazos es caer en la banalización de causas como violación y falta de educación. Ambos factores que demuestran una población infantil vulnerable.

Cada día, 272 adolescentes se convierten en madres en Argentina, según datos del Ministerio de Salud de la Nación del 2018. El 70% de estos embarazos no fueron planificados. Las distintas organizaciones especializadas en el tema sostienen desde hace varios años en sus informes que un alto porcentaje de adolescente y niñas carecen de educación sexual efectiva, ya que un 34% no usa ningún método anticonceptivo y se rigen por mitos sobre la sexualidad.

Además, acuerdan que en los embarazos precoces es mayor la posibilidad de estar frente a casos de abuso sexual y distintas formas de coerción. Por lo tanto, incluso entre menores de edad que inician su vida sexual, hablamos de relaciones sexuales forzadas más difíciles de detectar que una violación. Sobre esto, en el 2018 se realizó una campaña llamada #MostráTuPoder para el reconocimiento de sus derechos y el ejercicio de sus poderes. Justamente, el eje estaba ubicado en poder elegir si tener sexo, con quién, cuándo, sin ninguna forma de violencia y/o coerción y respetando la decisión de otro/a de manera saludable y placentera.

Riesgos y más riesgos

Ante el hecho consumado de un embarazo precoz, las niñas entran en distintos riesgos para su salud física, psicológica y social.

A nivel físico, siempre el riesgo de muerte es dos veces mayor cuando la niña tiene entre 15 y 19 años y seis veces mayor cuando la niña tiene entre 9 y 14. Y también se elevan los porcentajes de partos prematuros, rotura de membranas y hemorragia puerperal. Recordemos que el cuerpo de una niña de doce años no está desarrollado para llevar a cabo un embarazo de la misma forma que una mujer del doble de su edad.

El embarazo infantil cercena la niñez y la posibilidad de desarrollo, ya que las niñas deben interrumpir su escolarización, lo cual acarrea para el futuro precarización de cualquier oportunidad laboral.

Ante este panorama, las niñas tienen un derecho, que es el de la interrupción legal del embarazo, ya que su cuadro entra dentro de los casos no punibles en la actualidad en nuestro país. Obstaculizar, negar e impedir este derecho somete a la gestante a una maternidad forzada. La maternidad forzada trae, incluso, más complicaciones emocionales y psicológicas, estrés, miedo, síntomas de depresión, ansiedad y estrés postraumático, que son las más comunes.

Negar este derecho en un medio de comunicación y criminalizar a quienes lo ejercen es violar su derecho humano a la integridad sexual y un incentivo a la coerción para llevar un embarazo forzado.

Utilizar el “instinto materno” para incentivar la maternidad infantil es usar un pensamiento mágico como argumento de rigor científico. El instinto materno es una construcción cultural y social que se le atribuye a nuestra capacidad biológica de gestar. La mujer es la única que puede darle a ese embarazo la entidad de hijo y, a partir de eso, generar un vínculo. El “amor materno” no es natural ni instintivo.

Tanto las luchas por la educación sexual integral, la interrupción voluntaria del embarazo o la ley contra la violencia obstétrica buscan proteger los cuerpos femeninos en el marco de los derechos reproductivos en todas sus etapas.

Es necesario el ejercicio contra cultural que desacralice la maternidad y nos permita cuestionar los actos en los que se vulneran nuestros derechos, sin ser sometidas a un juicio de moralidad.

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