Del cine y la poesía. De la poesía y el cine

Cuando Bi Gan tenía 17 años (es decir, en 2006) comenzó a escribir poesía. «Para mí, crecer en Kaili significó no tener acceso a muchas cosas, y no fue hasta que fui universitario que pude ver muchas películas», dijo el joven director en una entrevista que le hicieron en 2016.

Para 2011, el nacido en la China montañosa y rural había hecho su primer largometraje, «Tiger», el cual, según él, realizó sin saber nada de cómo hacer películas ni de escribir guiones. Pero sí con una idea clara: «Recordé que aún tenía esos decentes poemas guardados, y se me ocurrió utilizarlos para construir una estructura narrativa. De alguna forma, quería combinar los poemas con las películas y, de hecho, ¡funcionó!».

Ver el cine de Bi Gan es cuanto menos particular. La invitación es a perderse en historias, fotografías, música y metáforas, todas en función de la belleza poética y la filosofía oriental. «El cine puede ser diferente a lo mainstream», dijo el director en esa misma entrevista, «puedes hacer con él lo que sea que quieras».

Largo Viaje hacia la noche (2019)

“Cada vez que la veía,

sabía que estaba soñando otra vez.

Y cuando te das cuenta de que estás soñando

es como una experiencia extracorporal.

A veces flotas hacia arriba.

En mis sueños siempre me pregunté

si mi cuerpo estaba hecho de hidrógeno.

De ser así,

Entonces mis recuerdos deben ser de piedra.”

La cámara -en esta, la secuencia inicial de «Largo viaje hacia la noche»- acompaña en un paneo que no se entiende si recorre el techo o el piso, hasta que llega a su punto y se queda quieta. Aún no nos queda claro lo que ocurre pero, al menos, se comprende desde dónde estamos mirando.

Edificada con una narrativa tan particular como fascinante, «Largo viaje hacia la noche» comienza -en cierto sentido y literalmente- pasada la primera hora de cinta. Situada entre los municipios de Kaili y de Panghai, ambos en la provincia de Guizhou, este film noir no cuenta ninguna historia, sino que invita a sus espectadores a construirla. El punto de interés de la pieza no radica tanto en lo que haya o no pasado sino en el tormento que lleva a cuestas Luo, su personaje principal.

«Largo Viaje hacia la noche» es violenta y discontinua en sus secuencias y transiciones de la primera mitad. El camino de un personaje completamente quebrado con el afán de reconciliarse con su pasado es el hilo conductor de un laberinto no lineal y repleto de pistas que nos plantea su director -¿un amigo muerto? ¿Una amante? ¿Una madre? Nada ocurre realmente, sino que todo se intuye-. Tan confusa y sabrosa como describir el sabor umami, los 60 minutos iniciales del film se sostienen, en gran parte, gracias a su magnífica fotografía, la cual nos permite perdernos en el relato así no terminemos de comprenderlo. De pronto, somos capaces de quedarnos mirando una secuencia de 4 minutos de un personaje comiendo una manzana en primer plano, completamente fascinados por lo pesado de la figura que simboliza.

A partir de su inicio en la mitad, “Largo viaje hacia la noche” cambia radicalmente. Toda la segunda parte de la película es un espectacular plano secuencia en 3D de una hora, en donde lo ambicioso de la técnica no se presenta solo como un alarde sino que se encuentra al servicio de la ficción. Si bien nunca se termina de esclarecer la historia en sí, aquí se resignifica todo lo que antes era presentado como enigmático, y, lo que en un principio era casi molesto en la película, pasa a ser un placer visual tanto como narrativo.

Repleta de metáforas hermosas, la senda de «Largo viaje hacia la noche» es tan simple como sinuosa. Si la historia nunca termina de transparentarse, su mensaje sí. Lo transitorio pasa a ser eterno cuando las marcas quedan en los sueños, y la sustancia de estos se compone de aquellas verdades que hayan sellado nuestra existencia.

Para quien le interese, «Largo viaje hacia la noche» se encuentra en Netflix.

The poet and singer (2012)

El corto de 21 minutos es la obra con la que el director se presentó en el prestigioso festival de San Sebastián. Este cuenta la historia de dos sicarios (interpretados por los mismos actores de «Kaili Blues»), cuyo anhelo es realizarse y vivir en paz más allá de cualquier circunstancia.

El corto es bonito en sus planos, los cuales se ven ayudados gracias al ambiente generado por el blanco y negro. Aunque opaca, imbuye a sus espectadores en muchos elementos que luego se repetirán en «Kaili Blues».

Sobre este mismo corto, Bi Gan dijo en una entrevista: «Tendría que beber algo para explicarla mejor. Cada vez que veo mi propia película me digo: ‘¡Ah, ya la entendí!’, pero luego no la capto y me siento confundido”.

Kaili Blues (2015)

-«Chen, perdí mi balón», dice en su dulzura infantil Weiwei a su tío, cuando este lo libera del encierro en el que lo había dejado su padre. «¿Dónde?», pregunta Chen. «En el río», oye la respuesta y consuela a su sobrino de camino al parque de diversiones, donde ambos se suben a un trencito. «¡Chen, tu coche jamás podrá alcanzar al mío!», reta Weiwei entusiasmado, y su tío se preocupa. «Siéntate bien o te caerás, ya estamos en movimiento», regaña y guía Chen. El trencito avanza con lentitud, y, al costado del camino, el perturbador hombre salvaje vigila sonriente al niño que va pasando…

La compleja “Kaili Blues” comienza con una cita del Sutra del Diamante, diálogo milenario y críptico entre Buda y su aprendiz Subhuti, en el cual el maestro intenta iluminar a su discípulo en el camino hacia la Realidad Trascendental. De esta forma, Bi Gan introduce una de las enseñanzas fundamentales del budismo, dejando en claro que durante la hora y 50 minutos que dura la película, intentará transmitir esa filosofía.

En este sentido Chen, su protagonista, toma la forma metafórica del Tataghata. En sus múltiples tareas (la de doctor, la de poeta, la de expandillero), busca trasferir la sabiduría -a la que llegó por atravesar la soledad- a su sobrino. Los peligros del karma a los que el pequeño Weiwei es vulnerable son su mayor preocupación y, más allá de cualquier interés material o personal que pueda tener, su móvil es servirle de guía. El Tataghata, para la filosofía budista, es aquel que, por el camino de la verdad, alcanza la iluminación suprema y puede ser maestro; el hombre perfecto capaz de asumir todas las formas y poseedor del principio cósmico. El karma, por su parte, es la consecuencia de todas las actividades o pensamientos pasados que nos llevan a tomar las decisiones que asumimos en el presente.

Asimismo, Chen es la síntesis entre el pasado, el presente y el futuro. El personaje se encuentra entre las voluntades de su infantil sobrino y de su anciana compañera de trabajo, al mismo tiempo que limitado por su hermano «Cara de Loco», a quien no juzga, pero tampoco aprueba.

Por momentos, “Kaili Blues” se torna brumosa e imprecisa, sobre todo en el plano secuencia de 40 minutos que, aunque técnicamente mejorable, es realmente prodigioso. Esto responde a que dicha escena representa la revelación del dharma de Chen.

Para la filosofía budista, nuevamente, el dharma es el descubrimiento de nuestro verdadero ser; nuestro fundamento moral que se presenta durante la meditación que se efectúa en el difuso momento en que no se está ni despierto ni dormido. El dharma se presenta como envaguecido y carente de sentido simple.

En esa misma escena sin cortes de “Kaili Blues”, figuras paradójicas como un río que se cruza para llegar a la misma orilla que antes simbolizan al conocimiento; para la cultura en la cual se basa la película, lugar que se alcanza y del que se parte en igual sentido. Del mismo modo, ha de comprenderse que para el budismo la verdad no es algo concreto sino contradictorio. «La verdad es y no es al mismo tiempo y solo se la puede alcanzar en soledad, es el equilibrio de la persona que medita, no algo verdadero en sí, y cada persona tiene un equilibrio propio”.

“Kaili Blues” es una película difícil que toma todos los elementos que están a su alcance para mantener la atención de quien se aventure a verla. El Sutra del Diamante del que se vale Bi Gan para dar inicio a su ficción, concluye de esta forma: (32) «Subhuti, aún si alguien se desprendiera de tesoros suficientes como para llenar un universo, no tendría tanto mérito como alguien que comprendiera y compartiera unas pocas líneas de este sermón».

Dar a conocer el discurso e iluminar con su película es justo lo que el director quiso hacer con “Kaili Blues” y, en ello, su mérito, aunque complicado, es el mayor de todos.

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